Transbitácora

Día 28: ¿Mamá ahora es Papá?

Foto de Kyle / Unsplash.

Esta semana he vuelto a la oficina, después de una quincena con la infantería. Lo bueno de las vacaciones en casa es que nada te obliga a aprovechar el día, así que hemos perdido el tiempo sin miramientos. Parece tonto, pero en el fondo es un lujo. Además de leer, dormir, atender el huerto, ver series y cocinar para cuatro peques que ya comen como caimanes, hemos aprovechado para ir en familia a las rebajas. Vamos tan poco a los centros comerciales que nos hizo hasta ilusión. Eso sí: en dos grupos, porque los intereses colisionan frontalmente: los chicos y yo somos rápidos y directos, y se nos hace un mundo las mil vueltas que dan ellas a la ropa. Así que cada trío va por su lado, y nos encontramos luego para comer.

Entro con mis hombrecitos en la zona de niños de una tienda que nos gusta. Compro mis camisetas en la misma sección que ellos, la de 13-14 años, porque las de hombre me van grandes. Unos zapatos en la tienda de al lado. Y ahí se acaba mi botín. Me desconsuela lo que veo en los escaparates y los maniquíes, pero sé bien que las demás prendas de ropa de chico no encajan en mi cuerpo, por más que quiera, así que mejor no empeñarme.

Elegimos un buffet asiático para comer, y pasamos un buen rato charlando los seis entre platos de sushi y arroz chino. En esta primera semana de vacaciones tengo que aprender a morderme la lengua delante de la familia. Ya con María, en la intimidad, hemos empezado a nombrarme en masculino, pero con nuestra prole no me atrevo. Hicimos en su día un intento de hablar con la ‘e’ que acabó fatal, porque a nadie nos salía. Y eso que lo del género neutro lo tienen medio integrado desde hace meses. Pero no sé cómo van a tomarse que haya empezado a expresarme socialmente como hombre. El mes pasado le hice una broma al pequeño, y su exclamación airada "¡Yo no quiero un padre!" se me clavó por dentro con el dolor de un cuchillo afilado. 

Comento la situación con el psicólogo de la asociación LGBTI que me da apoyo. Me propone que prepararemos una segunda sesión en agosto, esta vez familiar, para charlar en grupo sobre lo que nos está pasando. Para que la cuadrilla entienda que soy una persona trans, aunque aún no sepa si pertenezco al género neutro o al masculino; pero que voy a socializarme como hombre, porque es la identidad y la imagen física de la que me siento más cerca.

No debería ser tan difícil. Mi aspecto hace años que no es muy femenino, aunque mi voz y mis maneras vayan a la contra. Pero entiendo que el tema tiene una carga de profundidad mucho mayor cuando es el rol de tu madre el que da la vuelta.  

Me preocupa más de lo que me atrevo a expresar. Mi hija mayor, ese bebé que nació de mí, ¿sentirá un abandono materno? Mis hijos no biológicos, ¿verán amenazada su masculinidad? ¿Les estaré añadiendo más confusión, dado que no han tenido una figura paterna en casa, por ser fruto de una pareja de mujeres?

Es verano. Nuestro jardín soleado invita a disfrutar. Pero yo siento un frío helado en mi interior. Un miedo paralizante, que a ratos no me deja respirar. ¿Y si esto sale mal? ¿Y si pierdo a mis hijas e hijos, porque se avergüenzan de mí?

Esta melodía triste me acompaña de fondo cuando me encuentro con Manu Cruz Rodríguez, terapeuta ocupacional y sexólogo, y conversamos sobre la transexualidad y la exclusión. Sus palabras están llenas de humanidad ante esta realidad tan dura que lleva a un número demasiado grande de personas a la desesperación máxima, el suicidio. Me dice, desde su experiencia, que las personas trans no tienen como preocupación prioritaria su integración laboral, ni social, ni en el sistema de salud, a pesar de lo difícil que lo tienen… Lo que piden a gritos es que las quieran, que las acepten sus seres queridos. Me quedo absolutamente tocado, dando vueltas a sus palabras durante horas. 

Al día siguiente voy con mi hijo pequeño a cambiar algunas de las cosas que habíamos comprado. Lo noto contento: en las familias numerosas, acostumbrados a estar siempre en manada, sabe a gloria pasar un rato solos. Nos acercamos a la zona de ropa interior. Hace tiempo que quiere dejar atrás los calzoncillos de superhéroes, y le enseño unos lisos de chico mayor que le encantan. Después de ponerlos en la cesta, me acerco a la sección de hombres y elijo varios para mí. Llevo días queriendo hacerlo. Su cara de sorpresa lo dice todo, pero intento cambiar de tema para distraerlo. 

Y al llegar a casa, se va contento a su cuarto a probarse. Yo entro en el mío, y me enfrento a una inusitada performance en la intimidad. Ufff, qué extraño es esto. Me quedan fatal. Cómo se me ocurre. Voy a quitármelos. Y de repente entra él y me mira. Un momento de silencio incómodo. Tenía que haber cerrado la puerta. Y de pronto:

-"Mami, están chulos, pero no se ponen así. Van más abajo, en las caderas. Pero asomando sobre los pantalones. Venga, ponte unos encima".

Yo me dejo hacer, sin saber qué decir. Me pongo unas bermudas que uso siempre ajustadas a la cintura, y él les quita el cinturón para que bajen a las caderas. De repente mi imagen cambia. Lo que parecía un disfraz deja de serlo. Todo encaja. Me miro, él me guiña un ojo a través del espejo y en medio de una atmósfera mágica nos sonreímos, hasta que María nos llama a cenar.

Los viernes por la noche hacemos siempre en casa una cena especial. Lo llamamos "la tasca", y es que cambiamos la mesa del comedor por una pequeñita en la que casi no cabemos, hacemos tortilla de papas casera y tomates aliñados, y brindamos mientras nos contamos lo mejor y lo peor de la semana. 

Cuando me toca el turno, cuento que lo mejor para mí ha sido el momento en que el peque  ha venido sonriente a darme todos sus trucos de hombrecito en ciernes. Se me quiebra la voz al describir lo que ha supuesto para mí ese gesto, y sin querer empiezan a caerme las lágrimas. Las chicas, que son tremendamente empáticas, se preocupan al verme llorar. La mayor intenta quitarle hierro:

-"Mami, no tengas miedo de ampliar tu concepto de ser mujer… sabes bien que hay feminidades que no entran en la norma".

Y entonces la verdad busca camino dentro de mí, armándome de valor, y les explico que no se trata de eso. Que ya no encajo de ninguna manera en ese sexo. Que probablemente no lo he hecho nunca, pero no me había atrevido a enfrentarlo hasta ahora. Y que me muero de miedo de perderlos por eso, y de disgustar mortalmente a sus abuelos, tan mayores ya… La cuadrilla hace una piña alrededor, y sus palabras son tan sentidas, tan incondicionales, que la noche acaba en pura pirotecnia emocional. Es uno de esos momentos en los que te dices que todo ha valido la pena, porque aunque tarde, has encontrado el camino para ser tú, y las personas que más quieres en el mundo pasan por encima de las normas sociales para apoyarte. María brinda conmigo desde el otro lado de la mesa, con una sonrisa cómplice y emocionada. Le mando un beso volado. Ahora sé que nada se va a romper: ahora tengo fuerzas para enfrentarme al mundo entero si hace falta.

La persona que ha vuelto este lunes a la oficina no es la misma que cogió vacaciones hace dos semanas. Y no es solo mi aspecto (ahora que he perdido peso y que llevo la ropa de otra manera, he desterrado por fin los pantalones de chica). Es mi aplomo, al nombrarme con pronombres masculinos. Incluso en público, en una mesa redonda profesional. Sé que levanto revuelo, pero ya no tengo miedo. Las cosas van encajando dentro de mí. De forma natural, y por primera vez, entro en el baño de chicos de la empresa. Por suerte, es un entorno seguro, de respeto, y sé que no tengo riesgo de agresiones. Aunque me propongo ser muy cuidadoso: se lo prometí a mi hija, que lloró amargamente cuando supo los riesgos que corren los hombres trans en los baños públicos.

Mi oficina no está muy llena. El momento covid pasa factura, y se nota en los aforos. Cuando los compañeros me preguntan por las vacaciones, hablan de lo tranquilas que están siendo para todos este año, en que la mayoría nos hemos quedado en casa. Pero me quedo pensando en que para mí han sido de todo menos convencionales: un verdadero viaje a lo desconocido, sin maletas ni seguro de cancelación, y con el riesgo de perder lo que más me importa en la vida. Respiro hondo, paladeando en silencio la felicidad de haber vuelto entero y reforzado. Preparado para vivir los próximos capítulos de esta transición con la fuerza interior que te da el amor de tu familia. 

Doy gracias a la vida, y le pido que me dé luz para ayudar a mis hijos e hijas a hacer el duelo por su madre, y a dar la bienvenida a su padre. No sé aún cómo lo haremos, ni si nos saldrá chapucero o para nota. Pero sí tengo claro ahora que lo haremos juntos. Y soy la persona más afortunada del mundo por la cálida seguridad familiar que me rodea.