Transbitácora

Día 42: un lugar en el feminismo

De todas las causas sociales que hay en la tierra, ninguna tiene tanto alcance como la del feminismo.

Y no será porque no existan necesidades enormes, importantísimas, en la búsqueda de la igualdad y la justicia en este mundo nuestro. Pero si el genio de la lámpara nos concediera un deseo, una única oportunidad de lograr un planeta más justo, no tengo dudas de que, eligiendo la causa de las mujeres, todo mejoraría en cascada. 

A veces nos cuesta verlo, porque llevamos siglos viviendo un desorden social que nos resulta natural. Damos por buena una división de poderes, en función del sexo, que relega a la mitad de la población a los trabajos peor pagados, y a cargar sobre sus espaldas las tareas del hogar y el cuidado de prole y mayores en una doble jornada no remunerada. Una cárcel dorada para la que no hace falta cancerbero, porque el sistema está perfectamente engrasado: desde que nazcas, pequeña, todos los mensajes a tu alrededor te hablarán del amor romántico, de la crianza feliz; los juguetes serán tu entrenamiento, y la cultura imperante -las series de televisión para jóvenes, las novelas románticas, la música latina...- se convertirá en la aliada perfectos para embaucarte. No te quepa duda: acabarás entrando en prisión por tu propio pie. 

Conozco a muchas mujeres que consideran que la del feminismo es una causa de extremistas radicales. Hasta tal punto funciona bien el patriarcado que hace dudar a sus propias víctimas. Y no. En absoluto. El feminismo no es la otra cara del machismo. El machismo es una fábrica de discriminación, cuyo equivalente en las mujeres es el hembrismo. Y el feminismo, muy al contrario, es la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. 

No es nada fácil la lucha feminista. Y empiezo hablando de mi propio entorno, donde en general se considera una causa de tercera división. Me asombra cómo las mismas personas que admiran a quienes trabajan por paliar el cambio climático o el hambre en el mundo, demonizan el feminismo sin rubor.

Yo me quito el sombrero ante las mujeres (y aliados) que plantan cara al patriarcado, y que han conseguido tantos avances a lo largo de la historia reciente para que nuestras abuelas, madres, hermanas e hijas tengan una vida mejor.

Dicho esto, confieso que en los últimos tiempos asisto con preocupación a la guerra que mantiene cierto sector del feminismo con la transexualidad. Creo que ha llegado a tal punto de crispación que ya mucha gente no entiende nada. Y quisiera contribuir a suavizar el enredo.

No me considero una persona experta. Pero soy activista feminista desde hace más de 30 años. Y soy transexual. Por lo que puedo aportar una doble visión que quizá sea enriquecedora. Así que pretendo en este artículo desmenuzar tres de los temas más controvertidos: el borrado de las mujeres, el encubrimiento de los violentos y el concepto de ser mujer.

El borrado de las mujeres es una cuestión candente. Para explicarla voy a darle la vuelta, poniéndome de ejemplo como chico trans. Imaginemos un mundo en el que los hombres, solo por serlo, acumuláramos una sucesión histórica de desigualdades aparejadas. Y que lleváramos 300 años luchando la reivindicación del término ‘hombre’, para ponerlo a la altura de los derechos que tienen las mujeres solo por serlo. Imaginemos, además, que no se nos nombrara. Que el mundo, como ocurrió en tiempos remotos, se declinara en femenino genérico, y a nosotros se nos invisibilizase. 

Yo, como persona que acaba de transitar, supongamos que me sumo a otros iguales. Y que, dado que no tenemos algunas de las características físicas de los hombres, se nos ocurre reclamar que los varones biológicos dejen de llamarse así y pasen a nombrarse como "personas eyaculantes", para evitarnos el agravio comparativo de sentirnos menos hombres que ellos. Creo que coincidiremos en que ese panorama se podría definir como el "borrado de los hombres". Una distopía muy desagradable. 

Pues eso siente el colectivo de mujeres biológicas ante la reivindicación de parte del activismo trans de llamarlas "seres menstruantes" para que no acaparen el término "mujeres". En aras de una supuesta igualdad, se crea un problema innecesario a esa mitad de la población que agrava  la invisibilidad a la que ya la somete el patriarcado.  

Dentro del borrado de las mujeres es especialmente controvertido el asunto de las competiciones deportivas. Las mujeres tienen unas características físicas muy diferentes. ¿De verdad nos parece normal que tengan que competir con cuerpos que se han desarrollado más gracias a la testosterona con la que crecieron? Por mucho que ahora, como mujeres trans, estén hormonándose con estrógenos, hay densidades óseas y otras capacidades físicas que quedan. Me parece cuestionable que las mujeres trans cuyo desarrollo corporal no ha sido inhibido en la pubertad compitan con mujeres biológicas. Soy el primero que, como persona trans, pido la inclusión de la diversidad sexual en todos los órdenes razonables. Pero este no me lo parece.

Y, finalmente, sobre el encubrimiento a los violentos: sería triste que depredadores sexuales se escondieran de las penas impuestas por violencia machista acogiéndose a ser mujeres, cuando en España sea una realidad la autodeterminación de género sin necesidad de modificaciones ni informes. Es una amenaza que parece surrealista pero podría ser real. Por eso la nueva ley trans contempla específicamente que quienes transiten hagan frente igualmente a los delitos que han cometido como hombres. El argumento contrario es un bulo que ha circulado por nuestro país, y es importante recalcarlo para no poner sobre la ley trans sambenitos inciertos.

Cosa distinta es el riesgo de que esas personas, sin pasar por hormonación ni por cirugía, vayan luego a cárceles de mujeres, donde podrían seguir ejerciendo la violencia. La ley debe trabajar en este supuesto y en otros tantos (el de hombres camuflados como mujeres trans que quieren acceder a prestaciones que no les corresponden, o a vestuarios y baños de mujeres impunemente…) para evitar más daño a un colectivo ya suficientemente discriminado desde los tiempos de Eva. Pero esta casuística, seguramente puntual, no debería esgrimirse como razón para que las personas trans no alcancen plenos derechos.

La transexualidad no es una patología, aunque la OMS haya tardado años en reconocerlo. La ciencia ha demostrado que, independiente de los caracteres sexuales internos y externos, la identidad sexual de una persona está en el cerebro. Que depende de cuándo y cómo llega al feto el baño de hormonas, y no es algo que puedas cambiar. Por la misma razón, nadie puede decirte si eres hombre, mujer o un ser no binario: sólo tú lo sabes. La autodeterminación es el derecho a expresar tu identidad sexual sin que la clase médica o las autoridades tengan que certificarlo. 

Por eso, si tu sexo sentido es el de mujer, defenderé hasta el final tu derecho a vivirlo sin ninguna traba. Pero si decides que estás a gusto con la misma expresión de género masculina que tenías, con barba, bigote y vestimenta de hombre, es complicado pretender que la sociedad te "lea" como mujer. Ahí tenemos que hacer un esfuerzo de convivencia las personas feministas y las trans que no desean modificar sus rasgos, para que no entremos en una guerra estéril de reinvindicaciones como hasta ahora, sino en un ejercicio de lógica.  

Mi gente cercana, por ejemplo, se agobia mucho cuando se equivoca y me nombra como antes. Por más que lo intenta, la fuerza de la costumbre pesa. Y quienes me tratan menos, a lo mejor saben que estoy en tránsito, pero no tienen ni idea de qué pronombre usar. Ante la duda, me hablan en femenino. Yo no los puedo culpar: mis caracteres externos son por ahora los que son. Y poner en los demás la presión de mi propio proceso me parece del género tonto. El día en que tenga la voz grave y el torso masculinizado, será distinto. Y si decidiera vivir mi masculinidad con cuerpo de mujer, estando en todo mi derecho, tendría que asumir una lucha eterna contra las convenciones. Creo que las nuevas generaciones no binarias deben hacer un esfuerzo por ponerse en los zapatos del resto de la humanidad: el cerebro sexa a quien tiene enfrente no para encasillar y molestar, sino porque es un impulso biológico atávico. Y por más que le pidamos peras, el olmo no nos las puede dar.

En cuanto al feminismo, recuerdo que cuando por fin fui capaz de verbalizar ante mi mujer que soy un hombre trans, el mes pasado, mi siguiente frase fue que eso no quita para que vaya a seguir luchando por la causa de las mujeres el resto de mi vida. María enarcó las cejas y me preguntó si lo estaba diciendo con condescendencia. Desde entonces noto que mi opinión no es bienvenida como antes en este asunto. Ya no estoy dentro. Para ser un aliado de la causa, voy a tener que demostrar cosas, por lo que veo. Me parece muy justo.

Como en todo tema complicado, no hay soluciones fáciles. Sería inocente pensarlo. Y para ayudarme en este proceso de comprender mejor ambas causas, la de las mujeres y la transgénero, tengo esta interesantísima conversación con Mónica Quintana, feminista de largo recorrido y una de las 40 mentes creadoras de futuros de España, según la lista Forbes de este año. 

Una visión refrescante que me reafirma en que lo fundamental es bajar las espadas. Nos están matando por ser mujeres. Nos están matando por ser trans. El enemigo no está dentro, sino fuera. Unámonos, hombres y mujeres, para luchar contra la violencia de quien nos desprecia, nos golpea y nos asesina por odio, por supremacía. Ese es el verdadero enemigo contra el que hay que luchar.

Así que, parafraseando un conocido manifiesto, cojo el megáfono y grito: "¡¡Mujeres de todas las siglas (y aliados) del mundo, uníos!! 

No tenéis nada que perder, excepto vuestras cadenas".