Un paso al frente

Un año después, ¿ha merecido la pena?

Hace justo un año pase la noche del 20 al 21 de abril sin pegar ojo. Preocupado por lanzarme al vacío y porque el libro Un paso al frente no gustase o recibiese la repulsa de todos. Escribir en cierta forma es desnudarse y eso hice hace un año: exponerme ante todos para que cada uno diese su opinión.

La batalla ha sido muy dura

Sé que no es fácil este mundo y menos aún emprender una batalla por cambiar el sistema, me consta que muchos me odian solo por hacerlo o por la forma de hacerlo. Lo siento, más no puedo decir. Sé que en una sociedad tan políticamente enfrentada como la nuestra cualquier movimiento puede ser malentendido. Ojalá pudiera evitarlo. Quiero cambiar las cosas y eso a veces requiere de decisiones que pueden no ser entendidas por muchos o ser odiado por otros tantos. Lo comprendo. Si al final se consigue cambiar algo de todo lo que se propone, yo seré feliz con ello.
En este año han sido muchos los compañeros que me han dado la espalda o me han dejado de hablar, en la mayoría de los casos por el temor a las represalias, y en otros porque no han comprendido que para conseguir el cambio hay que contar con todos los partidos y todas las ideologías. Otros me han abroncado en público, zarandeado, escupido o insultado por las redes sociales. Muchos piensan que he cobrado por las entrevistas o que soy millonario por la venta del libro, supongo que esos mismos pensarán que los abogados llueven del cielo y que tengo una máquina en casa para fabricar dinero con el que viajar... Todo esto, aunque no sea visible, no es nada fácil de digerir porque muchas veces para el sistema es muy fácil engañar a los ciudadanos.
También he tenido la desgracia de tener que explicar a mis familiares y seres queridos que no soy un acosador sexual y otras informaciones por el estilo que publicó un medio de comunicación en un momento dado. Comprendo que cuando no se puede combatir el mensaje se quiera matar al mensajero pero cuando te ves en un medio de comunicación asociado a algo tan repugnante o que la imagen que se transmite sea tan alejada de la realidad (autoritario, machista, vago...) duele y mucho...
He sufrido la censura de ciertos grandes almacenes vinculados a las Fuerzas Armadas, el pirateo del libro y su difusión en el correo electrónico corporativo, estar sentado y maquillado para salir en una entrevista de televisión y que no sucediese o que se emitiese una previa en un programa y luego el reportaje desapareciese de la cadena. Uno nunca imagina que pueda existir censura ni autocensura en un país democrático.
He estado 139 días encerrado por diferentes expedientes disciplinarios y tengo una propuesta de expulsión por parte de lo escrito en el libro Un paso al frente, lo que supone un hecho infame en cualquier democracia del mundo. En esos días de encierro he pasado de todo: huelgas de hambre, acosos brutales, violaciones de los derechos humanos, etc.
Se han organizado maniobras para boicotear las presentaciones, se han amenazado a los militares por sus participaciones en las redes sociales (Facebook, Twitter, etc) o por sus relaciones conmigo, he sufrido seguimientos de la inteligencia militar y otro sinfín de historias que podría estar relatando durante horas.
Por suerte, también he conocido personas increíbles que se han involucrado de forma sincera y han apoyado de desinteresadamente. Desde personas que nada tienen que ver con esto, a militares o familiares de estos, periodistas, escritores, políticos... A todos ellos les doy las gracias de corazón porque son ellos los responsables de que hayan cambiado muchas cosas, aunque no sean tantas como desearíamos y, quizás, para muchos ni siquiera sean visibles. Nadie puede imaginar lo que supuso que todas estas personas se hicieran eco de lo que estábamos gritando cuando nadie más lo hacía.

Se publicaron dos libros más (No, mi general de Zaida Cantera e Irene Lozano y Al otro lado del silencio de Fernando de Oyarbide) desde aquel paso al frente y llegarán más porque se ha abierto una brecha en el muro del silencio. Parece, incluso, que los medios de comunicación pueden empezar a hablar de lo que sucede en las Fuerzas Armadas sin el miedo de no hace tanto.
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No tengo dudas: ¡ha merecido la pena!
Sé, por tanto, que seguramente me equivoque en muchas decisiones, que seré querido y odiado, que viviré momentos muy complicados pero al final lucho por el soldado que no tiene derechos y que me envía mensajes diciéndome que tiene miedo de hacer público lo que le sucede, que necesita que le ayude, que le persiguen, que le expulsan con una rodilla destrozada, que no tiene la conciliación laboral, que no puede quedarse embarazada porque hoy muchas mujeres militares tienen miedo de ser defenestradas por ello u otras que me cuentan que sufren el haber sido o estar siendo acosadas... Lucho por ellos y aunque muchas veces no se comprenda, no me explique correctamente o no acierte en mis decisiones, no pienso detenerme.
Ahora mismo estoy leyendo un libro que debería leerse en todos los institutos (Por qué fracasan los países de Acemoglu y Robinson) y tengo más claro que nunca que todos los cambios que logremos intruducir en las instituciones, todos los órganos de control que se consigan implementar o los contrapesos (checks and balances) que se desarrollen ayudarán a que las generaciones venideras tengan un futuro mejor. Por ello no tengo duda que la empresa en la que estamos tantos y tantos envueltos lo merece, lo merece todo, incluso el odio o el desprecio de algunos o de muchos en ocasiones. No debemos rendirnos bajo ningún concepto.
Pero este artículo no va para los que zarandean, insultan, desprecian u odian, este artículo un año después va dedicado a los que han creído y creen en el cambio, para que vean que por mucha dificultad que se encuentre hemos sobrevivido y somos muchos los que no pensamos rendirnos. Es un mensaje para los que estamos luchando, para que se den cuenta que se gana muchas veces con el fracaso, porque el fracaso es el éxito de los que lo intentan pero también la derrota de los que quieren que no lo intentemos y cuya única victoria es nuestra inacción.
Resulta romántico y conmovedor lo que representa Un paso al frente porque con un libro estamos consiguiendo fracasar y a la vez, con el paso de los días, derrotar a un monstruo armado hasta los dientes. El libro tiene esa magia, la de no volatilizarse como las noticias que no son repetidas. El libro, sigue ahí, al frente, aunque lo censuren y boicoteen.
Ojalá toda esta batalla sea muchas veces mejor entendida por más de uno porque unas Fuerzas Armadas modernas, fiscalizadas, sostenibles, respetuosas con los derechos humanos y con una justicia independiente poco mal le pueden hacer a los ciudadanos.