Opinion · Un paso al frente

Las víctimas del franquismo yacen enterradas por el olvido

Un día te levantas y ha sido elegido presidente un fulano que afirmaba que la igualdad es «radicalmente contraria a la esencia misma del hombre» porque «es un hecho objetivo que los hijos de ‘buena estirpe’ superaban a los demás» (1983). Al siguiente descubres que la Real Academia de la Historia (RAH) no considera dictador a Franco y define el franquismo como un movimiento político y social (hasta 2015 la RAH no le consideró dictador). Otro día resulta que los libros de texto elogian a Esperanza Aguirre o Mariano Rajoyrecuerdan que la guerra que destrozó nuestro país el siglo pasado fue la consecuencia de una situación de inestabilidad política en la II República y que luego vino una dictadura que instauró una economía autosuficiente. Y otro te da por leer el diario fundado por Manuel Fraga, El País, y descubres que ilustra una información del Estado Islámico con una bandera de la República y otra Comunista… ¿Son los republicanos y los comunistas el Estado Islámico?… ¡Evidentemente!

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Y así todos los días, uno tras otro, como una pesadilla, como Bill Murray en Atrapado en el tiempo

Todo esto sucede porque la mayoría no quieren saber ni recordar y porque los que lo hacen son carcas para un potencial presidente del Gobierno como Pablo Casado. Para él y para muchos más, el dramático fin de decenas de miles de personas termina convertido en un monólogo cómico o en una fría estadística que parece no importar y no importunar a nadie (España es el segundo país del mundo con más desaparecidos). Son más de 114.ooo asesinatos a los que no les concedemos ni un recuerdo.

Aranda de Duero es uno de esos lugares en los que aconteció el exterminio impronunciable. Los arqueólogos que estuvieron trabajando en este proyecto se encontraron con muchísimas dificultades. Por un lado, los museos no admitían los restos dado que no tienen la suficiente antigüedad (100 años) y, por otro, la justicia no consideraba que se tratase de la escena de un crimen. Así pues, si no son la escena de un crimen ni tampoco un resto arqueológico, ¿qué son? Pues, básicamente, son un problema.

En muchas ocasiones les sugieren a los que encuentran restos que lo tiren todo a la basura y eso es lo que muchos hacen cuando encuentran un vestigio de su propia historia: Arrojar el despojo al olvido. Exactamente igual que esas sociedades que arrojaban los libros a las hogueras. Igual.

El olvido

Muchos fueron ejecutados antes de ser enterrados, todavía hoy lo denuncian ellos mismos. Les dispararon por la espalda para que solo escucharan su muerte y, también, de frente, para que la mirasen con sus propios ojos y vislumbraran su fatal destino.

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Otros, en cambio, no tuvieron tanta suerte y fueron enterrados vivos. Sus manos intentaron deshacer su propia condena de muerte, reescribirla al menos, pero perecieron en la agonía de la asfixia. Los había menores de edad y sus huesos así lo certifican. Jóvenes que idealizaron un mundo que ni era aquel ni es este, adolescentes que pensaron, al menos, que algún día se ajusticiaría a sus asesinos. Puede, incluso, que les advirtiesen que serían juzgados por una sociedad más justa y más democrática que la que los asesinos pretendían imponer. Todavía está por llegar…

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La mayoría fueron atados antes de ser enterrados y lo que queda de sus rostros refleja horror ante la fatalidad de los que pertenecen a la mala estirpe.

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Otros fueron arrojados como sacos, tal vez muertos ya, ejecutados… ¿Le importa a alguien?

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Y los hubo que se enfrentaron a la muerte y al terror abrazados, intentando contener unidos la dignidad, sintiendo el aliento del ser querido e intentando que un cálido abrazo les sostuviera en una noche de fatales destellos.

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El destino de las Fosas de Aranda de Duero

Las fosas comunes en las que yacen las víctimas no han sido conservadas para ser visitadas y que su historia no se olvide, tampoco se ha intentado reconstruir lo acontecido o señalar a los culpables, sino que algunas de ellas han sido sepultadas por una urbanización. No deja de ser una burla macabra que el ladrillo de Aznar sepulte a las víctimas del franquismo. No sé si es lo que queremos, aunque sí que es seguro que lo votamos.

Lo acontecido en Aranda de Duero es un párrafo de un libro de más de 114.000 historias enterradas por la maquinaria franquista y la prostituida Transición. Se trataba de personas normales que no merecían el final que tuvieron, que no merecen ahora nuestro olvido, que no merecen monólogos cómicos de políticos fascistoides e irresponsables. Son víctimas que, en todo caso, merecen nuestro respeto y nuestro recuerdo. Solo hace falta un poco de memoria y dignidad, solo eso.

Las guerras matan por intereses de la buena estirpe e ignorancia de la mala estirpe, como la canallada que enfrentó a democracia y fascismo, pero las más de 114.000 víctimas no murieron en ninguna guerra. Fueron exterminados y ejecutados en la oscuridad de la noche y en la soledad de los descampados. En esos mataderos no había trincheras, ni frentes, ni batallas. Solo víctimas y verdugos.

Los verdugos

Y los verdugos, que son los únicos que quedan para contarnos lo que sucedió, no se esconden. Explicaba el general Mola, cuyo título nobiliario (Ducado de Mola) fue renovado por el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, que: “Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo[…] serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas. En este trance de la guerra yo ya he decidido la guerra sin cuartel. A los militares que no se hayan sumado a nuestro Movimiento, echarlos y quitarles la paga. A los que han hecho armas contra nosotros, contra el ejército, fusilarlos. Yo veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo. Cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular, debe ser fusilado […] Hay que sembrar el terror; dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”.

Un país que se construye sobre el olvido será demolido, antes o después, por el recuerdo… ¡Recordemos!

 

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra.

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Tal vez te puedan interesar las novelas «Código rojo» (2015) y «Un paso al frente» (2014).

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