Opinion · Un paso al frente

Hace un año que las bombas francesas aniquilaron la solidaridad europea

El 27 de septiembre de 2015, hace un año, Francia comenzó a bombardear Siria alegando ‘legítima defensa’. Oficialmente atacaron un campamento al sur de Deir Ezzor, en el este del país, y François Hollande eligió la sede de las Naciones Unidades en Nueva York para tan grueso anuncio.

Los aviones partieron de Emiratos Árabes Unidos y Jordania, y fueron dirigidos desde Catar (aliados occidentales todos ellos). No hubo víctimas civiles, según aseguró el presidente francés, porque nunca las hay, aunque las pirámides de población de estos países se deshagan hasta convertirse en montones de ceniza. Así pues, éxito total de la operación.

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¿Por qué se sentía Francia más amenazada en septiembre de 2015 que en enero de 2015?

El 7 de enero de 2015, nueve meses antes del bombardeo, se produjo el ataque terrorista a la revista Charlie Hebbo que terminó con la vida de 12 personas sin que ello derivase en un ataque aéreo. ¿Qué había cambiado en Francia desde el 7 de enero hasta el 27 de septiembre para que se necesitara bombardear al enemigo en legítima defensa? Aparentemente, nada.

Los refugiados y la solidaridad

Por desgracia, la gran amenaza para Europa no era el Estado Islámico (que ya llevaba años operando) ni el conflicto sirio (latente desde 2011), por ello es imperceptible cambio alguno en el nivel de amenaza, sino los refugiados y la solidaridad que estos empezaban a generar. Los europeos querían acoger a esos refugiados desesperados que llegaban a nuestro continente víctimas de nuestras propias guerras colonialistas, perseguidos por terroristas que vestían nuestros uniformes y empuñaban nuestras armas, amenazados por esos mismos que nos vendían el petróleo y nos compraban las armas.

Y el 3 de septiembre de 2015 todo empeoró. Francia, como todo el poder, como el capitalismo salvaje, sintió una terrible amenaza con la publicación de la fotografía de Aylan (que falleció un día antes). Esta fotografía dio la vuelta al mundo y la conmoción que causó generó que la solidaridad se convirtiera en un sentimiento imparable que se comportaba como un virus altamente contagioso. Europa estaba enferma de fraternidad y había que buscar un remedio. Los dirigentes europeos, prestos, recurrieron a un cura tradicional para tan terrible enfermedad: las bombas. Porque el capitalismo suma y resta: acoger refugiados supone un coste enorme; expulsarlos, abandonarlos y dejarlos morir no solo no comporta gasto sino que aporta un enorme beneficio. Los números son inapelables y el genocidio es más rentable que la solidaridad para los poderosos, y la guerra más que la paz…

Sin embargo, no hubiera sido un drama acoger a dos o tres millones de personas para un continente con más de 500 millones de habitantes. Hubiera sido suficiente con realizar un esfuerzo cuatro veces inferior al realizado por Suecia, país que fue capaz de acoger a 163.000 refugiados sin llegar a 10 millones de población. Es más, de haber hecho el mismo esfuerzo que los suecos podríamos haber acogido a más de 8 millones de refugiados. Nunca fue esa la idea del capital.

Suecia prefirió la solidaridad; Francia, los bombardeos; otros países, las cercas y la infamia; y la mayoría, el genocidio. España, además, el negocio. Una empresa malagueña fue la encargada de suministrar las concertinas necesarias para lacerar la esperanza de los refugiados y lo hizo con un excelente producto cuya calidad había sido certificada por las toneladas de piel subsahariana desollada durante las décadas en las que Europa olvidó Ceuta y Melilla. Tal fue el descuido que hasta Zapatero se gastó casi nueve millones de euros en concertinas por error…

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Un año después

Un año después de las bombas, poco o nada ha cambiado en Siria o en el Estado Islámico y lo que ha cambiado en nada se debe a la ‘legítima defensa’ francesa. Ese bombardeo o, mejor dicho, ese primer bombardeo no convirtió a Francia en un país más seguro ni derrotó al Estado Islámico ni cambió la guerra en Siria. Lo que sucedió fue muy diferente.

El 30 de octubre de 2015 Jorge Vestrynge advertía de la inminencia de un ataque terrorista en París, algo evidente teniendo en cuenta los bombardeos franceses.

El 13 de noviembre llegaba la anunciada tragedia y se producían los ataques de París que dejaban más de 137 muertos y más de 350 heridos. La solidaridad ese día fue herida de muerte, pero herirla no era suficiente, había que enterrarla para siempre. Así pues, Francia aumentó la intensidad de los bombardeos después de los atentados y Reino Unido se unió el 3 de diciembre de 2015. La obvia consecuencia llegó tres meses después, el 22 de marzo de 2016, cuando los atentados de Bruselas causaron otros 35 muertos y más de 340 heridos.

Esos dos ataques terroristas no solo terminaron con la vida de más de 150 europeos, únicas vidas que parecen tener valor en el mercado internacional, sino que dinamitaron nuestra solidaridad y con ello la esperanza de millones de refugiados. A partir de ese día, Europa podía hacer lo que quisiera con los refugiados sin temor a encontrar una gran oposición. El Refugees Welcome de principios de septiembre de 2015 se transformó en recelo y miedo en la primavera de 2016. Los poderosos habían ganado la batalla al conseguir cambiar la percepción que los europeos tenían de los refugiados y para ello solo necesitaron bombas y medios de comunicación infames, lo que en la mayoría de las guerras. Después llegó la expulsión de los refugiados a Turquía a cambio de dinero y contrapartidas como permitirle al filonazi Erdogan purgar a cualquiera que se opusiera a su voluntad. Y un poco después el silencio absoluto y el verdadero entierro periodístico de Aylan.

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Los grandes medios de comunicación olvidarán que Europa sufrió uno de los mayores ataques de su historia hace justamente un año cuando François Hollande decidió bombardear la solidaridad y lo poco que quedaba de los valores europeos borrando de la faz de la Tierra a Aylan. También ignorarán que fueron esos bombardeos los que provocaron los ataques terroristas que permitieron cambiar la opinión de millones de europeos con respecto a los refugiados y lo harán aunque el Estado Islámico y el conflicto sirio sigan estando en una posición muy parecida. No habrá análisis ni preguntas, ni tan siquiera un recordatorio de tan trágica pérdida.

Que descansen en paz la solidaridad y los valores europeos, pues no merecían morir en legítima defensa.

 

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra.

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