Opinion · Un paso al frente

Porque las violaríais otra vez, Monseñor

Mi Excelencia Reverendísima Carlos López,

Me dirijo a su usted con el ánimo de intentar aportarle mi punto de vista al respecto de una duda que, a la vista de una reciente publicación, parece que le asaltó en un determinado momento de su exitoso y abnegado servicio al Señor. Pues no quisiera bajo ningún concepto que dicha vacilación quedará errante en un limbo de inopia, no al menos sin realizar el mayor esfuerzo posible para que dicha cuestión abandone para siempre tan insidioso espacio divino.

Y no es que dude de sus capacidades, menos aún de su conocimiento terrenal o del favor celestial con el que evidentemente cuenta, es solo que quisiera aportarle otra perspectiva al respecto de los motivos que impiden a una víctima de pederastia en la Iglesia presentar una denuncia. No en vano su Excelencia Reverendísima se preguntaba, atormentado, “¿quién tiene la culpa? ¿Por qué no lo han denunciado? Es que es muy fácil decir… ¿Estos señores por qué no lo han denunciado a su debido tiempo? Ahora la Iglesia es culpable de haberlo ocultado ¿y ellos por qué lo han ocultado?”.

Por víctima de pederastia eclesiástica se entiende, por aclarar el asunto, a una persona que siendo niño o niña fue penetrado salvajemente, normalmente de forma anal, por un servidor de las huestes eclesiásticas de Cristo. Vamos, un subordinado suyo. O aquel que siendo infante aún es encerrado en un cuarto en el que se le condena a todo tipo de horrendos episodios sexuales como manoseos, penetraciones o felaciones. Y son horrendos no por lo que sean en sí mismos, ni tan siquiera porque se produzcan —¡Oh, Señor!— entre personas del mismo sexo, son horripilantes porque se producen contra niños indefensos que no tienen desarrolladas las capacidades físicas ni mentales de un adulto que, llegado el caso, le estamparía un castañazo o una denuncia, o ambas, al depravado de turno.

Ciertamente, pudiera ser que pecara de vanidad al pretender ilustrarle sobre esta cuestión, pues no sé si su Excelencia Reverendísima ha deseado o provocado alguna vez, cuando era niño, a un sacerdote para que le violara y le destrozara su infancia y su futuro. Apunto esta relevante cuestión porque el entonces obispo de Tenerife (en 2007), Reverendísimo Monseñor Bernardo Álvarez, llegó a afirmar que «puede haber menores que sí lo consientan -refiriéndose a los abusos- y, de hecho, los hay. Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan». ¡Ay, esos diablillos de cuatro o cinco años que provocan a los sacerdotes para que se quiten la sotana y les sodomicen!

Pero el caso es que quisiera que supiera algo sobre los motivos que llevan a las víctimas a no denunciar. En primer lugar, hay extremados y abnegados devotos de Cristo como su Excelencia Reverendísima que les intentan convencer para guardar recatado silencio con argumentos que, por lo general, tienden a responsabilizarles del daño que causaría el conocimiento público de tan vil crimen a la Iglesia. Ello, cuando no les advierten, piadosa, desinteresada y paternalmente, del dolor que un proceso jurídico y público les causaría. En palabras suyas a la víctima Javier Paz: “Solo van a conseguir hacer daño, nada más, hacerse daño a sí mismos y a su familia, y todos los demás… Ya bastante has sufrido para que salgas también en la prensa”.

En segundo lugar, porque se encontrarían con desalmados e inhumanos individuos, como su Excelencia Reverendísima, que haciéndose pasar por amantísimos siervos del Señor no les darían la más mínima credibilidad. Por ejemplo, el depredador denunciado por Javier Paz permaneció tres años más en su parroquia una vez realizada la denuncia (2011), dado que usted tuvo a bien considerar “la buena fama del sacerdote”, aunque nada más llegar este a la ciudad (2003), los rumores saltaran de feligrés en feligrés. De hecho, su Excelencia Reverendísima “juzgó que no había suficientes elementos para proceder”. Queda claro, pues, que para usted resulta más reconfortante que un violador de menores campe a sus anchas devorando los cuerpos, las almas y los futuros de sus corderillos católicos a que tal monstruosidad cese, se haga pública y cause un daño irreparable a la Iglesia que afirma servir.

En tercer lugar, suele ocurrir que lo que lo sufrido por estos devotos corderillos no resulta especialmente relevante a pérfidos como su Excelencia Reverendísima, que llegó a afirmar que “lo mismo da que sea por dañar a cuatro que a catorce”. Lo mismo, claro.

En cuarto lugar, suele ser lo más habitual que personas inspiradas por el mismísimo Satán prometan a los denunciantes que la sentencia será pública, reconfortante por ello para las víctimas que lo sufrieron pero no pudieron denunciar, cuando en realidad lo que terminan haciendo es difundir un breve comunicado ocultando la mayor cantidad de los detalles del caso y de la condena. Igual sabe a lo que me refiero.

En definitiva, las víctimas de pederastia no denuncian porque tienen miedo de volver a ser violadas por inclementes como su Excelencia Reverendísima, pero esta vez públicamente. Exactamente como usted hizo con el denunciante de las grabaciones que se han hecho públicas, episodio que, de existir todo aquello en lo que cree, le condenará para siempre al peor de los infiernos. No lo dude.

Al menos me complace saber que, a estas alturas, supongo, le habrá quedado claro que si las víctimas de pederastia en la Iglesia no denuncian es porque las violarían otra vez, Monseñor.

 

Luis Gonzalo Segura, ex teniente del Ejército de Tierra y autor de ‘El libro negro del Ejército español’.