Opinion · La Universidad del Barrio

«El legado cultural del exilio republicano», por Sebastiaan Faber

Cuando Francó acabó de torcerle el cuello al cisne de la Segunda República, miles de sus hijas e hijos ya se habían dispersado por el mundo y miles más lo harían en los años que siguieron. Entre 1939 y 1975, mientras la España franquista, autárquica y bacilofóbica, hizo lo posible por vacunarse contra los gérmenes de la modernidad y la emancipación, cada uno de los republicanos dispersos en la diáspora creó su propia estela genealógica: una feraz huella de discípulas y discípulos, obras, empresas y aprendizajes. La paradójica verdad es que el legado de la Segunda República está más vivo en muchos sitios no españoles — México, Francia, Argentina, Chile, Estados Unidos– que en la propia España.
A mí me ha tocado vivir esa verdad en carne propia. Aunque nací en Ámsterdam a finales de los 60 y no aprendí una palabra de castellano hasta los 18 años, el legado del exilio me ha pillado muy de cerca. A mediados de los 90 me fui a hacer el doctorado a California, donde dos de mis profesores –el medievalista Samuel Armistead y el latinoamericanista Hugo Verani– eran alumnos de hispanistas exiliados. Armistead había estudiado con Américo Castro y Vicente Lloréns en Princeton, y Verani con Antonio Sánchez-Barbudo en Wisconsin. Armistead, de hecho, pasó nada menos que una década en la compañía “don Américo”: los años de la licenciatura, la maestría y el doctorado. Salió de la experiencia —valga la expresión— un converso. El contagio de la pasión castrista le marcaría de por vida. No ardía menos cuando yo le tuve como maestro, cuarenta años después, entre el 95 y el 99, cuando Sam ya tenía más de 70 años. En un breve artículo de esa misma época, Armistead recordaba cómo Castro vivía en un estado casi continuo de exaltación, enfado y frustración: “¡Que no me entienden!” —gritaba— “¡Que no me van a entender!” Comparto lo que dejó escrito mi maestro, que murió hace solo dos años:

«Estudiar con Américo Castro era una experiencia incalculablemente gratificante, intensamente interesante y ocasionalmente abrumadora. Era un maestro que electrificaba, consistentemente dinámico e inspirador. Una y otra vez, uno salía de sus seminarios —al cabo de tres horas de aprendizaje intenso— totalmente convencido de la vital importancia de lo que decía, totalmente convencido de que todos los que estudiábamos con él estábamos participando activamente en una tarea colaborativa crucial, una misión por reinterpretar y reformular los orígenes de la cultura española». StatueSpanishexMalecon

También después del doctorado me fue imposible no cruzarme cada dos por tres con las huellas del exilio republicano. Conseguí un trabajo como profesor de estudios hispánicos en la universidad de Oberlin, en Ohio, uno de los miles de colleges pequeños que salpican el país y que sólo tienen estudiantes de grado. El primer año, vagando un día por un rincón de estantes viejos y polvorosos de la biblioteca universitaria, me topé con una importante colección de primeras ediciones de Max Aub. Hacía años que nadie las había sacado. Y en vez de guardarse en las colecciones especiales, donde por su valor deberían estar, seguían en los estantes corrientes. Abrí un volumen al azar y vi que estaba dedicado, por el propio Max, a un tal Paul. Me puse a averiguar y comprendí que se trataba de mi predecesor, el catedrático hispanista Paul Patrick Rogers, que había conseguido un puesto en el Oberlin College a finales de los años 20 y se había jubilado en los sesenta. ¿Cómo es que conocía a Aub? Investigué más. Descubrí que Rogers había pasado parte de la Guerra Civil en España y que después se había hecho íntimo amigo de un grupo de exiliados españoles en México: no sólo Aub, sino Buñuel, Mantecón, Juan Vicens, Constancia de la Mora, Ignacio Hidalgo de Cisneros. Estas amistades le servían de compañía a Rogers en sus frecuentes viajes a México, donde pasaba meses enteros. Y es que Estados Unidos se le hacía pequeño: estaba vigilado por el FBI —tengo su expediente en casa, son casi mil páginas— y no se sentía cómodo viviendo su identidad política. (Era compañero de viaje del PC.)

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Si Aub y compañía le daban la bienvenida en México, Rogers a su vez servía de puente para sus amigos exiliados en México y en otras partes de Estados Unidos. Así, fue gracias a Rogers que, a finales de los cuarenta, llegó a Oberlin como profesor visitante Augusto Centeno, compañero de cuarto de Buñuel en la Residencia de Estudiantes. En 1952, Centeno pasó a asumir una jefatura de departamento en Connecticut College, vía Middlebury, donde su hermano Juan dirigía la escuela de verano. Un año después, en el otoño de 1953, bajó del tren en la estación de Oberlin un chico fornido de dieciocho años, de ojos saltones y ganas de provocar, que había pasado su adolescencia en la Ciudad de México pero que hablaba un inglés americano nativo porque había pasado los años de la primera Estados Unidos. Se hacía llamar John. Sus apellidos eran Buñuel Rucar. Juan Luis, que así se llamaba de verdad el hijo mayor de Luis y Jeanne, se había presentado al Oberlin College recomendado por Rogers, para estudiar literatura inglesa. Le admitieron. Y en efecto, con ese diploma se licenciaría cuatro años después, en 1957. (Un año antes, en el 56, se había licenciado en Oberlin Xavier Pi-Sunyer, sobrino segundo de Carles Pi-Sunyer, cuya familia también se había exiliado a México y después pasado a Nueva York. Y finalmente fue gracias a Rogers que, en el año ‘49-50 la hija mayor de Max Aub pasó un año en Ohio, trabajando de asistente en las clases de Francés.)
Son anécdotas, claro, pero ilustran que incluso para alguien de mi generación es imposible moverse por las universidades y colleges norteamericanos sin toparse cada día con las huellas vivas del exilio republicano español. Y más en el campo hispanista, donde el impacto del exilio fue decisivo. Puestos a pensar, como hispanista holandés educado parcialmente en Estados Unidos tengo una conexión más orgánica con el legado de la República española que un colega filólogo de mi generación educado en la propia España. (También porque, como han demostrado Fernando Larraz y Gregorio Morán, los esquemas básicos de la filología española construidos en los años de la dictadura no se modificaron sustancialmente en los años que siguieron a la Transición.)
¿Cómo valorar el impacto del exilio en la investigación y enseñanza de la cultura española en Estados Unidos? El tema es controvertido. De hecho, muchos de los que nos consideramos nietos académicos de exiliados republicanos como Castro o Sánchez Barbudo hemos venido adoptando posturas bastante críticas frente a su legado. Y es que lo que, en el contexto español de los 30, 40 o 50, eran posturas liberales o radicales —y ciertamente disidentes de la ortodoxia tradicionalista de la universidad franquista— en el contexto norteamericano de, digamos, los 60 eran posturas ya casi reaccionarias. ¿Cómo explicamos esa paradoja? Aquí entran varios factores, como por ejemplo la soberbia cultural de los exiliados frente a Latinoamérica. Cuando, a partir de los años 40, crece en Estados Unidos el interés en los países al sur del Río Grande —sobre todo en las ciencias sociales pero también en las humanidades— a muchos exiliados españoles les cuesta renunciar a su visión de la cultura latinoamericana como una especie de derivado de la española, asumida de forma casi natural como originaria y superior. (El propio Américo Castro, en un texto de 1940, rechazaba la visión negativa de la Conquista que predominaba en México con estas palabras: “en tanto que no sienta de veras que a Hernán Cortés debe el haber salido de la sanguinaria e inerte vida precortesiana, México carecerá del esencial equilibrio que tanto necesita”). Y cuando, en los 60 y 70, los campus universitarios estadounidenses se revolucionaban en todos los sentidos, a los viejos exiliados republicanos no les apetecía nada subirse al tren de la teoría crítica o sumarse a la lucha por los derechos civiles. (Hay excepciones importantes. El crítico Carlos Blanco Aguinaga, que se había exiliado a México como niño y pasó la mayor parte de su vida profesional en la Universidad de California en San Diego, sí que se sumó a esas luchas, como recordó su buena amiga Angela Davis hace algunos años.) Aquí también hay que recordar que el exilio intelectual en Estados Unidos no fue ni mucho menos representativo de todo el exilio republicano: al fin y al cabo, las políticas migratorias del país favorecían a los menos radicales, los menos militantes. Muy diferente, en ese sentido, fue el caso de México, que acogió a los comunistas y anarquistas a los que los gringos les negaron el asilo.
Así las cosas, una corriente influyente en Estados Unidos, de la que yo también formo parte, identifica al exilio español con un hispanismo entendido en sentido negativo como ideología y práctica intelectual marcada por un “españolismo” y eurocentrismo bastante cerrados y con actitudes coloniales y anti-teóricas, además de metodologías poco rigurosas. Desde luego que apreciamos el legado del exilio y lo reconocemos, dentro del marco español, en toda su modernidad y afán emancipador. Aun así, para mi generación, la crítica rigurosa de ese legado ha sido un paso necesario para abrir el campo hacia direcciones nuevas: los estudios trasatlánticos, por ejemplo, o visiones más plurales y menos castellano-céntricas de la historia y cultura de la Península Ibérica.
Ahora bien, si en Estados Unidos hemos venido lidiando a nuestra manera con un legado de un exilio republicano hegemónico y omnipresente, en la España democrática os ha costado asumirlo por razones harto diferentes. Para empezar, porque es un legado marcado por la ausencia y la marginación. ¿La recuperación de la memoria histórica significa también recuperar a la vida, obra y memoria de los miles de españoles que pasaron décadas fuera de España? Desde luego. Pero ¿qué significa recuperar en este contexto? ¿No hay una parte del legado del exilio republicano que simplemente no es recuperable por España, y nunca lo será, porque ya no le pertenece (o al menos no a esta España, monárquica, postfranquista y neoliberal), o porque es directamente mexicano, estadounidense, argentino o francés? ¿Hay algo más reductivo y empobrecedor que leer la obra de Luis Buñuel, Victoria Kent, Max Aub, María Zambrano o Jorge Semprún como simple y exclusivamente española?
Al régimen franquista y sus representantes intelectuales les encantaba pintar a los exiliados como “anti-españoles”, nostálgicos y rencorosos, enquistados en el pasado. La verdad era bien diferente: los exiliados no solo representaban las aspiraciones de la modernidad republicana sino que, en realidad, vivían y trabajaban en un contacto mucho más directo y orgánico con su propio tiempo que sus colegas en la España franquista. En ese sentido, abrirse al legado del exilio republicano desde España, hoy, es abrirse a la posibilidad de otras cronologías y otros relatos históricos. Relatos alternativos que cuestionan los mismísimos fundamentos de lo que, desde los años cincuenta, se ha venido estudiando y enseñando como historia, cine, filosofía, arte y literatura españoles.

Sebastiaan Faber es profesor en Oberlin College