Opinion · Verdad Justicia Reparación

La buena memoria extremeña

Antonio Pérez,
miembro de La Comuna

Valencia del Ventoso es un pueblo extremeño oculto en las estribaciones de Sierra Morena. Al norte, mirando hacia Zafra, sus suelos de horizonte argílico se aposentan sobre rocas intrusivas; al oeste, predominan las margas. Tiene un castillo templario, ermitas y fuentes. Llueve poco, unos 500 mm. anuales. Buena parte de esas aguas cayeron como diluvio jarreado el domingo 18 de octubre, justo cuando las autoridades municipales y otras 150 personas irreductibles e impermeables rendían homenaje a un hijo ilustre del pueblo: Francisco Granado Gata, el mártir ejecutado en el año 1963 a garrote vil por el delito de ser anarquista. Sólo contaba 27 años, estaba casado y tenía tres hijos. Según el certificado médico, su fallecimiento tuvo como “causa inmediata, asistolia; y como causa fundamental, traumatismo bulbar”.

 

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Acto homenaje a Francisco Granado en Valencia del Ventoso

 

Tanto Granado como Joaquín Delgado Martínez, su compañero de ideología, de torturas y de asesinato legal, fueron enterrados en sendas sepulturas “de caridad” sin (huelga añadirlo) la presencia de familiares ni de testigos. Por todo ello, la historia de Granado pertenece al género del terror político secreto, un campo en el que España es indiscutida potencia hegemónica.

Sin embargo, no siempre fue así. De hecho, Francisco Granado nació durante la II República, cuando los intelectuales más brillantes de Europa (no exagero) militaban como humildes maestros-de-escuela en las Misiones Pedagógicas que recorrían las aldeas extremeñas. De ahí que emigrara a Francia no sólo para trabajar en la forja metálica sino también para ilustrarse en las primeras letras de la revolución social. Regresó a España, fue detenido y tuvo la desgracia de que, junto con Delgado, fueran acusados de unos delitos que ninguno había cometido. A su némesis, el tristemente famoso coronel Enrique Eymar Fernández, Caballero Mutilado e instructor del proceso en el Juzgado Militar Especial Nacional de Actividades Extremistas, nada le importó que los dos reos tuvieran sólidas coartadas: en 17 días pasaron de ser detenidos a ser asesinados de la manera más cruelmente medieval.

Ahora bien, la memoria histórica padece rincones de sombra o de grisura que no debemos seguir olvidando puesto que, en efecto, las comparaciones pueden ser odiosas pero los agravios comparativos lo son siempre mucho más. El caso es que Granado y Delgado fueron agarrotados sólo cuatro meses después de que fuera fusilado el comunista Julián Grimau. Sin embargo, Grimau es un personaje muy conocido al que incluso cantaron grandes como Violeta Parra y Chicho Sánchez Ferlosio. Añadiremos que, en Google, encontramos casi setenta (70) veces más referencias a Grimau que a Granado. Obviamente, nunca censuraríamos ninguna información electrónica pero, por muchas razones no sólo ideológicas o historiográficas, nos parecería mejor que se equilibrara esta escandalosa asimetría.

Además de asimétrica, la narrativa cibernética sobre Grimau está salpimentada con una propaganda milagrera que nos resulta especialmente desagradable. Por ejemplo, según Wikipedia, el comisionado comunista recibió 27 balazos en el paredón pero, aun así, no murió; por ello, el contrito teniente que mandaba al pelotón tuvo que dispararle dos tiros de gracia. Ahora bien, emulando la peripecia del legionario romano que alanceó al Crucificado, el Buen Teniente quedó tan traumatizado como para terminar con su angustia en un psiquiátrico. Dicho en términos políticos: algunos flecos de la “reconciliación nacional” que el jefe de Grimau, Santiago Carrillo, extendía a los militares, sobreviven a la digitalización.

En el caso de los dos veinteañeros anarquistas no hay prodigios ni quimeras sino obras trabajosa y primorosamente labradas: en 1997, Lala Gomá y Xavier Montanyá terminaron su premiadísimo documental Granado y Delgado, un crimen legal. En 1998, Carlos Fonseca publicó en forma de libro un informe cuasi definitivo, Garrote vil para dos inocentes; el caso Granado-Delgado. Tras ellas, nadie puede decir que no estaba informado.

Además, este caso ha provocado bastantes anomalías en el frente jurídico. Así, en 2004, el Tribunal Constitucional ordenó al Supremo que practicara las pruebas solicitadas por los familiares y compañeros que, desde 1963, estaban pidiendo la reapertura del proceso. Sin embargo, en 2006, la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo denegó por segunda vez la revisión solicitada. Tan inicuo dictamen nos sugiere dos preguntas colaterales. Primera: después de que el Constitucional haya recientemente obtenido la facultad de castigar a quien le desobedezca, ¿hoy actuaría el Supremo de igual forma? Y segunda: ¿por qué pervive en el Supremo una Sala de lo Militar y no hay Salas de lo Arquitectónico, lo Geográfico y lo Numismático? Pero lo que no es anomalía sino pura extravagancia es el hecho de que, en 2005, se negó toda indemnización a la viuda de Granado con el argumento de que su marido no había cumplido el tiempo mínimo de prisión exigido por la normativa y es que, en efecto, Granado (y Delgado) sólo estuvieron presos un par de semanas…

Pero volvamos al acto por la digna memoria de Granado: en el jardín del centro cultural municipal de su pueblo natal, se develó un monolito coronado por el busto del Mártir. Las proporciones del monumento concuerdan perfectamente. Su sencillez transmite el único poderío que el vilmente agarrotado hubiera admitido: el de la belleza verdadera o verdadera belleza que viene a ser lo mismo. Una placa reza “En reparación de la memoria de Francisco Granado Gata (1935-1963) asesinado tras ser condenado por un crimen que no cometió [etc]”. Poco más abajo, otra placa más pequeña recuerda a los organizadores de la memoria reconquistada: la familia Granado-Vaquerizo (su viuda, Pilar, no tuvo fuerzas para asistir), el Ayuntamiento de Valencia del Ventoso y la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Extremadura (ARMHEX) junto con los sindicatos libertarios CNT y CGT.

 

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Monumento a Granado

 

Había que aplaudir a todos y especialmente al valeroso alcalde que ha elevado la declaración municipal en defensa de su paisano Granado firmando así una iniciativa que bien podrían seguir otros alcaldes. Por ejemplo, el de Cardona (Barcelona), pueblo natal de Delgado. Solo así mejorará la condición mental de este amnésico país y, consecuentemente, su salud pública.