Opinión · Verdad Justicia Reparación

Hoy he vuelto a la cárcel y no estaba

Luis Suárez,
miembro de La Comuna

Desde la acera de enfrente el lugar se presenta en primer plano como un simple cerramiento liviano de un material plástico o cristal esmerilado, translúcido y liso. Detrás se asoma una fachada de ladrillo, antigua, entre neomudéjar y paleoindustrial, embutida en otros paramentos de ese mismo material nuevo y blanquecino, rematada en una cubierta como de láminas de plomo, que se nota también reciente.

Exterior cárcel Palencia antes

Cruzo la calle, rehaciendo el trayecto que recuerdo haber repetido tantos días hace muchos años, al final de la jornada laboral. El trayecto de vuelta al hogar, por así decir.

Al entrar en el edificio, o más bien debería decir recinto, el espacio que me recibe no recuerda en nada al original, es este un espacio ‘de diseño’, nuevo, inmaculado. No hay pesados muros de fábrica de ladrillo, ni portones metálicos, garitas de vigilancia, rastrillo de seguridad,… ni guardias civiles. Esto es un centro cultural, y la primera sensación que transmite, al menos en este momento particular, es la de lugar deshabitado aunque cuidadosamente acondicionado.

Exterior Palencia actual

Tras deambular brevemente entre instalaciones ‘artísticas’, encuentro, en el eje opuesto al de la entrada por la que acabo de acceder, lo que parece la transición hacia otro sector claramente diferenciado del conjunto, anunciado con un rótulo como Museo de la Policía Nacional.

Museo policial en una galería de la cárcel

El acceso conduce a un espacio circular del que salen en cruz 4 pasillos o galerías. En uno de los sectores del muro circular hay otro mostrador – recepción, en este caso atendido por un policía nacional uniformado el cual me indica que para visitar el museo debo anotar mis datos en su cuaderno, ofreciéndome amablemente su bolígrafo. Nombre, DNI, ciudad de residencia… Hay algo vagamente de déjà vu en la escena. Hiriente también.

Quizás convendría aclarar que en este momento estoy en lo que era el centro de la cárcel provincial de Palencia, en cuyas instalaciones pasé alrededor de un año entre el 74 y el 75, justamente hasta el indulto posterior a la muerte del Dictador, junto con otras decenas de presos políticos. La experiencia de volver a ese lugar 40 años más tarde y encontrarlo desfigurado, solo vagamente reconocible por su singular geometría, y ocupado por un museo policial, resulta francamente descorazonadora. El hecho, aparentemente banal, de requerirme la ‘filiación’, como se decía antes, para acceder a ese espacio, en el que igualmente pasábamos por controles policiales al ingresar como presos, le otorga a esa experiencia un plus de sarcasmo.

Aunque este ‘museo’ ocupe aproximadamente el 40% del espacio útil del centro, intentaré en vano descubrir sus valores culturales, científicos o recreativos: Unas vitrinas con uniformes y armas; algunas maquetas de escenas policiales; un breve recorrido de la historia policial,… o una sala con ordenadores que no funcionan flanqueados por metros de estantería ocupados con tomos encuadernados del BOE. No creo que entretenga ni al niño mejor dispuesto, aunque es imposible saberlo pues no encontraré ningún otro visitante en sus salas.

Triste destino para un edificio adquirido y rehabilitado a un coste considerable por el Ayuntamiento de Palencia para, según se proclamó, sería destinado a centro cultural y artístico, abierto a sus diversos colectivos, creadores y sectores sociales. En teoría, claro, porque cuando el director general de la policía, natural de Palencia, conoció de su existencia se puso de acuerdo con el equipo de gobierno municipal, del PP, para instalar en él su museo. Para ello ha ocupado precisamente el espacio que aún conserva, como decía, al menos la singular forma y volumetría carcelaria original, y en el que los presos además hacíamos nuestra vida.

Pero el de este centro, más allá del flagrante incumplimiento de los fines de la inversión realizada, y del despilfarro que supone la infrautilización de un espacio potencialmente de gran utilidad para la sociedad palentina, es un caso digno de análisis. Incluso más allá también de la muy discutible decisión de ‘intervenir’ arquitectónicamente el interesante y singular edificio original, con una visión falsamente ‘moderna’ que se asocia todavía a menudo a la sustitución o transformación de la obra heredada, sin respeto por el patrimonio colectivo.

Pero es que además de todo eso, esta intervención y esta instalación suponen un grave atentado contra la historia y la memoria colectiva de nuestro pueblo. Una memoria que nunca será democrática, fiel y justa con el pasado, si no incluye el reconocimiento de la represión política sufrida por nuestro país durante casi 40 años. Y reconocimiento de su simétrica némesis: la resistencia de tantas personas que dieron su vida, o años de prisión o exilio, por defender la dignidad y la libertad. La cárcel de Palencia, como bien sabe la ciudadanía de esa ciudad y sus mismas autoridades locales, fue un penal de presos políticos, sin embargo, nada, absolutamente nada, informa y rinde tributo en el actual edificio a ese pasado.

Nada en este aséptico centro sugiere que miles de presos políticos, incluyendo por cierto, el poeta Miguel Hernández, pasaron en él muchos años por luchar contra la dictadura, que hicieron huelgas de hambre y padecieron sanciones y aislamiento, que tuvieron que enfrentarse al régimen penitenciario para conquistar mínimos márgenes de respeto y dignidad, que formaron comunas de resistencia, solidaridad, estudio y debate para enfrentar sus penalidades y sacar partido al tiempo de prisión.

Llegado a ese punto, recurriendo al título de la clásica petenera, podría decir que me puse a considerar. Y me asaltaron algunas preguntas:

En el proceso de concurso público para reformar (y deformar) el edificio, ¿nadie propuso, la conservación de algunos de sus espacios y elementos más característicos, como un patio carcelario, una zona de celdas, alguna otra área de la vida cotidiana de los presos…?

Descartada dicha conservación testimonial parcial, antes de demolerlo o reformarlo a fondo, ¿a nadie se le ocurrió documentar el edificio e instalaciones originales por medio de imágenes, vídeos, testimonios, maquetas, etc.?

Dando por hecho que la respuesta a ambos supuestos es negativa, caí en la cuenta que solo en la menguante memoria personal de quienes tuvimos una experiencia directa en la cárcel, y que aún sobrevivimos, permanece ahora el recuerdo de su existencia y circunstancias. Pero entonces, cuando nosotros hayamos también desaparecido, ¿cómo podrá saberse esa historia de represión y resistencia, el ambiente carcelario, las normas, los castigos, la permanente lucha por mejorar la vida de los presos políticos? ¿Cómo simplemente conocer la realidad física de una cárcel provincial de principios del siglo XX?

Me encontraba, en suma, ante otra cruda manifestación de la que podríamos llamar doctrina Carabanchel, es decir, la política de sistemática erradicación o adulteración de todos los lugares de la represión franquista, para borrar cualquier huella de nuestra historia real.

Y es que, concluí en mis consideraciones, eliminar los lugares de la represión política es requisito para la labor de blanqueo de la dictadura, una terapia de lobotomía colectiva de la memoria que nos viene siendo aplicada por los epígonos del franquismo para perpetuarse en el poder y dormir bien. No se me oculta que uno de los efectos colaterales de ese tratamiento de fabulación e idiotización es necesariamente la negación de nuestra existencia como resistentes y víctimas.

Como se puede suponer, volví de Palencia sumido en una metafísica crisis de identidad, que, tras los recortes, me temo no tiene fácil tratamiento por la sanidad pública.