Opinion · Verdad Justicia Reparación

Que no asesinen nuestras razones: Vitoria y la Transición

Paloma González,
integrante de La Comuna

“Como suele ocurrir en las épocas de crisis políticas, la Historia se ha convertido – de nuevo – en un combate”. Así es como Emmanuel Rodríguez comienza su libro Por qué fracasó la democracia en España, y así es como deberíamos empezar cualquier reflexión un día como hoy, cuando se cumplen 40 años de uno de los episodios de la Transición que más evidente hacen la idea, tantas veces silenciada, de que otra democracia fue posible.

La movilización de fábricas y barrios en Vitoria a comienzos de 1976 supuso una de las experiencias más importantes de autoorganización y emancipación ciudadana de la segunda mitad del XX europeo. Pero un 3 de marzo como hoy, el asesinato de cinco jóvenes trabajadores a causa de la represión premeditada por parte de la policía de una asamblea pacífica de más de 5.000 personas, demostró que el proceso de desmontaje del sistema dictatorial no iba a ser un camino de rosas.

Bienvenido Perea, Francisco Aznar, Romualdo Barroso, Pedro María Martínez y José Castillo, más los asesinados después en las manifestaciones de solidaridad convocadas por todo el Estado. Los crímenes de todos ellos siguen aún hoy impunes. Hasta ahora, ni los responsables ya desaparecidos como Fraga Iribarne, ministro de Gobernación por aquel entonces, o Adolfo Suárez, que le sustituía por viaje de aquel, ni los aún vivos como Rodolfo Martín Villa, ministro de Relaciones Sindicales, o Alfonso Osorio, Ministro de la Presidencia han sido juzgados nunca por un tribunal español – para más inri, la extradición de estos últimos por la justicia argentina (a través de la querella por crímenes del franquismo interpuesta en aquel país) sigue siendo obstaculizada por el Gobierno -, sino que han ocupado cargos importantes de esta querida democracia, esta democracia mía y nuestra.

Pero la intención de este texto no es solo recordarles y volver a denunciar la impunidad de la que gozan estos criminales, sino reflexionar también sobre qué significó el 3 de marzo para la lucha obrera y antifranquista de aquel periodo, y en relación al modelo de transición que se impuso, qué impacto ha tenido todo aquello sobre el ciclo político y social actual. Porque cuando la memoria se limita a recordar a los muertos desproveyéndoles de sus sueños se asesinan razones, como diría Lluis Llach, y se alimenta entonces la amnesia que define la Transición como un periodo únicamente de miedo y violencia provocados por unos cuantos radicales. O lo que es peor, como un ejemplo modélico y pacífico de tránsito a seguir, sin víctimas ni crímenes.

Miles de trabajadores de las principales fábricas de Vitoria habían ido a la huelga pidiendo la readmisión de despedidos y solicitando la negociación entre los representantes de sus asambleas y la patronal, sin la mediación del sindicato único vertical impuesto por la dictadura. Tras una sucesión de jornadas de lucha, la jornada de huelga del día 3 parecía que iba a desbordar las expectativas, organizada como había sido por asambleas masivas de fábrica y barrios. Y es que Franco había muerto apenas tres meses antes y el fascismo seguía incólume, ahora con el heredero designado por él mismo, Juan Carlos, al frente de un proyecto de reforma gradual del franquismo hacia un Estado fuerte con libertades limitadas. Un “franquismo sin Franco” que tuvo como respuesta una creciente explosividad social con más de 17.000 huelgas en el primer trimestre de 1976, con el proletariado como principal protagonista, y la participación de otros diversos sectores (estudiantes, movimientos vecinales, etc.). De hecho, las reivindicaciones sociales más inmediatas (readmisión por despido, libertad de reunión y representación, aumento salarial lineal, jubilación a los 60 años, garantías en caso de enfermedad, etc.) se habían combinado de forma natural, en ese marco represivo, con reivindicaciones políticas (libertades democráticas radicales como la exigencia de disolución de las fuerzas represivas especialmente, pero también amnistía, autodeterminación, autoorganización, elecciones constituyentes, etc.)

Vitoria era precisamente el ejemplo perfecto, donde la lucha obrera había ido ganando apoyos sociales con una dinámica asamblearia, de autoorganización y delegados elegidos y la incorporación de nuevos sectores como mujeres, estudiantes, asociaciones de vecinos, etc., que se radicalizarán a medida que se endurecía la represión. Tras la represión del 3 de marzo, con la prohibición de las asambleas y con delegados del sindicato vertical supervisando toda reunión, los trabajadores llegaron a impedir la entrada a sus encuentros a los representantes del sindicato vertical, forzando a los patronos a negociar con los representantes de las asambleas las readmisiones, mejoras de sueldo, incluso garantías del puesto de trabajo para los detenidos.

En definitiva, Vitoria no fue la gran derrota que nos quisieron hacer creer ni “la revuelta de unos agitadores”, como afirmaba Fraga en la prensa de aquel entonces. Recuperar la memoria de aquellos meses, además, no implica únicamente clamar justicia para el pasado, sino traer justicia al presente. En una época de inestabilidad política como la actual, en la que como en los 70, se vive un contexto de crisis social y económica, ¿qué diríamos si la ola de movilización que hemos vivido en estos años previos con el 15M se reprimiese como entonces y las expectativas abiertas de cambio se tradujesen en unos resultados políticos y sociales tan parcos como los de entonces? Ah, espera, que puede que eso ya esté pasando.

La represión violenta de aquellos años ha mutado, ahora camuflada bajo una apariencia de libertades democráticas, se apoya en la administración de ‘justicia’ y la legislación, en las leyes mordaza o los juicios a huelguistas como los de Airbus o CocaCola. Documentales como ‘Democráticos tiranos’ ya lo plantean, ya que entre Andoni Txasko, uno de los manifestantes que aquel 3 de marzo perdió un ojo y Esther Quintana, a la que le ocurrió lo mismo tras la huelga general del 14-N en Barcelona, no hay ninguna diferencia. Es precisamente esta impunidad y la continuidad de la legalidad franquista la que sigue haciendo necesaria la desobediencia civil como forma de actuación contra leyes ilegítimas que sirven solo a los intereses de unos pocos.

Y es que el pacto constitucional que se apoyó en explosiones sociales como la de Vitoria para cerrar las filas del poder postfranquista, condujo a un sistema de democracia recortada que se ha pretendido asentar como la única democracia posible, cuando existen muchos otros modelos como demuestra el ejemplo asambleario de la ciudad de Vitoria. Es por ello que no podemos dejar que la urgencia del cambio político que ha irrumpido en nuestro tiempo y por alcanzar las instituciones derive en una segunda transición que implique anteponer pactos políticos entre las élites a los derechos y libertades de la ciudadanía, la de 1976 y la de ahora. Estaríamos, de nuevo, más lejos de ganar ese combate por la Historia y, por supuesto, de honrar la memoria de aquellos que murieron a manos de asesinos de razones y de vidas.