Opinión · Verdad Justicia Reparación

Ay, Nicaragua, Nicaragüita

Por Juliana García, internacionalista antiimperialista, activista ambivalente y compleja de muchas causas.

Estas últimas semanas (ya van demasiadas) siento mi corazón, frecuentemente alegre, dolorido y triste, por el enorme sufrimiento de una parte importante de la población de Nicaragua.
Mientras iba conduciendo, cosa infrecuente, a una concentración frente al criminal monumento al fascismo que es “Cuelgamuros”, escuchaba en Radio 3 lo siguiente “¿En qué parte del camino se quedaron los orígenes”?
Palabras nada excepcionales, pero que a mí me impactaron porque pensé en la revolución sandinista y el dolor y tristeza que, en estas últimas semanas (ya van demasiadas), se han instalado en mi corazón, debidas a la brutal represión desatada por el Gobierno Orteguista en Nicaragua y las consecuencias en vidas, sufrimiento y miedo de una parte importante de su población.
Decidí que cuando llegase a casa escribiría sobre este dolor y a ello me he puesto.
Escribo del dolor con enorme pudor, pues lo hago desde un cómodo sillón, rodeada de árboles, mientras miles de personas sufren y luchan en aquel país.
Lo hago porque quiero expresar mi apoyo a las víctimas, mi repulsa frente a la represión, y para, de paso, librarme de este dolor, que tiene múltiples aristas: la de la empatía con quienes sufren y la debida a la incomprensión, decepción y malestar que me produce saber que una parte de las personas de izquierda de este país, a algunas de las cuales conozco, no tengan ni una palabra de empatía, de afecto por las víctimas.
Considero que ellos y ellas se han “atrincherado” en el discurso objetivo-ideologizado-sesudo y patriarcal de la agresión imperialista, completamente disociado de lo que para mí es fundamental, que es PONER LA VIDA EN EL CENTRO, que, siendo honesta, y aun desde mi identificación como mujer feminista-anticapitalista, reconozco yo misma tuve en algún momento al inicio del proceso, porque me resultaba más fácil, menos doloroso.
Las cifras son demoledoras: Casi 400 víctimas mortales cientos de heridos, recluidos en prisiones, entra ellas en El Chipote, en las universidades, desaparecidos, maltratados, torturados. Víctimas con nombres y vidas. Y el miedo…
Asumo que mi dolor es compartido por miles de personas de mi generación, y posteriores, para quienes la Revolución Sandinista, fue un referente vital. Por ello, participé activamente en el Comité de Solidaridad con Nicaragua en Madrid, me fui casi dos meses a ese país, en julio de 1985, junto a mi ex compañero, como brigadista “curiosa”. Realicé guardias revolucionarias, tomando cafés, y comiendo pipas de girasol, que nos habían pedido que llevásemos, y conversaciones.
Participé en actos y manifestaciones. Viajé por el país, pregunté, escuché con atención a personas, historias de dolor y esperanza, miré y observé con la misma atención. Comí y dormí muy poco, pero me quedé fascinada con este país y sus gentes, decidiendo que, al regresar a Madrid, solicitaría una excedencia en mi trabajo como enfermera, para apoyar los esfuerzos del gobierno revolucionario en el sector sanitario.
Pero el destino me llevó a apoyar otro proceso revolucionario en Mozambique.
Desde entonces me fui a otros lugares, pero seguí de cerca lo que pasaba en Nicaragua y sentí ya el dolor que me causaban muchas de las informaciones que me iban transmitiendo mis amistades de allá y algunos medios de comunicación: la piñata, la supuesta (para mi creíble) violación de Daniel a su hijastra Zoilamérica, la ley del aborto, el canal interoceánico, la connivencia Estado-Iglesia católica-Empresariado, la entrada del FMI y la aceptación de sus normas, las facilidades para la inversión extranjera, la extracción de madera de la Reserva de la Biosfera Bosawás y su depredación, los sistemáticos y menos mediáticos atentados a los defensores de las luchas por los territorios, el poder que iba acumulando la familia Ortega-Murillo, el cambio de la constitución que les permitiese una nueva elección…
Hasta que un día en la primavera de 2014, los pilares de mi confianza en la evolución del régimen que se seguía reclamando sandinista se vieron profundamente “tocados”.
Estaba viajando en autobús de Guatemala a Managua para visitar a varias amigas. Al bajar del bus en la frontera Las Manos, observé que en el edificio de migración ondeaban dos grandes banderas. Una la del país; la otra, más grande, la del FSLN. No me interesan de forma particular ni las patrias ni sus simbologías, entre ellas las banderas, pero recuerdo bien que cuando vi la bandera del FSLN, sentí que las piernas (dos de mis pilares) me temblaron, el corazón se me apretó, la cabeza me comenzó a doler y en los ojos hubo lágrimas. Estas lágrimas no eran las que vertí en Julio del 85, cuando entré en el aeropuerto de Managua y vi los tanques y las banderas. Estas lágrimas eran de tristeza y decepción. Tuve una potente sensación de que algo muy, muy gordo, había cambiado. Ver esa bandera me dolía, porque era el símbolo visual, no racional, sino emocionalmente potente, de que Partido y Estado eran la misma cosa, algo de lo que ya me habían hablado pero que no quería aceptar.
Con ese dolor entré en Nicaragua, y parte de ese dolor me acompañó durante el viaje que realicé por algunas zonas del país, entre ellas la zona Atlántica, que no pude visitar en 1985. Viajé en saturados autobuses, por carreteras en pésimas condiciones, volví a preguntar, escuché a otras personas, otros relatos. Hablé con jóvenes sandinistas que alababan los triunfos de la revolución y los beneficios sociales de la misma. Hablé con ex sandinistas comprometidos con diversos movimientos sociales. Observé con atención, confirmando la profunda desigualdad que, como en tantos lugares del mundo se había instaurado: grandes y lujosos centros comerciales en Managua, fantásticos restaurantes y un barco en el lago de Managua, cochazos, casonas.
Recuerdo que en algunos momentos del viaje pensé que antes o después el malestar social estallaría y ojalá que la expresión del mismo no tuviese consecuencias terribles. Lamentablemente así ha sido: el estallido está teniendo terribles consecuencias.
Salí por la misma frontera, triste y decepcionada, porque esa Revolución “ya no era la misma, que me la habían cambiado, que ya no me representaba”. Lloré en bastantes momentos durante el viaje de regreso a Guatemala.
Quién sabe, igual estoy equivocada. Igual, en coherencia con mis principios antiimperialistas, revolucionarios e internacionalistas desde finales de los años 70, y feministas unos años después, debía adscribirme a la posición de la llamada Plataforma en Solidaridad con Nicaragua y el Frente Sandinista, en el que participan algunas personas queridas, con las que he compartido durante años pensares, sentires y compromisos. Dicha Plataforma considera que “desde el pasado 18 de abril se ha desatado una ofensiva imperialista, de acuerdo con la oligarquía nicaragüense, que supone una operación golpista y de desestabilización política de Nicaragua”.
Quién sabe, igual ellos y ellas tienen la razón, si, como dije anteriormente, yo misma lo llegué a pensar. Ahora pienso que no es así. No creo que las reivindicaciones de una parte muy importante de la población “nica” respondan a esta estrategia, sino a las “mochilas” de malestar que se han ido acumulando en las espaldas de miles de personas que han seguido creyendo en una Nicaragua más justa, más igualitaria, más digna, más vivible, más humana, más feminista, en definitiva, más REVOLUCIONARIA.
Pero, independientemente de ello, quiero concluir este texto con las siguientes palabras que me escribió en un email una querida amiga nicaragüense, residente durante muchos años en España, que siempre apoyó el sandinismo y fue dejando de entender y justificar el Orteguismo:
“Evidentemente puede haber intereses de diferentes grupos económicos/imperialistas, u otros, para derrocar al gobierno, pero eso no implica no asumir que están matando a gente inocente, que el pueblo está sufriendo una masacre de parte de la policía y los paramilitares. Y eso viene del gobierno.  Y creo que ningún gobierno puede ser legítimo si viola los derechos humanos, entre ellos la vida, como lo están haciendo ahora.  Tiene que haber otros medios para poder “sofocar” una revuelta que tenga intereses ocultos, no la masacre y la violación de todos los derechos de los ciudadanos”.
Pido desde aquí el cese de la represión, y que se instaure, tal como también lo exijo en este país, LA VERDAD, LA JUSTICIA Y LA REPARACIÓN.