Opinión · Verdad Justicia Reparación

Dos clandestinidades

Por Antonio Pérez, miembro de La Comuna.

Por un quítame allá esas pajas de intentar asesinar al Presidente del Gobierno, en Catalunya han detenido a Manuel Murillo Sánchez (MMS), aspirante a magnicida, segurata, confidente de la Guardia Civil, hijo del último alcalde franquista de Rubí, maratoniano amateur y propietario de 16 carísimas armas de fuego amén de ballestas y otras armas blancas. Como el asesino -in pectore- no es titiritero ni rapero ni okupa ni siquiera podemita, está tras las rejas pero parece ser que no ha sido encausado por terrorismo -por ahora. Corchetes y doctores tiene la Justicia por lo que sólo me pregunto, ¿qué último error ha cometido para ser detenido? Creo tener una respuesta cuasi obvia: ha ignorado olímpicamente las reglas básicas de la nueva clandestinidad, la clandestinidad cibernética.

Pese a que la Acorazada Mediática se ha precipitado a definirlo como un ‘lobo solitario’, el sujeto de marras –y armas- está más que integrado en la sociedad como lo demuestra que sea socio de varios clubs de tiro y de atletismo. Además, pertenecía a un minúsculo grupo de wasaperos constituido por media docena de idólatras de Franco. Si, haciendo de tripas corazón, creemos a la susodicha Acorazada, ha sido detenido precisamente por una filtración surgida desde dentro de ese grupo de wasap. Pero, ¿a quién se le ocurre confiar en la privacidad de las conversaciones cibernéticas?; el proto-magnicida, un alma troglodita, ¿aún no se ha enterado de que internet es democrático justamente porque no es privado, porque es involuntariamente traslúcido y, sobre todo, porque ricos y pobres son vulnerables casi por igual?

Sepa señor MMS, alma no de cántaro sino de las calderas de Pedro Botero, que Usted no tiene ni idea de la clandestinidad. Porque era impune, de la antigua nunca le hizo falta pero sí de la moderna. Más aún, incluso en tiempos pre-cibernéticos, debería haber reparado en que los Poderosos nunca han dejado rastro de sus contubernios, ni oficiales ni privados. Si se hubiera fijado en las fotos de las mesas de los Presidentes-de-lo-que-sea, habría visto que estaban –y están- desnudas. En ellas no hay papeles y los teléfonos están de adorno o para irrelevantes fruslerías. Léase, los Presidentes eran –y son- clandestinos.

Todos somos clandestinos, con motivos o por inercia. Este humilde servidor-de-dios-y-de-usté, manda wasaps y usa internet pero se libra muy mucho de anunciar en la Red sus verdaderas intenciones y movidas -imito así a los Presidentes. Estamos, por tanto, ante dos clandestinidades: la propia de los ricos y aquella que internet ha puesto al alcance de los pobres. Se semejan en que ambas quieren ser privadas e incluso secretas pero ahí termina el parecido. Muchas son las diferencias operativas entre ellas pero quizá la más notoria estriba en que las conspiraciones de los ricos tienen efectos reales –generalmente, nefastos- sobre el común de los mortales mientras que las charletas de los pobres son tormentas en vaso de agua que, pese a su liviandad, pueden terminar en grave perjuicio para sus firmantes.

Asimismo, obligados a la clandestinidad, los empobrecidos la sobrellevamos haciendo de la necesidad virtud. Sobre todo durante el tardofranquismo y la fétida Transacción, gracias a ella nos convertimos en aceptables actores y actrices, siempre cuidadosos del vestuario y del nudo de las corbatas y, en misa siempre sabedores de cuándo había que arrodillarse y cuando sentarse. Y memoriosos porque había que tener bien aprendidos varios discursos según fuera nuestro interlocutor –si facha, loas al Caudillo, si democristiano, loas al Papado-. También nos hicimos muy ordenaditos, expertos en tener seleccionadas nuestras pertenencias por si hubiera que salir de naja. Y hasta austeros porque escapar ‘con lo puesto’ exigía y exige que las pertenencias no sean muchas ni heteróclitas.

Todo ello conforma un cuadro de heroísmo si por tan rimbombante palabra entendemos demostrar voluntariamente un valor más allá de lo exigido. Dejando aparte que el franquismo y el neofranquismo siempre exigen mucho valor a los resistentes, el problema se complica cuando comprobamos que el valor siempre ha sido un bien escaso. O, dicho de otra manera, el miedo es universal y, encima, es mucho. Lo digo por propia experiencia y, basándome en ella, para completar paradójicamente el guión, recomiendo no fiarse de los héroes individuales, no porque sean ‘demasiado humanos’ sino por todo lo contrario: porque humano es aquel que piensa en los demás y son demasiados los héroes que piensan más en ellos mismos que en la tragedia de sus compañeros y del pueblo en general.

En definitiva, el miedo es la gran diferencia entre la clandestinidad de los ricos y la de los pobres. En sus contubernios, los ricos nunca pasan miedo –salvo en tiempos revolucionarios- mientras que los desheredados siempre lo padecen –incluso en plena revolución. Precisamente por esa falta de miedo no confundible con el valor, el mentado MMS se ha creído impune. No es tontuna, simplemente así lo han criado. Para reciclarse, le recomiendo recordar que la privacidad wasapera tiene dos grietas: una, enorme y externa, la intrínseca a todo lo internético; y la otra, interna y no menos intrínseca, que los judas abundan máxime si haces cómplice a cualquiera de tus planes de magnicidio.

Hay muchos MMS aunque sólo uno lleva el nombre. Por ello, este caso no es sólo individual sino ominosamente colectivo. Este es el quid de la cuestión y el resto pura bagatela mediática: MMS dice ahora que nunca tuvo intención de matar a nadie; entonces, ¿para qué 16 armas de fuego?, cual nueva diosa Kali, ¿tiene 16 brazos para defenderse? Item más, añade que, si avisó de que quería ser un héroe del franquismo y un mártir del sanchismo, fue “por la ingesta de alcohol”. ¿Un maratoniano borrachuzo? In vino veritas. Pero su declaración más inverosímil es cuando manifiesta que, con 62 años, ya es viejo para encabezar un segundo Alzamiento Nacional. Pues sepa sr. MMS, que el general Cabanellas tenía 64 años cuando encabezó el Alzamiento de 1936 y que el experimentado genocida Martínez Anido contaba 74 años cuando fue ministro en el primer gobierno franquista. Conclusión: una de dos, o MMS aprende algo de Historia española o ya no quedan fachas, golpistas y magnicidas como los de antes –afortunadamente-.