Opinion · Verdad Justicia Reparación

Desde algún lado de Nicaragua…

Por “Chamorro de los sin plata”, miembro de MAU-UNI: Movimiento por la Autonomía Universitaria – UNI

Aquí estoy, el movimiento estudiantil/civil/colectivo/el individuo, ese mismo que estuvo desde el día cero levantando murallas para proteger, el mismo que empezó a cuestionar entre otros cientos a voz abierta lo que estaba ocurriendo desde los estratos más bajos. Desde las montañas, la playa, el valle, desde el pueblo nos levantamos como uno solo; somos ese individuo que sólo aparecerá en tus fotografías de revistas como la masa que valida el discurso, pero nunca como un invitado a la mesa de debate, a tu programa de televisión o a tu entrevista.

Me intriga saber qué dicen saber aquellos politólogos sobre la situación en Nicaragua, pero más me intriga saber a quién le vas a creer ¿A tu estrella o a mí, la persona que ha vivido cada día en carne propia? Por hoy soy el movimiento estudiantil, ese que ha aparecido en los medios pero que sabe hacer más que leer poemas, comunicados o dar discursos; hoy a más de 200 días nos preguntamos qué pasa con la realidad de la insurrección cívica. Hemos visto en el largo trayecto de más de 6 meses las capacidades del desgobierno Ortega-Murillo para presentarse como un cuerpo altamente racista, clasista, misógino y elitista, que rivaliza con las aberraciones históricas del ser humano. Pero también hemos aprendido que hay un clasismo sistematizado multisectorial desde cualquier banda de aliados que hemos logrado alcanzar.

Hoy reconozco que es un privilegio el tener este espacio en una publicación, uno que no pueden tener tan fácil aquellas expresiones sociales de la Costa Caribe, aquellos movimientos populares de barrios organizados. Hemos hecho énfasis exhaustivos desde el día uno que esta lucha no puede dejar a nadie con verdaderas intenciones de querer lo mejor para su país fuera. Pero desde la inclusión del sector privado e iglesia como figuras prominentes se han visto condicionado los espacios de toma de decisión.

Por eso les digo hoy que yo sé escribir, puedo hacer cosas más allá de ser la masa humana que llena tus convocatorias, mi edad no me hace menos consciente y lo que no tengo en experiencia lo tengo en una fuerte convicción por traer verdadero cambio a este país, no tengo intereses propios de por medio, no tengo el sentimentalismo de la guerra en mí que no me permite ver, y tampoco estoy siendo manipulado por tí: cúpula selecta que no quiere ceder espacios en esta lucha.

Desde Managua, capital de Nicaragua, creemos entender todo lo que está pasando, creemos que el Pacífico es el centro de la resistencia, los bastiones históricos, las ciudades coloniales, pero en el romance de lo que está a nuestro alcance y nuestra vista olvidamos dirigir la mirada a los territorios, a la realidad del campesinado y pueblos indígenas que siempre ha sido más dura. Les recuerdo que los últimos tranques estuvieron en el barrio Sandino de Jinotega, y antes de ello en el fuerte de Lóvago en Chontales, que vio una masacre que aún hoy, a casi 220 días de la lucha, no hemos logrado contabilizar.

La pasividad de la Nicaragua de hoy no es normalidad, es una represión, un estado policial, donde ante las nuevas circunstancias, la vigilancia exhaustiva del órgano para-policial por todos los medios nos limita el respirar incluso en nuestras propias casas, la reunión en un espacio se ve altamente limitada cuando sos joven, las universidades, que han retomado su curso apenas a 40% de su matrícula, son cárceles en sí mismas: guardias en todas partes, revisiones en las entradas, personas extrañas en las aulas, y sobre todo una regla sepulcral de no hablar nada que tenga que ver con la lucha, ni con la crisis. Aún en los intentos del desgobierno de normalizar la situación, siguen secuestrando fuera de los colegios.

Los centros comerciales están militarizados, las resistencias en los mercados asediadas constantemente por fuerzas policiales y extraños, los medios de comunicación que aún permanecen independientes, sitiados, las cámaras ahora en cada semáforo, en cada rótulo, las orejas en los barrios más viciosas que antes, y en las rotondas los trabajadores de instituciones públicas jugándose su dignidad por conservar su trabajo.

En el otro espectro, el externo al territorio militarizado, las caravanas de migrantes continúan, unas televisadas pero la gran mayoría en silencio. En medio de la noche alguien cruza la montaña sin papeles, huyendo de la cacería indiscriminada del estado; en medio de la selva guatemalteca otro grupo acampa mientras que sus homólogos en México buscan entre los migrantes a sus hermanos de patria para sentirse menos solos en el exilio. Incluso cuando los Estados siguen lavándose las manos en el discurso no injerencista, los migrantes van a seguir llegando, las embajadas y Estados seguirán llenándose, las solicitudes de asilo, los refugios. Podría seguir numerando las desgracias que el régimen Ortega-Murillo y la crueldad disfrazada de diplomacia del resto del mundo ha traído a cada uno de nosotros en cada nivel, incluso las aflicciones a las diásporas desde sus países, pero aún así no podría darle al lector un entendimiento de las motivaciones y fortalezas del nicaragüense, el por qué aún seguimos existiendo para resistir.

En el ojo de lo que se ha convertido la crisis hoy nos preguntamos qué hemos aprendido y qué seguimos repitiendo: primero que todo no hemos logrado, aún con el nivel de consciencia que hay sobre quiénes son los culpables, eliminar de nosotros la idolatría al héroe y sobre todo al mártir, seguimos siendo la “prole”, solo fichas que deben de llevarse la bandera al pecho y recibir la bala, mientras el alto intelectual, “el líder”, desde su sexto, décimo piso, se limpia con kleenex las lágrimas por nuestra partida. Seguimos agotando emocionalmente todos esos pequeños símbolos y gestos, pero perdemos en ello no solo el tiempo, sino una seria reflexión de cómo seguimos romantizando la desgracia, nuestra desgracia.

A como hemos perdido, también ganamos: hemos reivindicado el sentido del activismo social, de no quedarnos callados ante la impunidad, de esperar migajas de quienes les hemos ofrecido todo en cuerpo y alma; hemos aprendido entre todo que la patria se lucha viviendo. A preguntarnos las cuestiones más duras y afrontar con ambos pies las consecuencias, hemos aprendido que el que dice ser enemigo de nuestro enemigo no es nuestro amigo, y que nos habían reducido a echarnos en cara el mínimo de exigencia, cuando es nuestro derecho justo y necesario decidir la forma en que se define nuestro futuro, no el de un grupo de personas que no conoce en lo que se ha convertido Nicaragua.

Hemos aprendido al fin la importancia de conectarnos entre nosotros mismos, entre cada sector y entre el territorio, en la existencia palpable del descontento y la impunidad, en la verdadera necesidad de organizarnos todos, que puedo decir con sinceridad no hemos logrado todavía, pero que sí hay pasos claros y concisos entre nosotros mismos. Que existe la resistencia y la voluntad en cada uno más allá de lo que la prensa sensacionalista y el desgobierno pueda decir. Más de 600 presos políticos de los cuales muchísimos son nuestros amigos, al menos 500 nicaragüenses asesinados en estos 6 meses y los más de 50,000 que han tenido que emigrar y exiliarse en el extranjero, algunos de ellos que quizás puedan leerme sobre otros que no tienen tanta suerte.

En palabras finales puedo decir: ni perdón ni olvido no significa resentimiento, significa que no vamos a parar hasta llevar a la justicia todas las impunidades, que no puede haber sanación ni concilio si no hay verdad. Y desde algún lugar de Nicaragua esperamos que esta verdad, la nuestra, la de todos, sea suficiente para llegarle a esos que se quedaron cegados en el romanticismo de una revolución en nombre de la cual no están matando poco a poco al día de hoy.