Opinión · Verdad Justicia Reparación

El Silencio de Otros. Los Premios Goya y la felicidad.

Por Horacio Sáinz Ollero, miembro de La Comuna.

Ocurrió en Sevilla. Madrugada del domingo 3 de febrero del año 2019.

La mañana estaba soleada cuando llegamos a la ciudad, doce horas antes del feliz suceso. Durante la mañana del sábado 2, tras el viaje en AVE desde Madrid, paseamos por sus calles, charlamos de forma distendida entre nosotros y procuramos no mirar nuestros relojes cada dos minutos.
Poco a poco fuimos comprendiendo que algo mágico estaba sucediendo a nuestro alrededor.
Sentíamos la responsabilidad pesar sobre nuestros hombros, aplastarnos contra el suelo. Los esfuerzos, la dedicación de muchas personas de bien durante años, pasaría un riguroso examen en muy pocas horas.
Por la tarde, según corrían las horas hacia el anochecer, tuvimos claro que nuestras espaldas estaban soportando más peso, más carga de la ordinaria. Supongo que algunos lo achacamos a la vejez, que se manifiesta en los momentos más inesperados, otros quizás a los nervios del debutante.

Y llegó la noche.

Y nos trasladamos al local y vimos, sorprendidos, que algunos ciudadanos nos hacían fotos con sus móviles y sonreímos porque alguien pudiera pensar que nosotros éramos artistas o eso que llamamos “famosos”.
Una vez dentro, nos sentamos en las butacas de la sala y asistimos al comienzo de la sesión de entrega de premios a los profesionales del Cine. Dicen los entendidos que fue más amena que otras anteriores; pero a nosotros, que sólo teníamos los ojos puestos en nuestra película, se nos hizo muy larga.
Y, además, el peso sobre nuestra espalda aumentaba por momentos.
Cuando ya nos resultaba imposible permanecer sentados, paseábamos intentando contener los nervios, hablábamos sin saber de qué, mirábamos el espectáculo que otros representaban en el escenario.

Al fin, llegó el momento.

Eran cuatro los seleccionados en la categoría de largometraje documental. Cuando la pareja de presentadores gritó: “Ganador, ¡¡El Silencio de otros!!”, desbocados y felices, como conejos tomando el sol delante de la madriguera, corrimos para sumarnos en el escenario a la fiesta, igual que en otros puntos de España y Europa hicieron muchos amigos que se sienten muy bien representados por la historia que la película narra de forma magistral.

Pero a cada paso que dábamos hacia el escenario, el peso aumentaba sobre nuestra espalda. Junto a nosotros, tan desbocados y no menos cansados, corriendo para alcanzar la meta, empecé a sentir la presencia de miles de mujeres de todas las edades y procedencias. Y también de niñas y niños que me adelantaban por todos lados y parecían reírse de mi lentitud; hombres jóvenes y hombres maduros que se abrazaban entre ellos al tiempo que me palmeaban la espalda, me sonreían alegres y me dejaban atrás.
Y seguimos corriendo y, no sé cómo, pero llegamos a la Meta y nos abrazamos unos a otros.

Y luego ya todo fue Fiesta y Alegría.

Almudena Carracedo y Robert Bahar, los directores, los creadores de un proyecto en el que creyeron antes que nadie, por el que arriesgaron mucho y que han sido capaces de llevar a buen puerto, sorteando temporales y galernas, navegando con inteligencia, tesón y paciencia, recibían el Premio con un discurso bello, pero, sobre todo, sentido y lleno de reconocimiento a los miles y miles de protagonistas anónimos que, por fin, encuentran el que desde siempre merecen.
Pero nosotros, todos los que estuvimos en la gala de los Goya, no podemos ni queremos conformarnos con un reconocimiento, una placa conmemorativa en una fachada o la satisfacción de haber tenido un Goya durante unos minutos en la mano.
Desde la Coordinadora de Apoyo a la Querella Argentina (CEAQUA) trabajamos para que se establezca una política de Estado que garantice la investigación de todo lo sucedido durante la guerra civil, la dictadura y la transición, tal como exige una y otra vez el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Y que desde el mismo Estado se aborde con seriedad el público reconocimiento de las víctimas y la reparación del daño causado.

Pero, sobre todo, exigimos que después de esas investigaciones, los autores de delitos contra la humanidad, cometidos durante el franquismo que, por su propia naturaleza ni prescriben ni pueden ser amnistiados, sean llevados ante los tribunales para juzgarles con todas las garantías que establece el Derecho Internacional sobre los Derechos Humanos y los principios de Justicia Universal. Porque hoy, cuarenta y tres años después de la muerte del dictador, no hay ninguna razón política, jurídica o ética que justifique la impunidad de aquellos crímenes.

Y cuando todo eso ocurra –y estaremos vigilantes y empujando el “carro” para que sea más pronto que tarde– volveré a ser feliz, tanto al menos como lo fuimos por unas horas en la gala de los Goya en Sevilla. Y al fin podré sentarme relajado y contento, como hacen los conejos tomando el sol a la puerta de sus madrigueras.