Opinión · Verdad Justicia Reparación

EMIGDIO PÉREZ DÍAZ, lo que creo saber de su vida

Por Norma Pérez Huerta, arquitecta, hija de Emigdio.

Emigdio nació el 12 de agosto de 1919 en Hervás, provincia de Cáceres. Fue el sexto hijo de Antonia y Heliodoro. Ese mismo año su padre, carpintero y antes escribiente de juzgado, se convirtió en el primer concejal socialista del Ayuntamiento de Hervás.

Hacia 1925, la crisis económica llevó a la familia a Madrid, instalándose a vivir en el Paseo de Marqués de Zafra. Siendo adolescente, conoció las calles de la ciudad repartiendo telegramas para la empresa Transradio Española que tenía sus oficinas bajo la cúpula del edificio de la Unión y el Fénix, donde confluyen la calle Alcalá y la Gran Vía, y donde también trabajaba su padre. Como carpinteros, su padre y algunos de sus hermanos trabajaron en los estudios de cine CEA, haciendo los decorados de películas como La Verbena de la Paloma o Morena Clara.

En 1936 ingresa en las Juventudes Socialistas Unificadas. Con el estallido de la sublevación fascista participó en el asalto al cuartel de la Montaña y en las primeras acciones de la defensa de Madrid en la Sierra de Guadarrama. En noviembre de 1937, cumplidos los 18 años, se alistó voluntariamente en el ejército republicano. La guerra lo lleva al frente de Aragón y a Cataluña con la 68º Brigada Mixta.

En agosto de 1938, en el valle del río Segre (Lérida), verá morir de un disparo en la cabeza a Licinio, su hermano más cercano, al que antes siguió en sus estudios de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, y que era comisario político del batallón.

El 14 de febrero de 1939 cruza el Pirineo hacia Francia, por los altos de Camprodón, y recala en el campo de concentración de Barcarès-sur-Mer, improvisado en plena playa. Allí estuvo recluido cinco meses. Emigdio relataba cómo, a pesar de las penosas condiciones de frío, viento y hambre, inició con un reducido grupo ejercicios gimnásticos, siguiendo la consigna de elevar la moral y recuperar la dignidad abatida. Aunque los tomaron por locos, aquello funcionó y poco a poco fue creciendo el grupo de los famélicos gimnastas.

Retazos de algunas melodías dedicadas a los que custodiaban el campo (“¡Allez!, ¡allez! ¡reculez!…”, “Negros senegaleses, negros como el carbón…”) revelan que, aún en las penosas condiciones del campo, había espacio para el humor y las canciones. Otros recuerdos más escatológicos se referían a los días en que se recogían los residuos de los retretes para volcarlos en camiones, obligando a los que les tocaba tal maniobra a correr a bañarse al mar, sobreponiéndose al frío y al viento del invierno. Para ellos ese día tocaba “caca puta”.
Aquellos retretes en batería, construidos en madera, fueron perdiendo las paredes laterales para construir camastros que les aislaran de la arena.

Estas y otras historias de supervivencia quedaron en la memoria de su vida en Barcarès. Según sus propias palabras:
Un día me llamaron junto a un grupo de más de doscientas personas y nos ordenaron que nos quedáramos en unas barracas provisionales que había en un lugar del campo, donde tenían a los refugiados que iban a salir con otro destino. Teníamos miedo. No sabíamos que iban a hacer con nosotros. Pensábamos que quizá nos devolvieran a España”.
Ante la inminencia de la guerra mundial, pronto entendió que era necesario salir de Francia hacia cualquier país que les brindara asilo.
Nosotros teníamos razones ideológicas. Habíamos llegado hasta Francia porque fuimos derrotados en España. Pero no queríamos perder nuestra condición de combatientes y de luchadores antifascistas. Antes que nada, nuestro anhelo era permanecer en Francia, cerca de España, pero en libertad. Ello no era posible. Y como nos negábamos al enrolamiento en la Legión y en las compañías de trabajo, solo teníamos ante nosotros la perspectiva de buscar algún país que nos brindara asilo para continuar nuestra lucha…”
Un día a finales de julio, aislados en las barracas especiales del campo de concentración de Barcarès, nos dijeron que iríamos a Chile”.

Hasta entonces, Emigdio solo conocía de Chile los carteles que anunciaban el Nitrato de Chile, ilustrado con un campesino a caballo, imagen hasta hace poco visible en los muros de antiguas casas de peones camineros. Sabía que era un país remoto de América del Sur, donde posiblemente hablaban español.
Pablo Neruda fue designado cónsul especial para la evacuación de los refugiados, y el encargado de organizar la evacuación y asilo en Chile de los refugiados españoles.
Finalmente, se organiza el traslado de los refugiados en camiones hasta Perpiñán, y desde allí en tren hasta el puerto de Trompeloup, próximo a Burdeos. Allí había instalado Pablo Neruda su oficina, y allí estaba el Winnipeg, un viejo barco de carga que finalmente zarparía rumbo a Chile el 5 de agosto de 1939 con 2.200 refugiados.
Durante la travesía en el Winnipeg tuvieron conocimiento del inicio de la segunda guerra mundial.

La llegada a Valparaíso en septiembre de 1939 les sorprendió por el multitudinario recibimiento. Ellos, que habían perdido la guerra, eran recibidos como auténticos héroes. Todo el trayecto en tren y la llegada a la estación Mapocho en Santiago fue una sucesión de manifestaciones de admiración y cariño.

La muchedumbre nos abrazaba, lloraba con nosotros, nos vitoreaban. Era gente que había seguido día a día nuestra guerra, que había sufrido con nosotros, como si hubiera estado en el campo de batalla, que había perdido la guerra junto con nosotros. Había allí una identificación profunda de ideales y pensamientos. No llegamos a un país extraño. A tantos kilómetros de España, nos encontrábamos en un pueblo amigo y hermano. Cantaban nuestras canciones, las mismas que habíamos creado durante la guerra civil. Todos las sabían y compartían con nosotros nuestra angustia por permanecer lejos de España, y querían que nos quedáramos, pero al mismo tiempo querían que nos recuperáramos de la derrota y pudiéramos volver a nuestra patria”.

En Chile, fijó su residencia en Santiago, al principio internado en el hospital Barros Luco donde le curaron el paludismo contraído en el frente del Segre. Allí desempeñó distintos oficios: en una heladería, en una panadería, en ferrocarriles, representante de pimientos…
También en Santiago conocerá a Helia, chilena, con la que se casó en 1941. Su primera hija, Lita, nació en 1942. Partió ese año a Buenos Aires con la intención de volver a España, en un momento en que el Partido Comunista de España (PCE) sostenía aún, a través de la guerrilla, el vano intento de prolongar la resistencia con la esperanza de una liberación que nunca llegaría.

Se quedó en puertas. La caída sucesiva de los que retornaban y las perspectivas de un largo proceso para recuperar las libertades, determina su permanencia en Buenos Aires, donde continuó su trabajo como responsable del PCE en Argentina. En 1944 se reunió en Buenos Aires con su esposa e hija.

En 1950 nace su segunda hija, Norma. Continúa su actividad política en el movimiento de solidaridad con el pueblo español, y por la amnistía de presos y exiliados políticos de España y Portugal. Este movimiento tuvo sus momentos más significativos en la organización de las conferencias de solidaridad de 1960 y 1961 realizadas en Sao Paulo y Montevideo.

Y también la acogida de Marcos Ana en 1963, tras su liberación, creándose con ese motivo un comité de bienvenida con la participación de un amplio espectro político, la celebración de múltiples actos públicos, y la edición de sus poemas escritos en la cárcel.
En 1959 consiguió la inscripción en el Consulado como ciudadano español. En 1965 visitó por primera vez España y recupera el contacto con los supervivientes de su familia, tras la muerte de sus hermanos Alfredo y Federico, este último fusilado en 1940 junto a las tapias del Cementerio del Este en Madrid, y la muerte de sus padres, que no supieron su destino al otro lado del mundo.

En 1967 volvió definitivamente a España y continuó su trabajo político en el PCE. Con la llegada de los exiliados políticos de Uruguay, Chile y Argentina, se dedicó a los trabajos de solidaridad. Tras la muerte de Franco y el retorno de Marcos Ana a España, se organizó la Conferencia de Solidaridad con Chile, participó en CEAR, en la Asociación de Amigos del Sáhara, en la Asociación Rubén Darío, en la acogida de los primeros 100 niños saharauis, y los 100 niños nicaragüenses.

En 1995 muere su hija Lita en Buenos Aires, quedando allí sus nietos Marcelo y Pablo. Emigdio fallece el 10 de enero de 2000 en su casa de Arganda del Rey, dejando a su mujer y su hija ancladas en España y con el corazón entre dos continentes.

(Los entrecomillados corresponden a una entrevista realizada en Madrid a Emigdio por Leonardo Cáceres y recogida en el nº6 de la revista Araucaria de Chile, 1979.)