Opinion · Verdad Justicia Reparación

La Naturaleza, oh lalá!

Por Antonio Pérez, miembro de La Comuna.

Llegó el verano boreal. Las tribus urbanitas salen de sus conejeras buscando el aire no contaminado, el agua no-tan-libre y, tachán tachán, ¡la Naturaleza!. Para estas sufridas tribus, la Naturaleza es sinónimo de libertad, una anomalía contagiosa que las lleva cometer errores, más por falta de costumbre que por ignorancia. Para evitarlos en lo posible, quizá sea oportuno avisar de algunos peligros en el trato con una entidad con la que no hay diálogo posible –mal que le pese a la actual hegemonía del romanticismo ecolátrico. Porque se puede hablar con ese invento humano que llaman “Dios” –lo hace la mitad de la Humanidad- pero no con los entes naturales, reinos que no hemos creado y que, encima, sospechamos que son ellos los que nos han inventado. Conclusión: lo sobrenatural es fácil; lo natural, imposible.

Gracias a que esta constatación ha conseguido entrar clandestinamente en el imaginario colectivo, hoy entendemos que lo mejor que podemos hacer con la Naturaleza es hacerla lo menos posible; es decir, que renunciamos al romanticismo. Es un buen punto de partida al que, sin embargo, conviene reforzar con algunos avisos a navegantes:
Comencemos por el tema de moda que, además, es el más universal: el Cambio Climático (CC) En realidad, el CC es un término paraguas (umbrella) que acoge a muchos otros. Si entre éstos incluimos los datos paleo-climáticos, colegiremos que el actual no es el primer CC que experimenta la Tierra. Le han precedido desde la extinción del Pérmico hasta las arcaicas super-glaciaciones de la Tierra-Bola-de-Nieve. Pero ahora presenciamos un CC que actúa sobre la Naturaleza y, modernas glaciaciones incluidas… por primera vez sobre el Hombre. Ahora no podemos echarle la culpa a los dioses puesto que este calentamiento es antropogénico -lo cual ha reavivado el catastrofismo, persistente en Europa desde hace milenios. Por otra parte, el peligro extremo existe pero ello no justifica que se acuse al CC de fenómenos menores constituidos por un larguísimo encadenamiento de causas. No quememos etapas: el aleteo calentorro de una mariposa en Beluchistán no provoca que mi abuela no encuentre su alfiletero.

Esto nos lleva a considerar otro tema estrella: la mengua en biodiversidad causada por la extinción de especies, desde el funesto caso de la gran ave dodo hasta el último del que tenemos noticias frescas -el postrer macho de rinoceronte de Sumatra. Lastimoso que la avaricia colonialista exterminara al dodo y al rinomacho pero, esa misma avaricia, ahora está creando nuevas especies –demos parte de las gracias a la nanotecnología. Y calificamos de avariciosa esta explosión genesíaca porque crece sin preocuparse demasiado por las consecuencias que acarrea inventar formas biológicas pero, sobre todo, porque esas nuevas especies (quimeras y/o hibridaciones de corto alcance) suelen ser fantasías economicistas de las empresas patrocinadoras.

Es decir, exterminamos vidas antiguas y, para mayor imprudencia, inventamos vidas modernas cuyo encaje en cualquier nicho biológico nos resulta desconocido –o, por lo menos, dudoso. Podemos especular que este atrevimiento creador nos aqueja porque creemos (todavía) que la Naturaleza es “como” humana y, para tranquilizar nuestra conciencia, suponemos que entre humanos y humanoides no nos pisamos la manguera –las innumerables evidencias en contrario, si eso ya tal. Así surge uno de los peligros más corrientes: humanizar la Naturaleza. Con el insufrible Disney a la cabeza, nos empeñamos en ver rasgos humanos en lo natural. Un reciente caso difundido en los media: “un perezoso sonríe y saluda al hombre que lo salvó de ser atropellado”: ¿por qué tendrían los animales que sonreír y saludar a sus benefactores? ¿por qué creemos que sus rictus significan sonrisa y despedida? ¿acaso la sonrisa y el adiós son iguales entre todos los humanos? Más a más, los perezosos (Folivora o Phyllophaga) tienen arrugas faciales de sonrisa perpetua pero no ‘saludan’ nunca porque no gastan energía en congraciarse con los Sapiens. Lo más curioso de esta humanización es que manifiesta nuestra dependencia de las ‘primitivas’ formas de expresión, aquellas según las cuales en el Origen todo era humano, desde los vientos hasta las culebras. Pueden llamarlo con un término en desuso antropológico -totemismo – o pueden decir que seguimos anclados en el “pensamiento mágico”, antes exclusivo de nuestros antecesores.

Otro peligro más superficial estriba en que solemos confundirnos en datos tan simples como el sexo de los animales –el de las plantas, lo ignoramos salvo para la Cannabis-. Por ello, aviso: si el urbanita se pierde en la selva, debe saber que hay muchos mamíferos en los que pene y clítoris son difícilmente distinguibles a simple vista. Si viaja a la Latinoamérica, lo observará en los ubicuos monos capuchinos y, si va al África, en las hienas.
Asimismo, otro prejuicio propio de los urbanitas es que los animales machos protagonizan los rituales del cortejo nupcial. No siempre. Olvidándonos de los organismos hermafroditas, hay multitud de casos en los que la iniciativa es femenina. Nos lo demuestra no sólo la abeja reina sino, por citar sólo un par de ejemplos, también el pavoneo de las lémures o el de las pandas gigantes.

Tampoco olvidemos que ‘dialogar con la Naturaleza’ suele significar comprarla o venderla. Mercantilizamos la Naturaleza para transmutarla en campo productivo, a veces como Espacio Protegido para beneficio del turismo y, las más de las veces, como plantación monoespecífica, sea de pinos, cereales o salmones. No estamos ante un fenómeno inédito puesto que -sin olvidar los tulipanes especuladores de otros siglos-, desde las plumas de avestruz hasta el cuerno del rinoceronte, las bestias ya fueron cosificadas in illo tempore –“del cerdo se aprovechan hasta sus andares”.

Finalmente, si no queremos propiciar la mercantilización de la Naturaleza, debemos comenzar por nuestro organismo más próximo: el vientre de la mujer. La mujer no es otro animal, no es sirena salmónida ni avestruz con brazos. Trapichear con su útero como hacen los propagandistas de los vientres de alquiler -gestación subrogada- es un delito y, además, en el menos criminal de los casos, es exagerar hasta el insulto la humanización de la Naturaleza –para ser más exactos, la deshumanización.