Opinion · Verdad Justicia Reparación

Nostalgia del Absoluto

Por Mario Martínez Zauner miembro de La Comuna y autor de «Presos contra Franco».

Si algo caracteriza la historia occidental contemporánea, en paralelo con su desarrollo material y técnico, es su repudio por la metafísica. Asociada con la religión, o con una vaguedad propia de la imaginación ilusoria, la metafísica se guardó en el cajón de los sueños rotos para permitir el despliegue completo y triunfal de la razón pura.

Uno de los pensadores que mejor expresó el rechazo a la metafísica, y la apuesta por la materialidad, fue Karl Marx, en su llamado a no confundir “la lógica de las cosas con las cosas de la lógica”. Marx construyó su materialismo histórico en clara confrontación con Hegel, que había formulado un sistema dialéctico basado en la negación para explicar el triunfo del Espíritu Absoluto y de la lógica sobre la historia y la naturaleza.

A pesar de que Marx heredó características del método dialéctico, fueron sus seguidores quienes recogieron los peores vicios del hegelianismo, defendiendo la inevitabilidad histórica del comunismo como un proceso determinista: tras el feudalismo, el capitalismo; y tras éste, el comunismo. Negación de la negación. Y no fue esta la única malinterpretación que hicieron del pensamiento marxiano, sino que además defenderían que la infraestructura determina la superestructura, y que las condiciones materiales de existencia son decisivas en la formación de una ideología.

De ahí que Gramsci, entre otros, sostuviera el concepto de hegemonía como aquel que explicaría cómo la ideología de una clase social es capaz de imponerse a otras, y de conformar los deseos y creencias de la mayoría de la población. Este concepto engarza bien con el de alienación, puesto que la clase obrera viviría engañada por una ilusión ideológica de la que una vez lograra despertar, podría desprenderse para llevar a cabo la revolución.

Toda esta estructura lógica ha sido muy predominante en gran parte de la izquierda durante el siglo XX, y podría resumirse en una nostalgia del Absoluto, es decir, de un sistema, de una formulación, de un método definitivos para la comprensión y transformación de la realidad. Una metafísica que ha guiado notables proyectos de subversión del capitalismo, de lucha contra el fascismo, o directamente de construcción de la emancipación social.

Durante el siglo XX será el marxismo-leninismo quien mejor encarne esta nueva formulación del Absoluto, que encuentra en el Partido el agente superior de realización de un destino inevitable. Si la clase obrera era el en-sí de la Revolución, el Partido sería su para-sí. Y una y otra vez todo el potencial crítico del marxismo se verá ahogado por esta dialéctica de la representación, que absorbe todos sus potenciales emancipatorios en un aparato de captura autoritario y burocrático.

Cabría preguntarse cuánto de todo este absurdo metafísico, que acaba condicionando las prácticas políticas concretas, ha tenido un impacto en la tradicional desunión de la izquierda. Durante el siglo XX los distintos partidos comunistas entraron en enconadas polémicas sobre el sentido de la clase, de la revolución, de la lucha social y la estrategia para la victoria sobre el fascismo y el capitalismo. Así, por ejemplo en la España de los años sesenta y setenta, encontramos una miríada de formaciones comunistas (el PCE, el PCE (m-l), la LCR, el PCI, el PTE, la ORT, el MCE, etc.), que más allá de la unidad de lucha que sostienen frente a la dictadura de Franco, se sumergen con demasiada facilidad en disputas ideológicas que terminan en escisiones, acusaciones de traición, de reformismo, de revisionismo…

Cada una de estas formaciones, cuya existencia de todas formas fue fundamental para derribar a la dictadura, creía representar el verdadero sentido del Absoluto revolucionario y emancipador. Y en ese sentido, su funcionamiento era parecido al de pequeñas iglesias, o corrientes exégetas de los textos de Marx, Lenin y Trotski que fácilmente terminaban en posturas sectarias. La metafísica, en este sentido, le hizo un flaco favor a la unidad de las izquierdas durante el final del franquismo, y finalmente, un partido mucho más pragmático, moderado y liberal como el PSOE se hizo con la victoria electoral en España, dejando con ello en segundo plano muchos de los potenciales emancipatorias de interés que albergaban todas aquellas otras formaciones a su izquierda.

Por si no fuera suficiente, además de la perversión metafísica implícita en las formaciones herederas del marxismo, las expresiones históricas concretas de su proyecto social, tanto en la URSS como en China, resultarían un auténtico desastre, lo cual dejó sin referentes a la izquierda socialista, más allá de la pequeña Cuba, o la polémica Venezuela actual. Con todo ello, el horizonte de la izquierda, a excepción de una socialdemocracia venida a menos, y de potentes pero ocasionales movimientos sociales, se vio notablemente oscurecido.

Quizá cabe destacar el proyecto populista como el último intento de retomar la iniciativa, por medio de la “construcción de pueblo” a través de la conquista de la hegemonía por el uso estratégico de “significantes” clave. Pero, ¿acaso no deja de funcionar aquí una cierta metafísica, la del pueblo, y cierta dialéctica de la representación mediante significantes hegemónicos? Es como si la izquierda no lograra desprenderse de sus viejos vicios y sus viejas disputas. Y ya solo parece encontrar unidad y reconciliación en la mirada hacia el pasado, en la recuperación de una memoria cargada de dignidad y resistencia, y de violencia infligida por el enemigo. Gente muy valiosa, que soñó con la emancipación y la justicia social, ha de dedicar gran parte de su tiempo a restañar las heridas provocadas por una dictadura cruel y por una transición incompleta.

En cierta forma, aquella pobre metafísica, aquella nostalgia del Absoluto comunista, ha sido sustituida por una legítima lucha por el reconocimiento y la reparación de la memoria del antifascismo. Pero entre medias, las potencias de la emancipación, la unidad en la diversidad de los proyectos de izquierda, de justicia social, de igualdad y libertad, han quedado algo desdibujadas. Tanto Marx como la memoria pueden darnos buenas ideas, pero todavía no hemos sabido articularlas en un proyecto común y movilizador.