Opinion · Verdad Justicia Reparación

La ópera de los sofismas sexuales

Por Antonio Pérez, miembro de La Comuna.

El exquisito mundo de la ópera está conmocionado por la denuncia por agresión sexual que nueve de sus artistas femeninas han alzado contra el Dios de tan elitesca empresa, el hasta ahora inmarcesible tenor Plácido Domingo (78 años).

Hoy no vamos a transgredir la norma de la presunción de inocencia. Sólo avisaremos sobre lo poco que se menciona otra presunción jurídica no menos plausible: la presunción de veracidad de las denunciantes. Sabemos que ambas presunciones son menospreciadas por los medios pero quizá convenga subrayar con letras grandes lo extremadamente doloroso que es para una mujer denunciar que fue violada, así fuera in illo tempore. En el caso Domingo, la clave de esta demora en la denuncia instantánea radica en que a ese dolor se sumaba el peligro cierto de que, negarse al acoso podía significar el fin de su carrera artística. Por la sencilla razón de que las vivimos, los españoles comprendemos muy bien estos retrasos en las acusaciones –aunque hayan pasado décadas, a diario presentamos querellas contra los crímenes del franquismo y del neofranquismo.

Por lo demás, nadie debería sorprenderse de las agresiones sexuales que se perpetran dentro del mundo operístico. En el año 2015, Alan Gordon presentó un informe sobre los abusos que sufrían las artistas del ramo; huelga añadir que esa información contrastada no evitó que, recientemente, personalidades de ese entorno como D.Daniels y S.Lord, siguieran agrediendo a sus colegas hembras. La misoginia campea por doquier y su impunidad está garantizada precisamente por la élite de sus estrellas mediáticas quienes, pese a sus delitos probados o sin probar, forman el consejo de administración de una empresa multimillonaria donde sus consejeros no atacan a sus consiglieri. Dicho sea en general, el arte comercializado –sea éste valioso o mediocre en términos estéticos-, es un mundo competitivo hasta la crueldad y, dentro de esa barbarie, el planeta operístico se ha distinguido por no ocultar sus desmanes sino, al revés, por vanagloriarse de las cumbres de su sadismo. Por ejemplo, recordemos que los cantantes castrati -Farinelli fue el más famoso de estos eunucos-, subsistieron hasta principios del siglo XX… y quién sabe si la industria operística no los sigue produciendo.

En cualquier caso, no es sorprendente que se destrone a un ídolo –para eso están-, pero sí nos ha petrificado la reacción del dios Domingo pues, para autoperdonarse, ha recurrido a uno de los sofismas más consuetudinarios de la peor historia española: reconocer “que los baremos por los que hoy nos medimos, y debemos medirnos, son muy distintos de cómo eran en el pasado». Es exactamente la misma falacia que se usa para perdonar (¿) los crímenes de la invasión contra las Yndias, un dislate denunciado por escrito por Las Casas y contra el que, asimismo, se yergue una pléyade de conquistadores aindiados que comienza con Gonzalo Guerrero –muerto en defensa de los Mayas- y que, a pesar de la censura y de la hostilidad oficial, se mantiene en la actualidad a través del indigenismo.

Dicho en breve: la moral de hace cinco siglos es la misma que la actual; ¿acaso en aquellos tiempos no amábamos al prójimo como a nosotros mismos?, ¿o es que la cristiandad cambia de ética como de sotana? Por ello, lo que nos asusta de la argucia dominguista es la correosa pervivencia de la susodicha moral acomodaticia… y que el gabinete de imagen del Gran Tenor haya olvidado que los delitos que se le imputan a don Plácido no pueden juzgarse según la vesania del Invasor, aunque solo sea porque fueron (supuestamente) perpetrados no hace quinientos años sino menos de cincuenta. ¿Don Plácido padece una mentalidad anacrónica o sólo la sufre su equipo? Ni lo sabemos ni nos interesa pero sospechamos que su adicción futbolera podría ilustrarnos al respecto.

Otrosí, nos preocupa que artistas universales como don Plácido utilicen urbe et orbi el argumento de que los crímenes del pasado deben juzgarse con los criterios de la época en la que fueron cometidos. Más que preocuparnos, nos alarma que tan grosera justificación pueda aplicarse contra el movimiento memorialista español para sustentar la ignominiosa conclusión de que los crímenes del franquismo deben evaluarse según la moral de 1936/1978 –que, efectivamente, fue la moral asesina de la millonaria mafia nacional-católica.

¿Estamos exagerando? Ojalá. Pero, por desgracia, es lo que, sin pensar pensando, creen las antiguas y las modernas derechas de este país. Todavía no se atreven a verbalizarlo públicamente pero ya ha comenzado la campaña de intoxicación mediática –y no nos referimos exclusivamente a los exabruptos de Vox. A nuestro juicio, estamos en la primera fase de la Operación Ética todo a Cien; ésta consiste en plagiar la terminología de la izquierda e incluso partes de su discurso con el objetivo de que dejen de tener sentido palabras clave como libertad, democracia o fascismo, etc. Hoy, los neofranquistas utilizan estos veteranos términos con el más fútil pretexto; basta con refutar el más mínimo de sus dogmas para que el refutador sea automáticamente insultado como fascista, machista, etc. Dentro de pocos años, quien estudie los panfletos del neofranquismo español –todos ellos, variantes del neofascismo-, tendrá difícil clasificarlos como de derechas o de izquierdas.

Y dentro de otros pocos años, en la segunda fase de esa canallesca Operación, los plumillas paniaguados reverdecerán las estadísticas del franquismo y nos querrán convencer de que fueron los rojos y los separatistas quienes se sublevaron contra la democracia, quienes fusilaron a más españoles, quienes saquearon la Patria… y un grotesco etcétera que les ahorro. Por ahora, sólo han sacado en procesión a don Pelayo, Blas de Lezo y Millán Astray pero todo se andará. Cuando escribidoras como Roca Barea vean agostada la veta de los Santiagos Matamoros y Mataindios, encontrarán otro filón en el franquismo. Y entonces oiremos en saetas, y nos tememos que en arias, que el genocidio franquista que comenzó en 1936 es otra de las insidias de la Leyenda Negra antiespañola.