Opinion · Verdad Justicia Reparación

La lucha de las mujeres durante el franquismo

Por Rosa García, miembro de La Comuna.

Tras el golpe militar fascista de Franco, las mujeres republicanas sufrieron una represión feroz, selectiva y organizada. Fueron encarceladas, torturadas, violadas, humilladas, rapadas, fusiladas o asesinadas a garrote vil o a golpes, enterradas en fosas comunes, en cunetas, en descampados, ocultadas a sus familiares, despojadas de todo lo suyo –incluso de sus propios hijos–, anuladas. Esta represión extrema tenía como objetivo, primero, erradicar las ideas de igualdad y liberación que apenas habían empezado a aparecer en la II República pero que habían adquirido un papel muy importante en la lucha contra el fascismo. Segundo, como venganza y chantaje contra los hombres de su familia que defendían la legalidad republicana. Tercero, como piezas del botín de guerra del bando franquista.

En los últimos años se ha ido abriendo paso el conocimiento de esta represión de género que había sido olvidada y minusvalorada (más incluso que la de los hombres) y se van conociendo muchas de las atrocidades que cometieron el ejército golpista, los matones de Falange y requetés, la guardia civil y los mercenarios moros de Franco contra la población civil y, en particular, contra las mujeres. Algunos ejemplos de esta represión fueron las 13 rosas de Madrid, las de Grazalema, las de Zufre, Navarra, Palencia (Catalina, la del sonajero de Martín), las guerrilleras del maquis, …

El régimen franquista aplicó para las mujeres la máxima nazi de las tres “K”: Kinder, Küche und Kirche (niños, cocina e Iglesia) y concedió a la Sección Femenina de la Falange el control de la educación y del entretenimiento de las niñas y las jóvenes. La iglesia tenía en Acción Católica otro de los mecanismos de dominio sobre la población femenina y en el Patronato de Protección de la Mujer, un organismo que ha pasado casi desapercibido y que funcionaba como auténtico correccional, un poder sobre las jóvenes “caídas”, que eran todas aquéllas que no se adaptaran a lo establecido por el nacionalcatolicismo.

Las condiciones de vida de la población durante la larga postguerra fueron espantosas: sueldos de miseria, hambre, carestía, falta de vivienda, escasez de recursos sanitarios, de medicinas,… Las enfermedades infecciosas como la tuberculosis, el tifus, la sífilis, junto a las parasitosis, el latirismo, el raquitismo y el escorbuto, asociadas a la falta de higiene y la malnutrición, hacían estragos.

Las mujeres, tradicionalmente encargadas de lo doméstico, tuvieron que desarrollar tenacidad e imaginación para sacar adelante a sus familias, teniendo en cuenta que muchas de ellas estaban viudas o tenían a sus maridos o sus hijos en la cárce,l y que el acceso al trabajo remunerado y con derechos había quedado reducido, casi vedado, tras la aprobación del Fuero del Trabajo donde se decía que “el ideal sería liberar a la mujer de todo trabajo que no fuera atender su hogar y su familia”. Aunque, en realidad, los raquíticos sueldos del “cabeza de familia” tenían que ser complementados con el trabajo de la mujer en la economía sumergida: en el servicio doméstico, con el “pupilaje” o con labores de manipulado o textil en el propio domicilio. Un trabajo mal pagado y sin derechos de ningún tipo.

La lucha reivindicativa y política

A partir de los años 60, el turismo, la sobreexplotación de los trabajadores con sueldos de miseria e imposibilidad de organizarse, así como las divisas procedentes de las remesas enviadas por los emigrantes españoles fueron las bases del llamado “milagro económico español”.

Sin embargo, los cambios económicos y sociales de esta década ampliaron la posibilidad de acceso a la enseñanza para las niñas y las mujeres y también al trabajo remunerado, sobre todo a partir de la “Ley de derechos políticos y profesionales y de trabajo de la mujer” (el título se las trae), aprobada en 1961. Ya no precisaban el permiso del marido; aunque se seguía dificultando el trabajo de la mujer casada al carecer de servicios sociales que facilitaran la conciliación familiar. Los datos oficiales atestiguan esta diferencia: en el año 1975 la tasa de actividad de las mujeres solteras era de un 56,4% frente al 28,8% para las casadas. A estos datos habría que añadir la economía sumergida como el servicio doméstico, en el que se calcula que trabajaban unas 500.000 mujeres, entre 12 y 14 horas diarias, por un salario de 6.000 ptas/mes cuando el salario mínimo interprofesional era de 8.500 ptas.

El peso fundamental de la lucha contra la dictadura recayó en la clase obrera, los trabajadores y las trabajadoras, lo que claramente queda reflejado en el Tribunal de Orden Público (TOP): casi un 50% de los procesos fueron contra obreros y obreras.
En la militancia política y sindical, las mujeres no solían estar en los órganos directivos, salvo excepciones, aunque participaban activamente en las labores de las organizaciones, como la elaboración de propaganda o su reparto; en las pintadas u otras acciones; en saltos y manifestaciones, etc. Todas estas actividades se consideraban ilegales y conllevaban el riesgo de sufrir detenciones, juicios y encarcelamiento, como así sucedió.

Cabe destacar la lucha de las mujeres de la industria del textil como las de Terrasa, Mataró ó Sabadell que ya habían protagonizado paros y huelgas en 1946 y 1947 y que siguieron peleando por sus reivindicaciones durante todo el franquismo; así como las trabajadoras de Induyco y Rock de Madrid, en los años setenta. Importantes también fueron las luchas que llevaron a cabo las trabajadoras de la industria conservera de Vigo y las de otros sectores. En el año 1962 se produjeron destacadas movilizaciones en la minería, el sector del metal y del textil, destacando las mujeres. Precisamente fue la conocida como La huelgona, la huelga que comenzó en las cuencas mineras de Asturias y que se extendió a todo el Estado, la que marcó un antes y un después al adquirir una gran resonancia nacional e internacional. Las mujeres participaron en los piquetes de huelga, se manifestaron, organizaron la solidaridad y las cajas de resistencia y prestaron un importante apoyo a los mineros en huelga. Como respuesta represiva, la guardia civil detuvo a muchas de ellas, como Anita Sirgo y Tina Pérez, que organizaban la lucha. Fueron torturadas e, incluso, se les rapó el pelo, como hacían en la postguerra, para sembrar el terror. Pero no pudieron con ellas.

Los movimientos vecinales y el feminismo

Las condiciones de los casas y barrios en las que se fueron hacinando las sucesivas oleadas de emigrantes procedentes del éxodo rural sobre todo, carecían de los más mínimos servicios. No tenían agua corriente ni alcantarillado; a veces ni siquiera luz ni asfaltado. No había centros de salud, ni colegios ni lugares de esparcimiento. Los barrios “obreros” eran lugares inhóspitos, dejados de la mano de las autoridades. Fueron fundamentalmente las mujeres las que se encargaron de conseguir, a veces con atrevidas y duras luchas, la mejora de las condiciones de vida, así como el derecho a una vivienda digna. Sus actividades fueron versátiles: desde reunirse con las autoridades locales, los párrocos, los directores de colegios, etc. hasta dar mítines en los mercados, organizar saltos y fabricar y repartir octavillas (a veces muy rudimentarias). Con esta experiencia, y aprovechando la Ley de Asociaciones del año 1964, se crearon asociaciones de vecinos, de padres, de amas de casa, culturales… Es decir, se fue tejiendo un movimiento social que organizaban y movilizaban las mujeres.

Las asociaciones de mujeres fueron las primeras en dar charlas sobre control de la natalidad y sexualidad y sobre los derechos de la mujer. Y, poco a poco, se fue decantando un movimiento feminista que adquirió mayor importancia a partir de 1975. Se trataba de un movimiento con una fuerte carga reivindicativa que recogía los deseos de libertad y protagonismo social y político de las mujeres, largamente reprimidos. Se luchó por la amnistía para las presas políticas y para las mujeres encarceladas por los llamados “delitos específicos” (adulterio, aborto y prostitución) y por la supresión de dichos delitos y la derogación de todas las leyes discriminatorias. Igualmente se organizó la lucha para conseguir el derecho al divorcio, por la despenalización del aborto y el derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo. Las manifestaciones y movilizaciones que se llevaron a cabo fueron duramente reprimidas, como muestra de una represión continua y continuada contra las mujeres.

Conviene recordar que, en los juicios sumarísimos de 1975, en los estertores del franquismo, donde los tribunales militares dictaron 11 penas de muerte, dos de ellas fueron contra mujeres: Concepción Tristán y María Jesús Dasca. El régimen siguió siendo fiel a su carácter sanguinario hasta el último momento y, a pesar de la gran protesta internacional, cinco jóvenes fueron ejecutados el 27 de septiembre de ese mismo año.

Por tanto, el protagonismo de las mujeres en las protestas laborales, sociales y políticas fue considerable y debe concebirse como una parte integral de la movilización contra el régimen franquista.

Tras la muerte de Franco se produce un mayor periodo huelguístico y una explosión de movilizaciones por la amnistía, por la ruptura con el régimen franquista y la exigencia de libertades democráticas que fueron duramente reprimidas, causando casi dos centenares de muertos, a lo largo de la “modélica” transición. El franquismo siguió vivo y sus consecuencias aún las padecemos.

Sin memoria no hay verdad
Sin verdad no hay justicia
Sin justicia no hay reparación