Opinion · Verdad Justicia Reparación

Por si un día cercano, un gobierno progresista

Por Luis Suárez, miembro de La Comuna.

De forma desinteresada me permito emitir algunas ideas en materia de memoria democrática e impunidad del franquismo para una aun hipotética legislatura de coalición progresista.

Ese gobierno, en el caso de producirse, se habrá cimentado sobre el recién saneado subsuelo del monumento a un genocida cuyo maleficio no sólo perdura, sino que se reactiva en la nueva camada neofranquista, verbigracia, neofascista, cuyo nombre comercial, o sea, electoral, no citaré porque me da yuyu. En ese sentido podríamos decir que el prólogo resulta sumamente auspicioso para el tiempo que se avecina: se ha extirpado un quiste que parecía intratable, se ha afrontado por fin, y, sin entrar en pormenores sobre el formato y la escenografía, superado, un prolongado desafío a la vergüenza democrática de nuestro país.
A partir de aquí sugiero nos resituemos: la derecha está muy pero que muy crecida, confundida en buena medida la pretendidamente demócrata con la declaradamente totalitaria; y no por la democratización de esta, sino, al contrario, por la extremaderechización de la primera.

¿Qué supone esto en el tema que aquí nos ocupa, es decir el de la memoria y la impunidad? Pues que las derechas no sólo no han mejorado (democratizado) su capacidad de digestión de nuestro pasado, esto es, de asumir la historia del siglo XX de este país, reconociendo el horror del franquismo en todas sus etapas (el rosario de crímenes iniciado con el golpe militar y terminado con las ejecuciones de septiembre 75) y dimensiones (asesinatos, depuraciones, expolio, robo de bebés, explotación), sino que se han enrocado en la negación, cuando no la defensa, de ese horror.

¿Cómo funciona la política de negación y blanqueo del franquismo?
Es una estrategia simple: bajar el listón de lo tolerable / subir el nivel de confrontación; en definitiva, blocaje de cualquier iniciativa memorialista sin eludir batalla alguna por pequeña o insignificante que parezca: Se empieza por cuestionar lo obvio, el reconocimiento mismo de la realidad, y se alejan objetivos que requieren un mayor esfuerzo de honestidad histórica y de cultura democrática. Desafiando cualquier gesto de justicia y verdad histórica, desde un cambio de nombre de calle, se desgasta, se atasca a la ciudadanía en su defensa, y se postergan sine die las deudas de mayor calado, que aparecen así como retos imposibles.

Y esto no es hablar por hablar. En la ciudad de Madrid el actual ayuntamiento gobernado por el trifachito, ha decidido paralizar dos humildes proyectos memorialistas heredados de la anterior corporación. Uno de ellos, el del Cementerio del Este (o de la Almudena), homenajeando a las casi de 3.000 personas fusiladas en sus tapias en la inmediata posguerra, se ha paralizado faltando un 20% de la obra para ser completado; el otro, de la cárcel de Carabanchel, infomando de la existencia de esta en el solar resultante de su demolición (2008), abortado antes de iniciarse mediante la eliminación de la partida presupuestaria correspondiente que es reasignada para camiones de transporte de los caballos de la policía municipal. Una metáfora dotada de la sutileza de sus perpetradores. El sábado 30 de noviembre, conmemorando el XIº aniversario de su demolición, y en respuesta al ayuntamiento, las entidades sociales madrileñas vamos a instalar en el solar de la cárcel un memorial alternativo.

El trifachito ha puesto sus líneas de ataque contra la memoria tan adelantadas que se han postergado notablemente unas cotas dignas de justicia y reparación. Y realiza sus fechorías sin escatimar brutalidad, sin contemplaciones, para azuzarnos y entretenernos en estas escaramuzas: las placas o estelas con los nombres de víctimas del cementerio han sido destruidas a mazazos en estos mismos días.

¿Está sola nuestra derecha en la negación y el blanqueo del fascismo?
La derecha está rabiosa y crecida, y no sólo en las materias propias de este blog, la ofensiva se despliega en todos los frentes, desde la inmigración a los derechos de las mujeres y el feminismo, a la educación, las autonomías… por no hablar del procés.

El revisionismo y negacionismo histórico amenazan también en Europa, y no sólo por el crecimiento de partidos xenófobos y totalitarios: Véase sino la resolución aprobada por el Parlamento Europeo el 19 de septiembre pasado sobre la ‘Importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa’ – ya comentada en este mismo blog -, cuyo objetivo es equiparar nazismo y el ‘comunismo’ – que se confunde deliberadamente en el texto con el estalinismo -, y que ya está sido esgrimida por la extrema derecha aquí para impulsar iniciativas institucionales de condena del ‘comunismo’.

Por cierto, a pesar de sus pudorosos (o sea, cobardes y/o cínicos) esfuerzos por no mencionar en ningún momento al franquismo de forma expresa, la citada resolución no puede evitar proclamaciones que hacen sonrojar a nuestra democracia:
Considerando E: ‘… sigue existiendo la necesidad urgente de sensibilizar sobre los crímenes perpetrados por el estalinismo y otras dictaduras, evaluarlos moral y jurídicamente, y llevar a cabo investigaciones judiciales sobre ellos.’

Ahí lo dejo, por si ese futurible gobierno progresista quiere tomar nota.

Una guerra cultural no declarada
Nuestras sociedades sometidas al yugo neoliberal se encuentran inmersas de hoz y coz en una auténtica guerra cultural con múltiples frentes. La lucha de clases ha cedido el protagonismo a la ideología y la cultura; al poder no le basta con exprimirnos económicamente y despojarnos de nuestra identidad como clase trabajadora, ahora se trata de lavarnos la mente y alienarnos, preparándonos para la renuncia mansa a unos derechos y expectativas que habíamos considerado evidentes e irrenunciables. Es el caso de los derechos de la mujer, de los derechos laborales, del derecho a la vivienda, a la autodeterminación, a un medioambiente saludable… y también de la memoria, la verdad y la justicia histórica.

Cada batalla que perdemos en esta guerra es una nueva atadura al carro de la explotación, de la precariedad, la insostenibilidad y la desigualdad. Es una derrota más profunda que la de cualquier otro tipo de guerra porque en esta perdemos incluso la conciencia de derrota.

Algunas modalidades de esta guerra son muy sutiles y por eso más efectivas. Es el caso de ciertos productos culturales de consumo masivo. Un ejemplo muy reciente es el de la película ‘Mientras dure la guerra’. Bajo una presentación técnicamente impecable nos ‘cuenta’ la primera fase de la llamada guerra civil a través de la ególatra personalidad de Miguel de Unamuno, intelectual adherido con entusiasmo al golpe de estado fascista desde sus inicios. Con independencia de la valoración ética y el interés de este personaje y de sus dudas y remordimientos, el mensaje que esta destila es que bandos eran violentos y arbitrarios; el golpe de estado fue resultado casi obligado del caos en que estaba sumida la República; nada sobre los intereses y grupos sociales y económicos confrontados, motor ese sí real del genocidio y la limpieza ideológica desencadenados por el levantamiento fascista. El simplista tópico de la España cainita lo explica todo (y de paso lo blanquea). Otra buena muestra de la actual beligerancia contramemorialista de la derecha es que, a pesar de ese descafeinamiento de su relato histórico, los únicos incidentes contra la película han sido protagonizados por espectadores ‘ultra’.

Desfacer el entuerto de la Transición
Quienes ya en la Transición rechazábamos la compra de una supuesta reconciliación al precio de la capitulación y la renuncia a la justicia fuimos entonces tachados de insensatos; se suponía que aquel proceso era el umbral de la construcción de una cultura democrática plena en la que todo vestigio de pensamiento (y obra) fascista quedaría definitivamente erradicado.

Lamentablemente, el tiempo ha desmentido esa teoría: la impunidad y el olvido sólo han servido para legitimar al franquismo y a sus epígonos, y para perpetuar su influjo nocivo. En definitiva, para, en lugar de favorecer nuestra cultura democrática, envenenarla y corroerla.

Este futurible gobierno tendrá una oportunidad histórica para desfacer el entuerto de la Transición. Se empieza sacando al dictador de su mausoleo y se continúa, no ‘quemando parroquias’, como desvariaba la presidenta de la Comunidad de Madrid, sino cumpliendo los preceptos internacionales en materia de derechos humanos: Anulación de las sentencias de los tribunales franquistas; modificación de la ley de amnistía y apertura de procesos penales por los crímenes de lesa humanidad hasta ahora impunes; judicialización y financiación de las exhumaciones de las fosas; desacralización del monumento del valle de Cuelgamuros y exhumación de los restos allí trasladados ilegalmente…

Pues eso, gobierno de coalición: Verdad, justicia y reparación.