Verdad Justicia Reparación

La familia, el municipio, el sindicato y el pardillo

Por Javier Amor, miembro de La Comuna

1.- La mujer del pardillo bautizó a su hijo de un modo ruso y sospechoso. Le gustaba el nombre y el chico que lo llevaba, a quien había conocido el año anterior, a raíz de unos desafortunados incidentes que se resolvieron con un chorreo de multas gubernativas. Un chico delicado y guapo, con las ideas muy claras.

La gente ha pensado siempre que siendo el pardillo de la cáscara amarga, el nombrecito de los cojones, que en los sesenta era un desafío (¡imaginen cuando se lo pusieron a F. Tovar!) se debía a aquel Volodia calvo que había cambiado con su acción catequista el curso de la Historia, insuflando sed de justicia e ira santa en tantos millones de vidas.

Lo cierto es que han pasado cincuenta años, padre e hijo hicieron la mili correspondiente (no a la vez, aunque sí en el mismo Arma), y como la Virgen se la tenía jurada al pardillo por su defección, encargó su venganza a María Inmaculada Concepción, patrona de la fiel Infantería: consiguió enredar las cosas hasta el punto de que el ave y su vástago vuelan por corrientes políticamente encontradas.

Por suerte, y contrario a lo que pudiera pensarse, la venganza de María Inmaculada ha resultado ser algo imperfecta. El pardillo mantiene con su vástago aceradas diferencias pero, contra todo pronóstico, ambos son capaces de deponer sus tendencias opuestas y el amor paternofilial siempre termina por imponerse.

2.- El municipio donde vive el pardillo y, sobre todo el piso, fueron elegidos por internet, mutuo acuerdo entre pájaro y pájara, atraídos por el plano de la vivienda que aparecía en El País, cuando El País era la biblia y los pájaros vivían en Baden-Baden.

Lo vieron por vez primera cuando estaba casi terminado y había que vadear los ríos de barro circundantes. El primogénito de antes enfatizó que su valor radicaba en que estaba junto a una lujosa urbanización.

Hasta ahí todo normal. En el pisito de Carabanchel no cabían los discos y mucho menos los libros.

Me dice el pardillo, José Mari, no te andes con rodeos y cuenta lo más gordo.

Vale. El pardillo vive en un municipio vergonzoso, donde el PSOE, partido de centroizquierda acostumbrado a regir con moderación la vida de la gente, saca menos votos que Tox, un partido más venenoso que tóxico, unos recién llegados, que han calado en esa clase media que se cree clase media alta. Hombre, que se imponga en los cuarteles, se entiende, porque son todos zorros del mismo piñal pero ¿entre los jóvenes profesionales, padres de familia numerosa?

Algo huele a podrido en Dinafacha. Cuando se declaró la pandemia, de todos los balcones de la urbanización salían a aplaudir a los sanitarios, pero cuando los agitprop del odio decretaron que eso se había acabado, quedaron cuatro gatos aplaudiendo. Luego, sólo el pardillo y sus nietos. Empezaron a lucir banderas rojigualdas con crespón (lo de la banderita es su fuerte) y a sonar cacerolas contra el gobierno. A grandes males, grandes remedios. El pardillo fue al Chino y se compró una bandera enorme. Su mujer, que escribe muy bien, puso en la enseña nacional "Viva España y Su Gobierno de Todos".

Poner la bandera legítima hubiera sido una voz en el desierto, pero ponerles la de ellos, con un slogan tan detestable, es aplicar el análisis concreto de la situación concreta y lo demás son músicas celestiales: vecinos y visitantes fotografiaban el balcón a porfía. Una intervención urbanística digna de cualquier Bienal.

3.- El pardillo conoció en sus días mozos el sindicato vertical. "Sindicatos" lo llamaba todo el mundo, pese a ser único y vertical. Aquel edificio enorme tenía en su trasera al diario "Pueblo", con sus ascensores imparables nunca vistos. Como el pájaro siempre ha sido algo poeta, dedicó al insigne y permanente director del rotativo unos versos cargados de lirismo que empezaban así: "Yo quiero que caigas en O’Donnell/ y seas acribillado como un perro". El narrador ve un cierto paralelismo con la poesía que esgrimen hoy los falangistas del ayer. (José Mari, no te pases, que me pierdes -dice el pájaro)

Aunque de "Sindicatos" naciera "el sindicato", el pardillo no estuvo presente. Era un tierno chupatintas al que impresionaba el señalamiento paradigmático "ése es del metal". Acudía regularmente al Club de Amigos de la Unesco (una tarde se encontró de sopetón a Paco Ibáñez en el portal y se quedó más cortado que las mangas de un chaleco). También estuvo un día en un acto de Comisiones en un local de Gran Vía… y poco más.

El pardillo estaba llamado por el Gran Timonel a ser un sectario de puta madre. Igual que se creyó que Stalin era un padre amantísimo, mandaba a Carrillo a Eurovisión a cantar el "Cara al Sol". CCOO era un sindicato revisionista del que era imperativo desgajarse.

Y la pasión unitaria que invadía a todos menos a él, le llevó a renunciar a las huestes de Don Marcelino, que vivía al lado, en San José Obrero y a meterse en un berenjenal que se llamaba confederación sindical unitaria de trabajadores. Un oxímoron de la leche, que duró lo que un pastel a la puerta de una escuela y eso que el pardillo, vánitas vanitatis, consiguió afiliar en su ministerio a más de cuarenta fans; más de los que tenían UGT y Comisiones juntas. Cuando el sindicato de clase, oiga, de clase, para el nene y la nena, desapareció por arte de birlibirloque, el pardillo navegó por Comisiones, luego por UGT y en cuanto tuvo ocasión pidió un cambio de destino para esconder su vergüenza de Capitán Araña. La jefatura de personal, tan contenta (mira que había jodido el puto cantante) le premió mandándole al carajo, quiero decir, al Caribe.

La familia, el municipio y el sindicato. La estructura infalible que aprendimos de chiquitos. El siniestro José Antonio Girón, el campechano José Solís, ministros de Trabajo de nuestra juventud, que nos mantuvieron en perpetuo Movimiento, descansan en el olvido de los más y en la morriña de los carcas que conspiran contra el Estado de derecho. Afilan garras y colmillos para darle la dentellada a la democracia y uniformarnos con su camisa vieja.

No cuentan con que España tiene ahora una flamígera Ministra de Trabajo, una heroína con superpoderes, y que las familias, los municipios y los sindicatos de las clases populares cerrarán filas en torno a ella si los felones se atreven a intentarlo.