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La posible colocación de una estatua gigantesca del Sagrado Corazón en Vigo. Una obra escandalosa e innecesaria

Victorino Pérez Prieto, doctor en Teología y Filosofía


Hace unas semanas, la prensa gallega difundió una nota de la Iniciativa Gallega por la Memoria histórica (IGM), en la que señalaba el escándalo que suponía que el Ayuntamiento de Vigo –del PSOE- y la Diputación de Pontevedra –controlada también por los socialistas- apoyaran económicamente la construcción de una escultura gigantesca al Sagrado Corazón de Jesús en la capilla del monte da Guia de Vigo. Se trataba de un viejo proyecto franquista que había quedado sin construir por el excesivo coste que suponía. Suponía una bofetada para las víctimas del franquismo, pues el Sagrado Corazón era un símbolo de la "Cruzada", y otra no menos grave para la ciudadanía por el enorme gasto que suponía para las arcas públicas en este momento de crisis, en el que los más débiles lo necesitaban aún más. La noticia me sugirió algunos comentarios al respecto.


En primer lugar, aunque la parroquia de san Salvador de Teis, a la que corresponde la capilla, y el obispado de Tui-Vigo están implicados en la posible colocación de la escultura del monte da Guia, esa megaescultura no parece un servicio a la fe cristiana, sino lo contrario. El culto al Sagrado Corazón de Jesús es hoy un anacronismo y un sinsentido; cosa de una época pasada, en la que se utilizó esa imagen de Jesucristo como emblema de discordia, más que de concordia.


Aunque el origen de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús está en el siglo XVII, en las visiones de Margarita Mª de Alacoque y la basílica que se construyó en Paray-le-Monial (Borgoña, al sur de París), históricamente tuvo su auge para hacerle frente al laicismo de los siglos XIX y comienzos del siglo XX, sobre todo por el éxito de la revolución rusa. En ese 1919, dentro de un marco reaccionario, Alfonso XIII consagra España al Sagrado Corazón. Ya en el XIX el carlismo había adoptado el Sagrado Corazón de Jesús como bandera, cuando el ala integrista resumía su programa político con la voluntad de alcanzar "el reinado social de Cristo-Rey". Alfonso XIII equiparará ese reinado a la monarquía absoluta; y años después de esa "consagración", inaugurará un monumento gigante en su honra en el Cerro de los Ángeles (Getafe-Madrid); destruido en los años de la República y edificado de nuevo por el franquismo e inaugurado en 1965.


En 1923 se colocó también una estatua colosal del Sagrado Corazón de Jesús en la cúspide de la torre de la catedral de Valladolid; porque Valladolid había sido el lugar de origen de aquella devoción en España tras las visiones del padre Bernardo de Hoyos en el siglo XVIII. Luego se inaugurarían otras imágenes semejantes en otros lugares de España; como la del templo expiatorio del Tibidabo en Barcelona, el del monte Urgull en San Sebastián, el monumento de la plaza del mismo nombre en Bilbao, el Cristo del Otero de Palencia, el del cerro del Socorro de Cuenca, etc. El arquitecto Gómez Román diseñó en 1951 una pequeña capilla con la faraónica estatua para Vigo, que no llegaría a culminarse por su alto coste, quedando la iglesia con su torre en un tamaño más reducido.


Los golpistas del 36 utilizarían la advocación para justificar su "cruzada" contra los "ateos republicanos". El simulacro de fusilamiento del Sagrado Corazón en el Cerro de los Ángeles –por unos oscuros asesinatos que tuvieron lugar días antes- hizo que éste quedara definitivamente como símbolo de la lucha contra el bando republicano. Ondeará en las banderas de los Requetés y muchos combatientes franquistas lo llevarán bordado en el uniforme con la palabra "detente".


Como gallego, la noticia del proyecto de Vigo me trajo rápidamente a la memoria las palabras de Castelao en Sempre en Galiza: "Los clericales [españoles] ponían en la puerta de su casa una efigie del Corazón de Jesús estampada en hojalata. Y dentro del hogar vivían acochambrados con los siete pecados capitales" (196). Manifiesta claramente las contradicciones del catolicismo español; aunque las generalizaciones muchas veces son odiosas y lo cierto es que mi familia, como otras muchas familias cristianas, eran buena gente y no vivieron aquella advocación de esa forma tan políticamente partidista y manipulada.


Teniendo en cuenta esta utilización del Sagrado Corazón desde la Guerra Civil, con razón Montse Fajardo habló en Nós Diario del "escándalo mayúsculo" que supone el hecho de que dos instituciones presididas por el PSOE destinen dinero público a esa escultura de una imagen utilizada por el franquismo como símbolo de combate contra las ideas que teóricamente defienden y por las que los persiguieron. Y la IGM denunció en su comunicado citado al comienzo de estas líneas la ignominia que la obra supone para las familias de las víctimas del franquismo.


En segundo lugar, pienso que ese apoyo del Ayuntamiento vigués –conocido en toda España por tener un alumbrado navideño más grande que el de ninguna ciudad de su tamaño y más- al futuro monumento forma parte no de una fe cristiana honestamente vivida, sino de la megalomanía de su alcalde. Por eso, me decía un amigo cura de esa diócesis: "Lo más importante para el alcalde es que el monumento tenga al menos un metro más que la torre de Hércules…", símbolo de la ciudad gallega con la que está en perpetua competencia: A Coruña. Luego vi en los periódicos que las máximas autoridades del Ayuntamiento y la Diputación verían en ese monumento un futuro símbolo de la ciudad, ya calificado por los medios de comunicación local como "el Corcovado vigués".


Y en tercer lugar, resulta evidente que hay hoy mejores maneras, más fieles al proyecto de Jesús de Nazaret, de utilizar los más de 100.000 euros de dinero público que va a suponer su colocación, a parte del propio coste de la escultura, sufragado por otros medios.