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El crepúsculo de los dioses y el pardillo

Por Javier Amor, miembro de Unidos por Nicaragua y La Comuna

Conozco al pardillo desde el colegio de la señorita Pepi (rivalizábamos cantando a coro "Norit del Borreguito") y siempre me ha parecido un buen chico.

Sus objetivos en la vida eran modestos y un pelín contradictorios: quería ser cura, cantante de rock duro, tocar el piano y dominar el inglés.

Se quedó en seminarista, intérprete de hip hop o de boleros, pinche guitarra de acompañamiento y chapurreador de un creole que no entienden en Oxford pero es muy útil para rapear.

Coleccionaba la revista "Fans", un detalle de Matías Guiu para el pop emergente, que salió a mediados de los años 60.

Por eso, si yo tuviera que definirle diría que el pardillo es sobre todo un fan perpetuo. Desde recibir a los Beatles en el aeropuerto, a fabricarse dioses diversos para tirar palante.

Fan desnortado, tornadizo e ingenuo.

Era fan de Stalin, pero cuando se enteró, cuarenta años después de que aquel grito tan guay de "NKVD" había acabado con la vida de cientos de camaradas, Andreu Nin incluido, de las ignominiosas secuelas del pacto con Hitler (entrega de alemanes "trotskistas" a la Gestapo) y los repugnantes procesos de Moscú, se echó al Padrecito de enemigo y consiguió que lo sacaran del mausoleo de la Plaza Roja.

Era fan de Mao Tse Tung. Aquellos posters inmensos y coloridos, que venían frescos de China, decoraban el cuarto de su primogénito, quien leía los cómics que regalaba "la Embajada" por antonomasia. Cuando se enteró, algunos años tarde, de los millones de vidas que costó el Gran Salto Adelante y que la celebrada Revolución Cultural lo había sido todo menos un happening se dijo, a la mierda el chino y, pese a entender la influencia de Confucio en las relaciones de poder, tiró su Libro Rojo a la basura.

Era fan de Fidel, pero cuando se enteró años después del caso Padilla, tan humillante para el poeta como para la revolución cubana; cuando comprobó el abismo entre los lujos del aparatchik y el guajiro obligado a "resolver"; cuando terminó, finalmente, por aceptar que no hay ideología que justifique tener a un pueblo con hambre y sin derechos, cortó con él.

Era fan del Ché. Publicó en la revista SP una semblanza sobre su heroísmo en Bolivia y lo veneró como el nuevo cristo yacente. Cuando supo veinte años después de su prepotencia, de las ejecuciones sumarias y del trato a los homosexuales, le dio puertas.

Era fan de Bob Dylan, se despeinaba igual y hasta tenía los ojos verdes, por no hablar de aquellas canciones imborrables que influyeron hasta en el propio Lennon. Cuando lo vio por vez primera en directo, quince años después de la ignición, se salió a la mitad del concierto, harto, aburrido y terminó haciéndole cruz y raya por no querer recoger su premio Nobel.

Era fan de Camilo José Cela, el autor que le acompañó asiduamente durante las horas vacías del servicio militar, pero cuando se enteró poco después que había sido censor al servicio de La Oprobiosa Dictadura y particularmente del cerebrito de Vilalba, cortó con él. Creo que siguió leyéndolo, porque el pardillo no es un tipo rencoroso, pero ya siempre con una cierta reticencia.

Era fan de Neruda. Cuando supo, mil años después, que aquel vate que lo había dado todo por España, era tan mezquino como para negar a su hija desvalida, le retiró el saludo. A Neftalí le dio igual porque llevaba criando malvas una eternidad y su poesía ya había hecho su labor de zapa en el corazoncito del alado.

Era fan de Alberti. Aquel sí que era campechano y no El Fugitivo. Entraba en los despachos de Moscú, llamando Caganovich a to cristo y los rusos, ilusos, sonreían pensando que lo hacía honrando al miembro del Comité Central. Cuando dejó morir en el abandono a María Teresa León, una mujer emblemática en la Historia de España el pardillo, que en el fondo es esclavo del moralismo judeocristiano, se sintió defraudado, aun sabiendo que la dama del alba ya no sabía ni quien era.

Menos mal que de aquel descalabro de dioses con pies de barro, esos tigres de papel que aprendimos de pequeños, lograron salvarse algunos.

Los poetas, como se ha visto, condicionan la vida de la gente: jamás le decepcionaron Miguel o Federico. No podían cambiar su compromiso con la belleza porque estaban muertos antes que el pardillo naciera. Algo parecido les pasaba a Roque Dalton o a Leonel Rugama. A estos no les dio tiempo a corromperse. Qué jodidos estos poetas; ¡cómo se salvaron de la quema!

Añadan al club de los poetas muertos a Víctor Jara, el juglar que pagó con su vida preciosa ser la voz del cobre y orgullo de nuestra sangre hispanoamericana.

En cuanto a los políticos que el pardillo aún respeta, pongan a una Rosa Luxemburgo inclaudicable, a Salvador Allende, consecuente hasta la muerte, a Camilo Torres, un cura de corazón desbordado y nula preparación militar; al valiente indio-catalá Casaldáliga; a Nelson Mandela, el negro que tenía el alma blanca, pura, compasiva y además bailaba con mucha gracia (al final, con Graça); a Martin Luther King, otro negro (este, señorito) que se bajó desde Boston hasta el Sur para cambiar la vida de los pobres; y al viejo Pepe Mújica, el postrer ejemplar vivo de una especie extinta, modelo para los jóvenes caníbales. Este es el único que está literalmente vivo, aunque nada quita que cualquier día le peguen un tiro por dar tan mal ejemplo.

Con los años se van cayendo los palos del sombrajo. Empero, por encima de panteones más o menos venerables, el pardillo es fan de la gente de la calle, que es capaz de sorprenderle y conmoverle.

Es fan del minero asturiano Jurado que ha inspirado estas líneas, con una biografía de dolor y de lucha, tan estremecedora en su grandeza épica, que mejora la condición humana por sobre las gestas míticas de los héroes griegos.

Es fan de los sanitarios desarbolados físicamente y con la entrega intacta, que yacen tendidos en blancos pasillos; breve tregua para reinventarse, volviendo luego a la batalla contra el desdén de los malos y a favor de los inermes que han de partir en la oscura procesión de esta hora difícil.

Es fan de un montón de viejos como él, comuneros y yayo flautas, con hambre y sed de justicia, que se toman las calles por las causas nobles y sueñan esperanzados en el relevo generacional, para poder enfrentar a los gorilas, envenenados, cachas y muy capaces de quebrarles los huesos; nunca el alma.

Mientras, el tiempo se va agotando, aunque la pasión por la utopía esté tan fresca como el primer día.