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Hermosas flores, hermoso árbol

Por Manuel Blanco Chivite, periodista

Dormi sepolto in un campo do grano
Non è la rosa, non è il tulipano
che ti fan veglia dall'ombra dei fossi
Ma son mille papaveri rossi.
("La guerra di Piero", Fabrizio De André)

1
El árbol hunde sus raíces en la tierra y de la tierra consigue el impulso para alzar sus ramas al viento, a las nubes y al sol. No toma impulso de la palabra ni del verso y, si ahora callase o desapareciese la palabra escrita, los discursos y el servicio de correos y se apagase internet, bien poco le importaría al árbol. Seguiría alimentándose de la tierra y sus ramas irguiéndose hacia la luz.

2
Nací en la ciudad y en mi entorno vi siempre pocos árboles, pocas flores, pocas plantas. Mi principal conocimiento del campo eran las fruterías y verdulerías del mercado más próximo a casa. Allí acudía de la mano de mi madre, con cuatro, cinco, seis, siete años para ayudarla en la compra y a cargar con las bolsas y el carrito. Cuando mi hermana pequeña tuvo edad, la acompañábamos los dos, nos peleábamos, jugueteábamos y nos lo pasábamos mucho mejor.

Mi madre nació en un pueblo lejano de una provincia lejana. No diré cuál, qué más da, los encuentro todos tan parecidos. Me gustan, sí, y más ahora, ya talludito, que entonces, en mi niñez y adolescencia, esa adolescencia adusta, callada y disconforme, todo lo encontraba aburrido, y más esos pueblos, camino de su desvanecimiento final.

A mis diez años, nuestra pequeña familia, mi madre, mi padre, mi hermana y yo, viajó un verano al pueblo. Mi primer viaje fuera de la ciudad, mi primer encuentro con el pueblo. Allí pasamos, en casa de mi abuela materna, anciana ya de unos setenta y pico años, quince días de vacaciones. Me aburrí, claro, me peleé más de la cuenta con mi hermana, tenía ella entonces siete años, y con alguno de los chicos del pueblo, uno de ellos primo mío, según recuerdo...

Algunas mañanas, los cuatro íbamos caminando a cierto lugar, alejado e inhóspito, a varios kilómetros del caserío urbano, en dirección a la sierra. En tal lugar anónimo y desolado, se encontraba una pequeña zona verde de hermosas flores (no me pregunten qué clase de flores, jamás lo supe ni me preocupé por saberlo), alrededor de un hermoso árbol (tampoco sé qué puñetas de árbol era o es, porque sigue allí) a cuya sombra descansábamos un rato y nos comíamos el almuerzo. Mi madre extendía un mantel sobre la hierba, depositaba en él una tartera con la tortilla y unos torreznos y mi padre nos ofrecía una botella de agua a mi hermana y a mí y se descolgaba del hombro la bota de vino para él y para mi madre.

Una de esas mañanas, la del último día de vacaciones, precisamente, y mientras dábamos cuenta de la consiguiente tortilla con torreznos, mi madre, señalando el camino seco que se extendía hasta las estribaciones de la sierra, nos dijo a mi hermana y a mí: "Niños ¿veis qué secarral alrededor?"

Y era cierto, unos metros más allá de aquel pequeño conjunto de verdor, la tierra inhóspita se extendía alimentando a duras penas unos miserables matojos. Situados bajo aquel árbol, parecíamos una pequeña caravana en el desierto, acogida al frescor de un oasis y me hacía soñar con una película en colores que habíamos visto meses atrás, la película de mi vida infantil, "Aventura en el Sahara", en la que unos valientes soldados de un extraño ejército se enfrentaban a unos no menos extraños asaltantes de otro igualmente extraño ejército por la conquista y conservación de un charco de agua y unas palmeras datileras.

Así, a la pregunta de mi madre y mientras todos mirábamos a nuestro alrededor, respondí: "está todo muy seco, pero aquí a la sombra se está muy bien".

Mi madre sonrió, mi padre, callado, seguía contemplando aquella sequía y aquellos matojos extendidos a lo lejos.
De pronto, cuando habíamos terminado el refrigerio y pensaba que, como todos los días, volveríamos caminando tranquilamente al pueblo, mi madre habló de nuevo:

–Fijaos – y señaló con su mano extendida, el verdor sobre el que estábamos sentados- ¡qué hermosas flores, qué hermoso árbol!

Mi padre, recuerdo muy bien, la miraba como jamás he visto a un hombre mirar a una mujer. Imagináoslo y aun así no os lo podréis imaginar. Parecía, él, tan fuerte, con esas manos y esos brazos capaces de levantarnos a mi hermana y a mí al mismo tiempo y llevarnos a hombros hasta la cima que se os antoje elegir, él, tan fuerte digo y tan ancho de espaldas, de barba cerrada y rasposa, tan fuerte, os repito, y allí estaba, los ojos fijos en mi madre, enrojecidos, a punto de llorar y sin decir una sola palabra.

–Fíjaos- dijo de nuevo mi madre- qué hermosas flores, qué hermoso árbol que nos da esta sombra fresca y acogedora en medio de este erial. Mirad, hijos míos, aquí, en esta tierra sobre la que estamos sentados y en la que hemos comido, bajo estas flores y este árbol, está enterrado vuestro abuelo. Aquí lo trajeron, junto a otros hombres buenos y dos mujeres tan jóvenes y guapas, tan valientes como lo seréis vosotros, hija mía, hijo mío, y aquí los mataron a todos, tras obligarlos a cavar un enorme hoyo. Nadie en el pueblo supo que era aquí donde los traían. Las familias y amigos, atemorizados, encerrados en sus casas, pensaron que los llevaban junto al río, donde el barranco. Pero los trajeron aquí, a este lugar escondido, ignorado y lejano, para que apenas se oyeran los disparos en plena noche, una noche de lluvia torrencial, espesa y sin luna, para que el estruendo se confundiese con los truenos de la tormenta. Vuestra abuela no se resignó a quedarse en casa; cubierta con una manta de la caballería, siguió de lejos al grupo y pudo verlo todo: las sombras, los hombres cavando, el resplandor de los disparos, la caída oscura de los cuerpos, las palas de los asesinos cubriendo de tierra la fosa. Después, todas las semanas la abuela salía del pueblo, a escondidas de todos, furtiva, silenciosa, y aquí sembró este hermoso árbol y trajo las semillas de estas hermosas flores. Durante años y sin que nadie lo supiera, vino regularmente, ella sola, apenas amanecido, y el árbol y las flores se fueron alimentando del agua que les daba y de la vida que extraían de vuestro abuelo y sus amigos y de aquellas jóvenes que con ellos murieron. Y ahora estamos aquí, haciéndoles compañía a todos ellos, que fueron muertos y enterrados de tan mala manera, en esta su tumba que la abuela convirtió en la más hermosa, bajo este hermoso árbol y bajo estas hermosas flores.

3
A partir de aquel año, cada agosto pasábamos unos días en el pueblo y comíamos en aquel lugar, hasta que murió mi abuela.
Quiso que la enterrasen junto a su marido, pero no pudo ser. El cura no quiso, el ayuntamiento tampoco y nadie entendió el por qué de semejante empeño de vieja senil (eso dijeron), pues nadie sabía. Algunos, alertados, no quisieron entender pese a que sí sabían. Mis padres, temerosos, fingieron ignorancia y la abuela fue enterrada "como todo el mundo", que dijo el cura, en el cementerio municipal.

Desde entonces hasta hoy, viejo ya y doblado por los años, no volví por estas tierras.

Hace tiempo que mi hermana murió de sobreparto, yo nunca me casé y cuidé de mi madre y de mi padre hasta su muerte.
Aquí estoy de nuevo, quizás mil años después, me he traído en un hatillo la tortilla, los torreznos, el pan y un poco de vino. He oído algo, en la capital de la provincia, de que van a buscar las fosas que suponen debe haber en este pueblo. Hablan en concreto de tres con, al menos, veinte cadáveres, gentes asesinadas durante la guerra y en los primeros años cuarenta, algunos de ellos guerrilleros de la sierra. Sitúan las tres junto al río, próximas al barranco al que se refirió mi madre cuando nos contó la historia. De ésta sobre la que extiendo un pequeño mantel nadie sabe ni sospecha nada. Tardarán en saberlo; ya no quedan testigos de la época.

Mientras, como y bebo en medio de estas hermosas flores, bajo la sombra de este hermoso árbol y doy gracias a mi abuelo y a mi abuela. Quizás os preguntéis por qué. Os lo diré: porque, pese a todo, ganaron la batalla más importante, la del tiempo. Ya lo sabéis, desciendo de ganadores.

Dibujo original de Alejandro Pacheco