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Del diente de Lumumba al sonajero de Martín. Rastros de la infamia

 

Por Luis Suárez-Carreño, activista de La Comuna

Hace unos días el gobierno belga decidió devolver a la familia del que fuera héroe de la independencia del Congo, Patrice Lumumba, los únicos restos conservados de este, en concreto un diente que había sido extirpado y guardado como trofeo-suvenir por uno de los funcionarios belgas participantes en su secuestro, tortura, asesinato y posterior destrucción del cadáver, en enero de 1961.

El nombre de Patrice Lumumba posiblemente no le dice nada a las personas de generaciones recientes; sin embargo para mi generación, nacida en el ecuador del siglo pasado, forma parte de una constelación de líderes y personajes ahora ya míticos, que, tras la II Guerra Mundial, a lo largo y ancho del planeta se alzaron para demoler las secuelas del orden colonial y resistir a la imposición del nuevo orden imperialista en el contexto de guerra fría. El nuevo orden requería que los jóvenes estados fueran formalmente independientes pero beligerantemente pro-occidentales y anticomunistas. Lo que exigía aplastar los movimientos emancipadores que habían proliferado en esos años como un reguero por todo el planeta, inspirados tanto en el ejemplo de la URSS encabezando la derrota del nazismo como en los nuevos modelos de revoluciones ‘tercermundistas’, en primer y destacado lugar, China (1949) y, diez años más tarde Cuba (1959).

Contra el escenario bipolar de la guerra fría surgirá el llamado movimiento de los países no alineados creado formalmente en 1961 en Yakarta por una mayoría de Estados emergentes pos-coloniales que abarcaban un amplio abanico ideológico y político –desde democracias nacionalistas capitalistas a socialismos de economía estatalizada– y también geográfico, del Egipto de Nasser, a la Indonesia de Sukarno, la Cuba de Fidel, el Brasil de Goulart, la India de Nehru, Ghana con Krhuma, la Yugoslavia titista o el Congo de Lumumba. Movimiento que en las décadas posteriores irá perdiendo fuste pero que en origen representó una genuina alternativa a los bloques hegemonistas e imperialistas.

Todo el arsenal diplomático, económico y militar de EEUU se desplegará entonces para abortar cualquier proyecto emancipador e imponer gobiernos-títere mediante la compra de las oligarquías locales y sus políticos, pero sobre todo entrenando y teledirigiendo a los mandos de las fuerzas armadas nacionales para orquestar golpes de estado, intentando, en lo posible, evitar la involucración directa del propio ejército norteamericano.

Este procedimiento se aplica en forma especialmente exitosa, masiva y cruenta en Indonesia a partir de 1965, contra una democracia en construcción liderada por Sukarno tras el largo y esquilmador colonialismo de Holanda, e imponiendo un régimen militar que en unos pocos meses asesinará sin siquiera aparentar un mínimo apego a los derechos humanos hasta un millón de personas sospechosas, es decir, demócratas.

De ahí surge la doctrina intervencionista que vendría a llamarse ‘método Yakarta’ y que se había ya aplicado en Irán en 1953, Filipinas y Guatemala en 1954, Irak 1963, y se seguirá aplicando en años posteriores en Brasil contra la política nacionalista de Goulart (presidente entre 1961 y 1964), en la llamada ‘guerra sucia’ mexicana desde 1960, o en el Cono Sur latinoamericano en los 70 y 80, entre otros muchos escenarios.

Obviamente, no siempre los golpes dirigidos desde la sombra funcionan: Corea (principios de los 50) y Vietnam (1955 a 1975) serán ejemplos en los que el ejército imperialista se verá forzado a involucrarse directamente y a fondo, con un saldo de destrucción y muerte descomunal, para cosechar, en última instancia, el fracaso político, geoestratégico y, por supuesto, moral.

Una historia demasiado compleja y densa como para resumir en un breve texto (recomiendo al respecto el libro ‘El método Yakarta. La cruzada anticomunista y los asesinatos masivos que moldearon nuestro mundo’, Vincent Bevins, Ed. Capitán Swing, 2021), pero lo que me interesa resaltar aquí son dos cuestiones: por una parte, cómo la actual nueva guerra fría surge de la herencia mal resuelta de la imposición violenta de una hegemonía occidental (eufemismo para referirse a EEUU y aliados-cómplices) sobre la mayor parte del planeta en la segunda mitad del siglo XX, es decir, de la anterior guerra fría. Y, por otra parte, que la memoria de la colonia y la descolonización, procesos aún sangrantes en sus secuelas, forma parte de las vergüenzas que a occidente le cuesta reconocer mientras hace exhibición de virtudes democráticas y ejemplaridad en el respeto a los derechos humanos. Parecidas contradicciones a las que, hoy mismo, la criminal política de fronteras en EEUU o en la UE pone de manifiesto.

El simbólico acto de devolución al pueblo congoleño del diente de Lumumba constituye un gesto de reparación (que no de justicia) por parte de la exmetrópoli, a la que la República Democrática del Congo ha reclamado reiteradamente compensaciones por su larga historia de expolio y crueldad (desde 1885). También en España sabemos bien de esa dificultad a la hora de asumir la memoria de las colonizaciones y de los procesos de emancipación: lo comprobamos el año pasado, al cumplirse cien años del ‘desastre de Anual’, en relación a las guerras del Rif, y vuelve a ponerse de actualidad con la insistencia por parte del Ayuntamiento de Madrid en la instalación de un monumento al legionario. O con la reciente, antidemocrática y contraproducente (incluso en términos egoístas para España) concesión a la política neoconial y represiva marroquí respecto al Sahara Occidental por parte del gobierno de Pedro Sánchez.

La nueva guerra fría provocada por el expansionismo atlantista, retroalimentada por la invasión y devastación de Ucrania por la Rusia del autócrata Putin, aprovechada a su vez para el rearme y nueva expansión de aquel bloque, nos hacen añorar la visión y el arrojo de Lumumba y otros líderes de entonces.

¿Dónde estarán los actuales Lumumbas, los movimientos y líderes no alineados, defensores de la paz y la solidaridad internacionales, cuando hasta los gobiernos supuestamente progresistas, como el de Pedro Sánchez, se apuntan entusiastas a alimentar la nueva guerra fría (en realidad nada fría), ofreciéndose como anfitriones de sus festivos y belicistas aquelarres?
Terminaré diciendo que esta anécdota del diente de Lumumba a mí me ha llevado, por alguna razón, a evocar el sonajero de Martín; el que se encontró en la exhumación de la fosa común del cementerio de Palencia en 2011, que sirvió a Martín, ahora un anciano, para identificar los restos de su madre, asida al sonajero en el momento de ser fusilada. El nexo entre ambos objetos no es sino la capacidad de los restos y rastros del pasado para ayudar a reconstruir la memoria, a reestablecer los hechos, a desenmascarar a sus negacionistas.

Crímenes y violaciones de derechos humanos impunes, ocultos, apenas susurrados, que renacen en cualquier objeto de apariencia insignificante.

PD: El sonajero de Martín se encontró junto a los restos de su madre, Catalina, asesinada por los sublevados franquistas, detenida por la Guardia Civilen Palencia. (Público, 22/06/2019)