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La derecha y La Roja

Hay en España una derecha irascible, en estado de beligerancia permanente, que sigue sin entender conceptos elementales para la convivencia como libertad de sentimientos y pluralismo. Lo acaba de demostrar en el Mundial de Fútbol, que intentó convertir en campo de batalla ideológica mediante una utilización descarada de la selección española. Una estrategia que seguramente proseguirá durante algún tiempo, hasta que se apaguen los ecos del campeonato.

Su mensaje es muy simple: España es, pese a los desleales que pretenden romperla, equiparable a la selección, en la que impera un clima de unidad y concordia y donde todos los jugadores, incluidos los catalanes, se sienten parte de un proyecto común. Después de cada partido de La Roja, los medios de la derecha se lanzaban voraces sobre los informes de audiencia en Catalunya y Euskadi –que reflejaban un seguimiento abrumadoramente mayoritario de los encuentros– y extrapolaban sin ningún pudor esos datos al terreno político. Tal discurso de trazo grueso omite un dato crucial, y es que la mayoría de catalanes y vascos se considera (todavía) parte de España, pero tal vez de un modo distinto al que pretende imponer la derecha. Una encuesta del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat, de mayo pasado, refleja que el 42,2% de los habitantes de esa comunidad de siente tan español como catalán, el 26,5% más catalán que español y el 4,3% más español que catalán. Es decir, el sentimiento doble catalán y español lo comparte, con mayor o menor intensidad, el 73% de la población. ¿Por qué la derecha presenta entonces como un gran hallazgo sociológico el interés de muchos catalanes por La Roja, mas aún si se considera que la selección incluye a siete jugadores del Barça y que el fútbol goza, en general, de una enorme afición?

La derecha debe entender que muchos catalanes pueden disfrutar de un partido de fútbol de la selección española y, a la vez, pretender un encaje singular en el Estado, reivindicar más autogobierno y cultivar unos sentimientos nacionales. Pero eso resulta difícil de entender a algunos. Sobre todo a quienes por histeria ideológica se niegan a llamar a la selección La Roja, como la bautizó hace dos años Luis Aragonés, y prefieren denominarla "la rojigualda".