La Roja como metáfora

El triunfo de la selección española en el Mundial de fútbol ha desatado, además del júbilo de cientos de miles de ciudadanos, una catarata de declaraciones que pretenden convertir el éxito de La Roja en una metáfora de lo que es, o lo que debería ser, España. Se han escuchado al respecto muchas frases sobre la importancia de la “unidad”, del “trabajo en equipo”, del “esfuerzo común”. El problema es que dichos conceptos, que quizá sirvan para describir una selección deportiva, pueden encerrar significados diversos, incluso contradictorios, según quien los pronuncie cuando se refieren a la política. Es posible, por ejemplo, que algunos creadores de metáforas se sintieran traicionados cuando Puyol y Xavi se envolvieron en la senyera, y no en la bandera rojigualda, para celebrar la victoria.

Intentar extraer lecciones políticas de la hazaña de La Roja es un ejercicio legítimo, incluso comprensible dadas las pasiones que despierta el fútbol, pero vano. Lo razonable en una sociedad madura es que cada ciudadano exprese sus sentimientos como bien le plazca. Que aclame a los hombres de Del Bosque quien lo desee, que se envuelva en banderas el que lo considere pertinente, que se quede en su casa o vaya a un cine quien carezca de interés por el fútbol. Lo que habría que evitar, en lo posible, son las tentaciones de convertir la expresión de los sentimientos de la gente en un examen sobre su grado de lealtad a un determinado proyecto político e ideológico. España es demasiado plural –territorial e individualmente– mal que les pese a los cruzados de la uniformidad.