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Hablemos de democracia

Que Zapatero se reúna con la élite empresarial está bien, si ello consigue aplacar en el corto plazo la ofensiva de los mercados contra la economía española. Sin embargo, el encuentro del sábado en la Moncloa y, de manera más amplia, el tratamiento de la crisis por parte de los gobiernos europeos merecen una reflexión profunda acerca del mensaje que se está transmitiendo a los ciudadanos sobre el papel de la democracia. Un asunto delicado al que los líderes políticos no están prestando suficiente atención.

Cada vez más ciudadanos tienen la percepción de que las instituciones que eligen con su voto son meros títeres de unas fuerzas superiores, arrolladoras y especulativas denominadas "los mercados". A ello se suma la sensación de que, en tiempos de crisis, los contribuyentes de a pie pagan los platos rotos mediante recortes de sus derechos sociales, mientras los grandes poderes económicos no sólo resultan ilesos, sino que, en una actitud rayana en la provocación, se muestran especialmente arrogantes en sus exigencias. Así, algunos empresarios invitados a la Moncloa reclamaron a Zapatero que no le "tiemble el pulso" para acometer las reformas que están sobre la mesa, y el presidente, acorralado por las difíciles circunstancias, garantizó firmeza de pulso. El mensaje que se transmitió quizá fuese positivo de cara a los mercados (ya se verán esta semana los efectos del cenáculo), pero, para muchos ciudadanos, la imagen que queda es la existencia de una plutocracia que señala la senda al presidente democráticamente elegido. El hecho de que a los invitados se les asignara el puesto en función del volumen de facturación de su compañía –y no en función de la creación de empleo fijo, de la calidad laboral o de la inversión en capital productivo– y de que no se invitara a una representación de pymes –que generan más del 70% del empleo en España– refleja una concepción de la economía.
En un mundo donde el mercado de derivados ronda los 500.000 millones de dólares –casi diez veces más que el PIB mundial– va a ser cada vez más difícil convencer a los ciudadanos sobre la utilidad y la fuerza de la democracia, sobre la importancia de la cohesión social y la solidaridad intergeneracional. Los líderes políticos harían bien en intentar calmar en esta materia a los ciudadanos. Como lo hacen con los mercados.