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Una investidura con efectos colaterales

La elección, ayer, de Artur Mas como 129 presidente de la Generalitat de Catalunya abre una nueva etapa política en esta comunidad después de siete muy agitados años de gobierno tripartito de izquierdas. El candidato de CiU pudo haber recurrido a ERC o al PP para asegurarse la investidura, pero finalmente optó por un acuerdo con el PSC, que con su abstención le allanó el camino a la Presidencia. Es la primera vez que los dos partidos mayoritarios en Catalunya votan juntos para la elección de un jefe del Ejecutivo, lo cual añade un innegable valor simbólico a lo ocurrido ayer en el Parlament.

La experiencia del tripartito arrojó, sin duda, algunos frutos positivos, sobre todo en el terreno social. Sin embargo, casi desde el primer momento resultó complicado el encaje de las tres formaciones integrantes de la coalición, y la situación se volvió insostenible en el segundo mandato. Tras obtener los peores resultados de su historia en las recientes elecciones catalanas, el PSC probablemente calcula que su aproximación a CiU le puede ayudar a recuperar su rostro más moderado en un clima de solidez institucional, mientras que Mas se libra de apoyarse en otros socios que le podrían resultar incómodos. Es previsible que el nuevo escenario catalán tenga, además, su reflejo en Madrid, como lo admitió el propio vicepresidente primero del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien dijo sin rodeos que va a "facilitar" la relación del Ejecutivo con CiU. Un augurio que, de cristalizar, proporcionaría algo de oxígeno al muy asfixiado Zapatero.