La debilidad terminal de Gadafi

Si a Muamar Gadafi le quedara un ápice no ya de generosidad, sino de cordura, debería abandonar de inmediato el poder que detenta desde hace 41 años. No sólo porque las fuerzas rebeldes lo tienen acorralado en Trípoli, sino porque los gobiernos más influyentes del mundo, con una unanimidad poco frecuente, le exigen que dimita para evitar males mayores. La decisión del Consejo de Seguridad de la ONU del viernes pasado, con los votos incluidos de China y Rusia, de solicitar que se le investigue por posibles crímenes contra la humanidad ha dejado al dictador libio en una situación de debilidad terminal, que ayer se agudizó aún más, si cabe, con el anuncio de EEUU de que reubicará sus fuerzas en el Mediterráneo por si surge la necesidad de intervenir en el país norteafricano. La UE, a su vez, ha aprobado nuevas sanciones contra el régimen de Trípoli, y países como Reino Unido y Francia han expresado también su disposición a actuar militarmente en Libia.

Lejos de aceptar su destino, un Gadafi cínico o desquiciado alardeaba ayer ante una periodista de la BBC: “Todo mi pueblo me ama y moriría para protegerme”. Y, cual personaje de una tragedia shakespereana, recordaba patéticamente su papel de paladín en la lucha contra el terrorismo islamista, en nombre de la cual EEUU y la UE, sin escrúpulo alguno, lo reconvirtieron hace tan sólo ocho años de enemigo público número uno en honorable estadista. Salvo sorpresas, el dictador acabará por caer. La pregunta es cuántos libios más sufrirán los coletazos sanguinarios del régimen hasta su desaparición.