Opinion · Pensamiento crítico

Las causas del crecimiento del mal llamado populismo

Vicenç Navarro
Catedrático Emérito de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra

Uno de los documentos que ha tenido más influencia en el siglo XX, el Manifiesto Comunista, comienza con la famosa frase:

Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa, el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes. No hay un solo partido de oposición a quien los adversarios gobernantes no hayan motejado de comunistas”.

A principios del siglo XXI se podría escribir un documento con un párrafo introductorio semejante, poniendo la palabra populismo en lugar de comunismo, y cambiando los nombres de los establishments políticos, económicos y religiosos que se sienten amenazados por el crecimiento de los movimientos que tales establishments definen como populistas. Este nuevo documento comenzaría con el siguiente relato:

Un espectro se cierne sobre el capitalismo avanzado a los dos lados del Atlántico Norte: el espectro del populismo. Contra este espectro se ha conjurado una santa jauría, todos los establishments políticos y mediáticos de estos países y sus partidos políticos gobernantes, así como sus instituciones supranacionales. No hay un solo partido político de oposición a quien los adversarios gobernantes no hayan definido como populistas”.

Como ocurrió en el siglo XX con el comunismo, el término populismo en el siglo XXI es utilizado en la narrativa política y mediática de las instituciones que reproducen las estructuras de poder político y mediático (así como de los poderes económicos y financieros que las sustentan) para definir cualquier movimiento o partido que cuestione su poder, su legitimidad y las políticas públicas neoliberales que han estado imponiendo a la población de los países a los dos lados del Atlántico Norte: Europa y Norteamérica. El objetivo de este artículo es analizar si tienen algo en común estos movimientos definidos como populistas, a fin de ver las principales causas de su expansión y movimiento, y en la segunda parte, analizar qué es lo que en ciencias políticas se define como populismo, y ver si a aquellos movimientos les corresponde ser definidos como tales.

Cuáles son los elementos que tienen en común estos movimientos

Aunque variados, la gran mayoría de partidos llamados populistas tienen algunos puntos en común. Uno de ellos es su oposición clara a la globalización e integración económica y a la homogeneización cultural y política que ellas conllevan y que es percibida como una amenaza a su propia identidad nacional. Este sentimiento aparece en muchas formas y dimensiones. Pero en todas ellas hay un nacionalismo que es definido por los establishments político-mediáticos responsables de tal globalización como “retrógrado”, “provinciano”, “proteccionista”, “antimoderno”, “anticuado”, “irracional”, “insolidario”, “chauvinista” y un largo etcétera. Se intenta demonizar, con ello, a dicho nacionalismo, oponiéndolo a un supuesto internacionalismo modernizador y progresista.

Este deseo de recuperación de la identidad y control de las condiciones y recursos nacionales característicos del sentimiento nacionalista se basa primordialmente (aunque no exclusivamente) en la identificación de la globalización con el descenso de la calidad de vida y bienestar de las clases populares que ha ocurrido como consecuencia de tal globalización. Su nacionalismo es una respuesta lógica y previsible a su percepción de que dicha globalización es responsable del malestar en el que viven. De ahí que su rechazo a la globalización y a las instituciones y partidos que la promueven sea el que genere su nacionalismo. Miles de ejemplos así lo muestran. Uno de los más recientes es lo ocurrido en Baltimore, EEUU. El barrio obrero blanco de Dundalk (el barrio de los trabajadores de la siderurgia de tal ciudad) votó masivamente al candidato antiglobalización Trump, que denunció el traslado de los altos hornos del acero (uno de los mayores centros de empleo de la ciudad) a países con salarios más bajos y peores condiciones de trabajo, en contra de la candidata Hilary Clinton, que apoyó la globalización. Y ello ocurrió a lo largo de la mayoría de barrios obreros de EEUU. Un tanto semejante ocurrió en gran parte de los países de la Unión Europea. La evidencia empírica existente de que la movilidad de capitales a países con salarios bajos ha dañado sustancialmente el nivel de vida de la clase trabajadora de los países del capitalismo desarrollado del Atlántico Norte es abrumadora y convincente. Y también es abrumadora y convincente la evidencia que muestra que aun siendo la inmigración un factor positivo para los países capitalistas desarrollados, esta puede implicar unos costes (como la bajada de salarios) para sectores vulnerables de las clases populares que explican su rechazo.

La mayoría de los movimientos populistas son hostiles hacia los establishments políticos y mediático neoliberales

De ahí que el rechazo a la globalización e integración económica por parte de los partidos llamados populistas vaya acompañado de otra característica, la de ser movimientos antiestablishments, y muy en particular de los establishments políticos y mediáticos, a los cuales se considera responsables de la imposición de las políticas neoliberales, incluyendo la globalización. Su propuesta política se define como la defensa “de los de abajo” – el pueblo – frente “a los de arriba”, las élites políticas responsables de dicha globalización.

Todo ello explica la tercera característica: el protagonismo de amplios sectores de la supuestamente desaparecida clase trabajadora entre las bases de estos movimientos. Tanto en EEUU como en el Reino Unido o en Suecia (países que creo conocer bien por haber vivido en ellos durante muchos años), así como en Francia y en Alemania entre muchos otros, grandes sectores de su clase trabajadora que habían votado a las izquierdas votan hoy a partidos populistas. Naturalmente que tales sectores no son los únicos votantes de estos partidos (ni tampoco son, en ocasiones, la mayoría de tales votantes), pero juegan un papel clave y central en estos movimientos antiestablishment populistas. En EEUU la clase trabajadora blanca (que es la gran mayoría de la clase trabajadora de aquel país) fue determinante en la elección del candidato Trump a la presidencia de EEUU. Lo mismo ocurrió en el Reino Unido, donde la clase trabajadora británica fue el eje del movimiento a favor del Brexit, que era un movimiento de protesta frente al establishment político y mediático de la UE. En Suecia, hace unas semanas, grandes sectores de la clase trabajadora votaron al partido llamado populista de ultraderechas (Demócratas de Suecia). En Francia, el cinturón rojo de París votó a Le Pen, y en Alemania el espectacular declive de la socialdemocracia ha ido acompañado – como ha ocurrido en la mayoría de países de la UE – de la expansión de partidos llamados populistas.

¿Por qué están creciendo estos movimientos? Las políticas neoliberales promovidas por los establishments político-mediáticos son la principal causa

Definir, sin más, a estos movimientos como chauvinistas y antiinmigrantes, atribuyendo su expansión a su supuesto racismo y oposición a la inmigración, es no entender lo que está detrás de estos sentimientos, pues estos sentimientos (que sí existen en varios de estos movimientos) son síntomas, no causas, de la aparición y extensión de tales movimientos. La causa real de su crecimiento es ni más ni menos que el enorme deterioro de las condiciones de vida de las clases populares en general, y de la clase trabajadora en particular, en cada uno de estos países, deterioro que se ha ido produciendo desde los años ochenta a ambos lados del Atlántico Norte. Y ello como consecuencia de la aplicación de las políticas neoliberales –que alcanzó su máxima expresión con el estallido de la Gran Recesión-, medidas que los políticos gobernantes neoliberales crearon deliberadamente a fin de derrotar al mundo del trabajo, lo cual han conseguido (ver mi libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante. Anagrama, 2015). Los datos hablan por sí mismos. Las rentas del trabajo (las rentas derivadas, primordialmente, del trabajo, es decir, de los salarios) han ido disminuyendo en la mayoría de países a los dos lados del Atlántico Norte desde la aplicación de tales políticas (iniciadas a finales de los años setenta y principios de los ochenta), mientras que las rentas del capital han ido creciendo. Concretamente, en la década de 1970, la participación de los salarios en términos de compensación por empleado fue: en EEUU del 70% del PIB; en los países que serían más tarde la UE-15, este porcentaje era el 72,9%; en Alemania un 70,4%; en Francia un 74,3%; en Italia un 72,2%; en el Reino Unido un 74,3%; y en España un 72,4%. Estos porcentajes bajaron muy significativamente a partir de entonces. En 2012 tales porcentajes pasaron a representar: en EEUU el 63,6% del PIB; en los países de la UE-15 el 66,5%; en Alemania el 65,2%; en Francia el 68,2%; en Italia el 64,4%; en el Reino Unido el 72,7%; y en España el 58,4%. El descenso de las rentas del trabajo durante el periodo 1981-2012 fue, pues, de un 5,5% en EEUU, un 6,9% en la UE-15, un 5,4% en Alemania, un 8,5% en Francia, un 7,1% en Italia, un 1,9% en el Reino Unido y un 14,6% en España, siendo este último país donde tal descenso fue mayor. Detrás de estas cifras hay un crecimiento enorme de las desigualdades sociales, que han alcanzado su máxima expresión durante la Gran Recesión. Tal crecimiento es un tema visible en los grandes medios de comunicación, y ha alcanzado un nivel de preocupación y alarma en los centros de poder político por la previsible inestabilidad que conlleva, pues a nivel de calle (aunque no a nivel de la mayoría de los principales medios) tal crecimiento de las desigualdades se debe a que el enorme aumento de la riqueza y bienestar de las minorías pudientes se ha estado consiguiendo a costa del gran descenso del bienestar y nivel de vida de la mayoría de las clases populares, que constituyen la mayoría de la población.

El gran crecimiento de las desigualdades como consecuencia de las políticas neoliberales

No es, por lo tanto, mera casualidad que tales movimientos – con base obrera – hayan aparecido con mayor intensidad durante la Gran Recesión. Explicar, repito, este crecimiento y expansión debido al crecimiento del sentimiento antiinmigrante o chauvinista, o lo que fuera, es no entender que fue el deterioro de la calidad de vida y del bienestar de las clases populares y de la clase trabajadora lo que explica el crecimiento de tales sentimientos. En realidad, en EEUU amplios sectores de la clase trabajadora blanca que habían votado anteriormente al candidato negro Obama votaron a Trump en las últimas elecciones. No niego que haya existido un crecimiento del sentimiento antiinmigración, aunque este sentimiento no siempre responde a un aumento notable de la población inmigrante. Tal aumento sí que ha ocurrido en Suecia y en Alemania, por ejemplo, pero no ha ocurrido en EEUU, ni en el Reino Unido, ni en Francia. Y, sin embargo, el crecimiento de estos movimientos ha sido casi idéntico en estos países. Es el deterioro de las condiciones de vida de las clases populares la causa principal del crecimiento de tales movimientos. Análisis detallados, país por país, así lo muestran. Los salarios, las condiciones de trabajo, la ocupación y el bienestar en cada uno de estos países se han deteriorado. Un indicador claro de este deterioro es el crecimiento de las enfermedades llamadas de la desesperación –“despair”–   (la adicción a las drogas o al alcohol, y las enfermedades relacionadas con el estrés) en la mayoría de estos países.

Las diferencias entre estos movimientos llamados populistas

Analizando la naturaleza de los movimientos populares del siglo XX (que continúan existiendo) y del siglo XXI, vemos que el comunismo y el socialismo tenían y tienen (al menos en teoría) una dimensión acusatoria y de denuncia (que se traducía en su oposición al establishment liberal y/o conservador, sostenedores del capitalismo) y una dimensión propositiva (sustituir el capitalismo por el socialismo). No así la mayoría de populismos, que tienen una dimensión antiestablishment pero que carecen de una dimensión propositiva. El comunismo y el socialismo tenían y tienen (de nuevo, al menos en teoría) una cohesión ideológica y, por lo general, un objetivo común. Y su visión afectaba y afecta todas las dimensiones de la actividad política, incluyendo elementos como el sentido nacionalista, identitario. La visión de izquierdas de la nación, por ejemplo, es distinta a la concepción de nación de las derechas (influenciadas por los establishments económicos y financieros dominantes). La nación, en su versión comunista o socialista, es la colectividad formada por gente normal y corriente cuyo bienestar es el objeto esencial de la función pública, asignándose los recursos según la necesidad, y exigiendo recursos según la habilidad de la ciudadanía. La extensión de los derechos sociales, laborales y políticos era un componente esencial para conseguir el empoderamiento de la clase trabajadora en su camino hacia el socialismo. Fue precisamente en aquellos países donde tales derechos fueron más universales, cubriendo a toda la población, donde se cuestionó la continuidad del capitalismo. El caso más claro fue Suecia, con las reformas Meidner, que hubieran podido alcanzar uno de los objetivos más importante del proyecto socialista: la propiedad colectiva de los medios de producción. El neoliberalismo fue la respuesta del mundo empresarial y financiero que fue aplicada por los gobiernos de derechas (aunque también por los gobiernos socialdemócratas), que consiguieron debilitar el universalismo, solidaridad y seguridad en el mercado laboral (como ampliar privatizaciones de su estado del bienestar y reformas laborales que rompieron con la seguridad y protección social del mundo del trabajo), lo que  creó la inseguridad, punto básico para el surgimiento de una ultraderecha de base obrera antiinmigrante, hecho facilitado por el enorme crecimiento de la inmigración, como ocurrió en Suecia, que alcanzó unos límites sin precedentes en aquel país. La inseguridad laboral y otras medidas neoliberales son condiciones necesarias para el crecimiento del movimiento antiinmigrante.

El nacionalismo (la defensa de la identidad nacional) de derechas tiene, sin embargo, otra orientación. Lo caracteriza una visión mística, totalitaria, excluyente, racista (o etnicista) y clasista, identificando los intereses nacionales con los intereses de las clases dominantes. Se me dirá, con razón, que el nazismo se definió como nacionalsocialismo. Y adoptó medidas como las políticas de pleno empleo, las cuales eliminaron el paro, entre otras. Pero la promoción de tales propuestas, así como la narrativa obrerista de su relato, era precisamente parte de su estrategia para parar y destruir el comunismo y el socialismo. De ahí el apoyo y financiación en los países donde surgió el nazismo (y, por cierto, también el fascismo) de tales movimientos por parte de las élites financieras y económicas. El nazismo y el fascismo salvaron el capitalismo y a los capitalistas de la amenaza del socialismo y del comunismo. Este fue su objetivo. El caso español es un claro ejemplo de ello. La Falange (el partido fascista), junto con la Iglesia, fue uno de las instituciones de mayor represión durante el régimen franquista contra el comunismo y el socialismo.

El gran fracaso de las izquierdas y su autoría en el desarrollo y expansión del neoliberalismo como causa del crecimiento del mal llamado populismo

Ante esta realidad, la pregunta que debe hacerse es: ¿cómo es que estos sectores de la clase trabajadora votan a la ultraderecha y no a los partidos tradicionalmente enraizados en las clases trabajadoras, como son la mayoría de partidos de izquierdas? Y la respuesta a la pregunta es muy fácil, pues gran parte de los partidos gobernantes de las izquierdas fueron también responsables de la aplicación de las políticas neoliberales, las cuales incluyen las políticas de reforma de los mercados laborales, las políticas de austeridad, los recortes y las políticas facilitadoras e incentivadoras de la globalización. De ahí que tales partidos, que han sido percibidos (correctamente) por estas clases populares como los responsables (junto con los partidos gobernantes de otras sensibilidades) de las políticas que les han hecho tanto daño, hayan ido perdiendo gran apoyo popular. La adaptación de los partidos socialistas o socialdemócratas al neoliberalismo ha sido una de las principales causas del crecimiento de tales movimientos populistas.

El descenso del apoyo popular y electoral a tales partidos de la izquierda y su sustitución por los partidos populistas explica que hayan estado surgiendo nuevas sensibilidades dentro de las izquierdas que estén intentando canalizar este enfado popular (que es justo, lógico y predecible), respondiendo a las demandas fruto de esta queja. Bernie Sanders en EEUU, Corbyn en el Reino Unido, el nuevo movimiento de izquierdas alemán Aufstehen, el PG de Mélenchon en Francia, y Podemos y sus confluencias en España (tales como En Marea y Catalunya en Comú) son un ejemplo de ello. Ahora bien, definir a estos movimientos como populistas es un gran error. Ni que decir tiene que la visión del populismo como “enfrentamiento del pueblo contras las élites” tiene validez, pero solo hasta cierto punto, pues el pueblo tiene clases sociales, géneros, razas y nacionalidades con intereses distintos que distan de ser coincidentes. Encontrar elementos en común es el gran reto de tales movimientos, pero dentro de un objetivo común que permita relacionar todos los tipos de explotación, para lo cual se requiere la transformación profunda de las sociedades capitalistas actuales para permitir y facilitar una nueva sociedad (que no llegará en el año A, més M, día D), sino que se irá construyendo (destruyendo) día a día según la correlación de poderes en cada país. Todos estos movimientos de la nueva izquierda salen y están enraizados en las izquierdas. Llamarlos populistas es un intento de identificarlos con otras formaciones de claro sentido derechista.

La situación en España

Todo lo que he dicho es aplicable a España. Si el PSOE no hubiera dejado de desarrollar medidas socialistas, es probable que no hubiera aparecido Podemos. Las políticas económicas aplicadas por el PSOE eran neoliberales en extremo (las recientes declaraciones del ministro de Economía más influyente en el PSOE, el Sr. Solchaga, criticando el movimiento de los pensionistas, acusándolos de ser injustos en sus demandas y en sus quejas, son un ejemplo de ello). Podemos ha sido y continúa siendo un punto de referencia internacional, pues España es uno de los países donde este mal llamado populismo ha sido de izquierdas. De ahí la importancia de lo que ocurre en tal formación política. El reciente artículo de Illueca, Monereo y Anguita en Cuarto Poder (“¿Fascismo en Italia? Decreto dignidad”, 05.09.18) creó un gran revuelo, con críticas injustas en su mayoría, pues se malinterpretó como una defensa de la coalición de gobierno italiana, asignándole la definición de fascista. Es cierto que el título y el estilo provocadores del artículo no fueron suficientemente cuidadosos y dieron pie a tal confusión. Pero lo que el artículo señalaba era que las políticas discutidas de carácter proteccionista eran casi las mismas que estaban cuestionando la hegemonía neoliberal existente en el establishment político-mediático europeo. Ahora bien, dicho artículo generó una muy necesaria reflexión de que hoy hace falta otra izquierda que responda con mayor radicalidad al enfado existente entre las clases populares de estos países. El gobierno Trump, por cierto, también ha realizado propuestas copiadas de la izquierda de Bernie Sanders, como el proponer que el porcentaje de materiales utilizados en los automóviles que se produzcan en el país con materiales procedentes de él sea muy elevado. Ahora bien, definir a la coalición gobernante en Italia como fascista me parece poco riguroso, aunque sí que tiene – como la tienen muchas características del populismo de derechas – semejanzas al fascismo: la visión autoritaria escasamente democrática y el racismo nacionalista de la Liga Norte (partido de la coalición que influenció en su día a amplios sectores del pujolismo en Catalunya), son claramente antidemocráticos.

Los grandes límites del populismo: la necesidad de combinar lo nuevo con lo antiguo

La estrategia de defensa de los de abajo frente a los de arriba (o del pueblo frente a las élites), aunque necesaria, tanto electoralmente como tácticamente, es dramáticamente insuficiente, pues no reconoce, como acabo de indicar, que no todos los miembros del pueblo tienen intereses iguales. No hay duda de que los distintos sectores de la población tienen elementos en común, y es necesario capitalizar estos puntos en común. En realidad, la naturaleza tan profunda de la crisis acentúa más las condiciones que la población tiene en común. Los recortes de los derechos sociales y laborales son un ejemplo de ello; tales recortes afectan a la gran mayoría de la población, pero no de la misma manera. Y de ahí la importancia de tener en cuenta en la estrategia política la existencia de categorías analíticas como género, raza y también clase social, siendo esta última una categoría de enorme importancia, muy olvidada en España, donde se ha aceptado la definición de nuestro país como un país estratificado en tres clases (los ricos, la clase media y los pobres), sin que la clase trabajadora aparezca por ninguna parte, asumiendo que ha desaparecido o se ha convertido en la clase media. Los movimientos antiestablishment de base obrera han mostrado, sin embargo, que dicha clase existe y está muy frustrada.

Y es ahí donde, sin repetir los errores de la izquierda tradicional (que fueron muchos), hay que recuperar categorías de análisis hoy olvidadas u ocultadas, pues la realidad muestra que siguen teniendo valor. En realidad, el enorme espacio que las clases medias ilustradas (personas con educación superior) tienen en las instituciones representativas, incluidos los partidos políticos, facilitó su conversión al neoliberalismo. De ahí que las alianzas de lo nuevo con lo antiguo –incluidos algunos partidos anteriores– sean esenciales en los nuevos partidos. Antiguo no es sinónimo de anticuado. En ciencias (y no deberíamos abandonar el deseo de utilizar la ciencia como determinante de las políticas públicas) hay muchos principios fundamentales que son muy antiguos pero no anticuados. La ley de la gravedad es muy antigua y, sin embargo, no es anticuada. Si no se lo cree, salte de un cuarto piso y lo verá. Lo que le pasó a la socialdemocracia es que saltó del cuarto piso creyendo que eso de las clases sociales ya no serviría, y se estrelló. Lo antiguo da conocimiento de lo ocurrido y de dónde venimos. Echarlo por la borda es un error. Y ello tiene tanto que ver con la recuperación de la memoria histórica como con la narrativa y en el tipo de análisis que se utiliza para entender nuestra realidad. Olvidar categorías de poder como clase social o la relevancia del socialismo es semejante a negar la ley de la gravedad. Espero que estas notas contribuyan a corregir este error.