Pensamiento crítico

Estamos muy lejos de resolver el problema de la pandemia

El personal del Ministerio de Salud prueba a una mujer para detectar COVID-19 en el complejo residencial Samanes 7 en el norte de Guayaquil, Ecuador, durante la pandemia de coronavirus, el 19 de abril de 2020.- Jose SANCHEZ / AFP

Existe una percepción bastante generalizada, en los establishments político-mediáticos que gobiernan los países a los dos lados del Atlántico Norte (Europa y Norteamérica), de que la pandemia de la covid-19 se está ya controlando y resolviendo dando pie a una relajación de las medidas preventivas que los gobiernos habían estado promoviendo (tales como la utilización de mascarillas, el mantenimiento de distancias entre personas y muchas otras) y que están ya casi desapareciendo. Ni que decir tiene que la masiva (o casi masiva) vacunación de la mayor parte de población en la mayoría de países de esta parte del mundo ha sido un factor determinante del descenso, en la práctica totalidad de ellos, de la mortalidad y de las hospitalizaciones por covid-19; y que esto es la causa de tal optimismo.

Las limitaciones del optimismo actual

Ahora bien, la inmunidad prevista por las vacunas más eficaces (las que han utilizado la tecnología mNRA -Pfizer y Moderna, principalmente- no es absoluta ni permanente). Gran parte del descenso de la mortalidad por covid-19 en el Reino Unido, uno de los países con mayor porcentaje de población vacunada contra la enfermedad, se ha revertido y es hoy uno de los países europeos con mayor mortalidad por covid-19, habiendo alcanzado un aumento alarmante de infecciones, y ello como consecuencia de que el gobierno conservador liderado por Mr. Boris Jonhson (lo más cercano a Trump en aquel país) ha abandonado prácticamente todas las medidas preventivas bajo el lema de defender la libertad.

Tal como también hacía y hace Ayuso en Madrid, el grito de libertad se presenta como la defensa de un supuesto derecho -la libertad de cada uno de hacer lo que le dé la gana-, que puede provocar la muerte de otros sin frenos ni cortapisas. Como indicó el presidente Biden en Baltimore (EEUU) hace unos días, "el grito de libertad es el derecho a hacer lo que uno quiere, sin frenos, a costa de la vida de los demás". La incoherencia de tal eslogan - "Viva la libertad, aunque cause la muerte"- es parecida a la del infame grito del criminal fundador de la Legión Española, el general Millán Astray: "¡Viva la muerte!, ¡Muera la inteligencia!"

Hay pandemia covid-19 para rato

El conocimiento científico actual indica que tendremos epidemia covid-19 durante bastante tiempo, y la causa de ello es que no se están tomando las medidas necesarias para resolverlo. Hoy la comunidad científica sabe cómo controlar la pandemia y recuperar una cierta normalidad. La evidencia de ello es abrumadora; pero no se están tomando las medidas para así conseguirlo, y la mayor causa de que ello sea así es política. No hay la voluntad política para hacerlo; y ello como consecuencia de que los agentes que podrían llevarlo a cabo tienen excesivo poder sobre los establishments político-mediáticos, que toman o dejan de tomar las medidas necesarias para hacerlo.

Un problema mundial no se puede resolver a nivel local

Cuando la pandemia apareció, varios científicos de la International Asociation for Health Policy indicamos que al ser una pandemia (es decir, una epidemia a nivel mundial), debería ser obvio que la solución no sería local, sino que requeriría que fuera mundial, y la realidad así lo está demostrando. Aunque la mayoría de la población en Europa y Norteamérica está ya vacunada (o en vías de estarlo pronto), esto no le garantiza que no puedan enfermar o morir de la enfermedad. La variante Delta ha mostrado que los virus están cambiando constantemente, y aparecerán nuevas variantes que serán incluso más dañinas que Delta (como ya está ocurriendo con la variante Delta plus, incluso más contaminante), variantes que pueden surgir de las poblaciones no vacunadas, que son la gran mayoría de la población mundial.

A este nivel citado, cada 100 personas han recibido nueve vacunas en una sola dosis, frente a las 155 vacunas por cada 100 personas que se han administrado en los países ricos; y este déficit es incluso más acentuado en los países de bajas rentas, llamados pobres (que son la mayoría), pues solo el 4% de sus habitantes ha obtenido algún tipo de vacunación. En otras palabras: el 96% de la población pobre mundial no está vacunada.  Es solo una minoría de la población mundial, la que vive en los países de renta superior -los ricos-, los que han sido vacunados (y están sentados sobre la cúspide de un volcán -la población mundial no vacunada- que está explosionando y afectando su supervivencia a diario).

¿Por qué en la mayoría de países del mundo no se está vacunando?

Por extraño que parezca, el problema de que la mayoría de la población mundial no esté vacunada no es la falta de recursos. Existen los recursos para que la gran mayoría de la población pudiera estar ya vacunada a mediados o final de 2022. El lector se preguntará, entonces, por qué esto no está pasando.

Hasta hoy, las vacunas más exitosas en prevenir la muerte y la enfermedad grave de covid-19 (Pfizer y Moderna) se están produciendo en EEUU y en Europa, poblados por una mínima población mundial. Ambas vacunas fueron producidas con subsidios públicos, sin los cuales no se habrían podido producir; pero los estados, en lugar de hacer las vacunas ellos mismos, contrataron a empresas privadas para que lo hicieran. Estas empresas venden ahora el producto a los estados ricos, que los distribuyen a sus poblaciones originando unos beneficios descomunales a los empresarios de estos productos farmacéuticos (según el New York Times, 23 de octubre de 2021), nada menos que 23 billones de dólares (utilizando la terminología estadounidense) solo este año.  Solo una minoría de sus productos llegan a los países de mediana y baja renta. Los precios, por cierto, son también escandalosamente altos.

"Caridad cristiana" o "competitividad política" tampoco son la solución

Las leyes del mercado que rigen las leyes de producción y distribución de los productos farmacéuticos son responsables de millones y millones de enfermos y de millones y millones de muertos en el mundo debidos a la covid-19. Una predecible respuesta a esta cuestión ha sido la constitución de organizaciones de países ricos que donen vacunas a los países pobres, y así alcanzar a la población que vive en tales países. Es ahí como los gobiernos de los países ricos, para limpiar su conciencia, hablan del "sacrificio" que hacen donando tales vacunas, a través, primordialmente, del proyecto llamado COVAX, que es, como indicó hace unos días el Financial Times, 25 de octubre de 2021, dramáticamente insuficiente. Este proyecto, inicialmente propuesto por Sudáfrica e India, era un intento de canalizar donaciones y recursos procedentes, en su mayoría, de los países productores de vacunas anti-covid-19 para resolver el problema de los países no productores de tales vacunas. (Ver Vicenç Navarro: "La irresoluble pandemia requiere cambios más profundos de los que se están considerando para evitar su cronificación". Público, 17 de agosto de 2021). Tal ayuda es, en realidad, parte de un marketing político, utilizando estas transferencias de vacunas como medida de promocionar a los sistemas políticos donantes.

La utilización de la pandemia para fines políticos: la nueva Guerra Fría

Existe una nueva guerra fría (llevada a cabo en el terreno ideológico) entre países autodefinidos como "demócratas" y países "autoritarios" (definición utilizada por los primeros para desmerecer a los segundos, la mayoría de ellos en el mundo del subdesarrollo y, muy en especial, China). En este escenario, los primeros están, de momento, perdiendo.

EEUU, que es el país del mundo, más golpeado por la pandemia, y ha padecido 670.000 fallecimientos y 42’2 millones de contagios, ha donado solo 160 millones de vacunas a países de renta baja y medio-baja (referidos generalmente como países pobres o subdesarrollados). El presidente Biden sin embargo, intentando recuperar la imagen del presidente Roosevelt (que defendió en su día a los EEUU, durante la segunda guerra mundial, como "el arsenal de la democracia"), presentándose como "el arsenal de vacunas para el Planeta", prometiendo 1.000 millones de vacunas (500 millones Pfizer) a los países pobres, que es una cifra que, de llevarse a cabo, es significativa, sobre todo a través de COVAX. Pero en tanto en cuanto a lo que se ha proveído, como a lo que se acaba de prometer, China ha aportado muchas más vacunas al  mundo del subdesarrollo (desde setiembre del año pasado, 770 millones de ellas), y prometido además mucho más: 2.000 millones a lo largo de este año, habiendo sido esta "ayuda" como parte de acuerdos bilaterales, y no, como en el caso de EEUU, a partir de acuerdos y organismos internacionales como COVAX (aunque incluso en COVAX, las ayudas chinas hayan sido significativas (550 millones de dosis, habiendo prometido, el gobierno chino, 100 millones más para este año).

Sin desmerecer la importancia de estas aportaciones por parte de los dos bandos de esta nueva guerra fría, el hecho es que además de ser insuficiente, esta ayuda reproduce una dinámica de competitividad política que dificulta la resolución mundial del problema.

Es obvio que así no se resolverá el citado problema. La solución requiere ir mucho más allá y tocar lo intocable: la propiedad del conocimiento y del capital. La solución pasa, en parte, por la socialización del conocimiento (al menos durante la pandemia, subrayando que el conocimiento es público, puesto que fue el dinero público el que lo hizo posible), poniéndolo a disposición de todos los países, incluso los de mediana y baja renta (la mayoría en el mundo). En realidad, tal transmisión del conocimiento científico es una práctica constante hoy en el mundo. La mayoría de productos farmacéuticos genéricos (genéricos son los mismos productos comerciales una vez la patente de los mismos ha dejado de existir), se hace en países de renta baja y, como se ha documentado por expertos en la tecnología MRAP, el proceso de producción de tales vacunas MRAP es incluso más sencillo que el empleado en la producción de vacunas ampliamente utilizadas como la del SIDA.

El beneficio empresarial continúa siendo el principio sacrosanto del sistema mundial en gran parte del mundo.

Las empresas farmacéuticas se oponen con toda intensidad, y por todos los medios, a la eliminación provisional   de las patentes que les garanticen los exuberantes beneficios empresariales; y se presentan todo tipo de argumentos (cada uno de escasa validez) para parar tal petición, a la cual, por fin, el Papa Francisco acaba de añadir su voz (y digo por fin, porque ha tardado año y medio en decir lo que se debería haber dicho en enero de 2020).

En realidad, es de aplaudir que, por fin, un Papa -el primer Papa no-europeo de la historia- pida a las empresas que sean humanas y ayuden a los que morirían en caso de que ellas no cambien de actitud: "Os pido, a las empresas farmacéuticas productoras de tales vacunas, que abandonéis las patentes, como gesto a la humanidad, permitiendo que cada país, cada pueblo y cada persona tenga acceso a las vacunas". Habría sido aconsejable que el Papa hubiera hecho la misma llamada a los establishments políticos europeos, controlados en su gran mayoría por partidos o fuerzas empresariales de derechas conservadoras, que se presentan como defensoras de la civilización europea cristiana, habiendo sido los conservadores alemanes, cristianos (señora Merkel y compañía) los que se han opuesto más a que las empresas citadas perdieran sus patentes. Lo mismo ha ocurrido en España, donde las fuerzas conservadoras supercristianas se han opuesto más a aquellas medidas.

En cuanto a las empresas, han continuado oponiéndose a la cesión de patentes, y en su lugar, anuncian que próximamente se expandirá su producción a aquellos continentes. Moderna piensa invertir 500 millones en abrir una fábrica en África (sin especificar dónde). Más recientemente, empresas solventes y de gran credibilidad científica en países pobres sugirieron que hubiera colaboración entre empresas productoras de genéricos en el mundo del subdesarrollo y empresas productoras de mRNA vacunas, de manera que los países pudieran utilizar el conocimiento de cómo producirlas y llevarlo a cabo a cambio de pagar a la casa madre -Moderna y Pfizer- los royalties por cada vacuna, medida que tales compañías tampoco aceptaron.

El excesivo y antidemocrático poder de la industria farmacéutica

El poder de la industria farmacéutica es enorme. Es uno de los lobbies más poderosos, tanto en Norteamérica como en Europa; y esto se ha visto tanto en el comportamiento tan insuficiente, como ineficaz mostrados por la Comisión Europea para conseguir las cantidades y precios de las vacunas necesarias para la población europea, que además sufrieron un  retraso en recibirse; y un tanto igual en EEUU, donde a pesar de que el presidente  Biden estaba de acuerdo en que las patentes dejaran provisionalmente -durante el período de la pandemia- de ser propiedad de las empresas productoras de tales vacunas, ello no ha ocurrido debido al gran poder de la industria farmacéutica sobre el Congreso y el Senado estadounidenses.

En realidad, hoy una de las causas de que el presidente Biden no pueda aplicar el New Deal prometido ha sido, precisamente, la oposición de dicha  industria farmacéutica (incluidas Pfizer, Moderna y Johnson& Johnson) a tal programa, en el que se regularía -en caso de que fuera aprobado por el Congreso y por el Senado- el precio de los productos farmacéuticos. Hoy, la senadora del Partido Demócrata, la señora Sinema, del estado de Arizona, es la que se opone a que el coste del New Deal lo pague el aumento de la carga impositiva de los ricos, oponiéndose también a que el estado federal intente regular el precio de los productos farmacéuticos. Sin su voto, y el del senador Menchin (representante de la industria del carbón de Virginia), Biden no podrá pasar su altamente popular New Deal social.

La solución al problema es obvia: la solidaridad es mucho más eficiente que la avaricia liberal

Toda la comunidad científica apunta a la puesta al servicio, de la mayoría de la población, del conocimiento científico y del capital necesario para la producción de las vacunas. En realidad, se ha calculado que con un coste relativamente menor (de 100 a 200 millones de dólares) se podría garantizar la producción de estas vacunas en los propios países de rentas bajas. Un grupo de expertos (en la producción de la tecnología mRNA) han  indicado  que habría ocho centros, en los citados países, que tendrían capacidad para desarrollarlas (situados en la India -el país más productor de medicamentos genéricos hoy en el mundo- Indonesia, Tailandia, Sudáfrica, Brasil y Argentina, con posibilidades en otros países), y lo que estos expertos han indicado es que, el establecimiento de tal infraestructura internacional, permitiría tener preparada una respuesta mundial a cualquier nueva variante que pudiera producirse.

En este aspecto, es esperanzador que se haya ido desarrollando, con un cierto consenso entre la comunidad científica internacional de salubristas, la percepción de que el sistema actual, liderado por la OMS, ha dado una respuesta a las pandemias que ha sido dramáticamente insuficiente; y de aquí que la urgente llamada a que, entre otras medidas, se establezca un sistema de producción, distribución y regulación de vacunas preventivas y medidas curativas de todo tipo de pandemias para poder responder y controlar rápidamente tales eventos, evitando la enorme crisis que la pandemia actual ha creado, y que continuará creando. Incluso la Vicepresidenta de EEUU, Kamala Harris, reconoció la urgente necesidad de establecer un fondo de prevención de estos fenómenos (proponiendo 10.000 millones de euros), aunque la elección de la ubicación que ella proponía (Banco Mundial) es desacertada, pues tal institución ha sido un obstáculo, más que una ayuda, al mejoramiento de la calidad de vida de la  mayoría de la población mundial, cuyo nivel de vida ha ido disminuyendo y no aumentando, como el citado banco está anunciando (ver mi artículo: "No es cierto que la pobreza en el mundo esté disminuyendo". Público, 6 de enero de 2020).

La denuncia de la situación mundial tiene que ir acompañada de la esperanza de cambio que se está ya percibiendo, resultado del enorme desencanto justificado frente a las causas políticas que sostienen un desorden internacional, que ha estado llevando a la humanidad a un desastre sin precedentes. Frente al barbarismo al que se está llegando, hace falta la movilización basada en la realización y convencimiento (avalado científicamente) de que la solidaridad es más eficiente que la avaricia liberal. Así de claro.