Opinion · Dietética digital

Trabajo (¿pornografía?) infantil

Las últimas semanas hemos tratado las infamias de la McTele, ya sea rosa o negra. Apuntamos hacia la pornificación y normalización de la violencia que fomentan los realities e intensifican las redes digitales comerciales. Esta semana ponemos de manifiesto cómo la industria televisiva y digital no tiene contemplaciones a la hora de explotar la imagen de la infancia.

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La pornografía (como concursar en un reality) se legitima con el libre consentimiento entre adultos. Y se justifica diciendo que el porno, como la McTele, proporciona placer e incluso conocimiento. Con matices, podrían ser argumentos válidos. No es fácil rebatirlos sin caer en paternalismos y acabar censurando lo que a uno le disgusta. Para aclarar desde dónde hablamos bastan dos matices. Primero, la libertad no existe sin igualdad. Por tanto, un contenido que se genere en una situación de manifiesta desigualdad entraña riesgos para el más débil o menos protegido.

Y, segundo, la supuesta pedagogía sexual del porno suele ser desinformación. Y lo que algunos llaman placer es deseo de dominación. Lo reprobable de la pornografía (o cualquier otra representación) no son las imágenes, sino el contexto en el que se producen. Partimos, obviamente, de que los contenidos no tienen intención explícita de promover la agresión y el odio.

A los publicistas de la pornografía sin matices les pediría que se imaginasen que un familiar querido les dice que trabaja —de lo que fuese— en una productora pornográfica. Y pregunto si le felicitarían tras oírle decir que allí todos hacen lo que quieren y que encima gozan. Imagino que no serán tan ignorantes como para creer que la industria del porno paga diferente según el color: los actores negros cobran menos y las actrices blancas que les acompañan, más. Las tarifas también suben con el riesgo de las prácticas o el número de protagonistas. Confío también en que mis interlocutores imaginarios no sean tan simples como para ignorar que toda representación es fingida. O tan inexpertos para creer que el placer más pleno se obtiene con extraños y en el primer encuentro.

La pornografía no es el tema de estas páginas. Y no resulta sencillo abordar su control sin incurrir en censuras injustificadas, tanto de carácter moral o legal. Ya que hay tantísima, mejor pensar en si puede reformularse de forma liberadora y placentera. No es el caso de la inmensa mayoría del porno. Aún peor, los valores que transmite han acabado dictando nuestra forma de representarnos.

Los nativos digitales se socializaron con la McTele. Aprendieron a representar papeles antes impensables. Entraban en el mercado laboral de una sociedad pornificada. Y tuvieron que asumir las reglas del capitalismo digital, que producía imágenes de placer en cadena. Esa cadena atrapa a los más débiles. La pedofilia representa el tabú, lo prohibido. Al menor de edad se le considera incapaz de consentir libremente y controlar el exhibicionismo pornográfico que practican y consumen los adultos de forma cotidiana y normalizada. El permiso paterno, sin embargo, abre a los niños las puertas de un mercado no menos obsceno.

La McTele se ha metido en las aulas. The Bully Project es un programa inglés que reparte cámaras ocultas a niños que sufren acoso escolar. Los críticos lo titularían El Gran Chivato. La denuncia importa más que la propuesta de soluciones. Reclama el castigo de los acosadores antes que la recuperación de los acosados. Espectaculariza el dolor de estos últimos y sus familias, pero se desentiende del contexto de los agresores.

Programa ‘Proyecto Bully’ emitido en Cuatro y presentado por Jesús Vázquez.

Los expertos expresan todas estas quejas a la versión española del programa que arrancó en 2017. Y las mantienen, a pesar de que la Fiscalía de Menores obligó a introducir cambios después de paralizarlo. Paradójicamente, otros productores de McTele han recibido acusaciones de acoso infantil, como la presentada contra Máster Chef Junior. Y, para mayor cinismo, la Prensa se escandalizó de las condiciones de vida de los becarios que trabajaban en los restaurantes de los presentadores-cocineros.

Los realities han invadido el ámbito escolar. También ofrecen a los niños campamentos de verano. Parodian la obra de William Golding El señor de las moscas. La muy recomendable novela en la que unos robinsones chiquitos se convierten en déspotas que adoran una deidad procina: una cabeza de cerdo coronada por estos insectos. Ofrecen una repugnante metáfora de la consideración que la McTele tiene de la infancia.

Boys and girls alone encierra una veintena de niños y niñas, de entre ocho y once años, en un campamento. Quiere mostrar cómo se relacionan y salen adelante sin sus familias. Pasaban hambre y algunos llegaron a quemarse cocinando. Esto, sumado a inevitables enfrentamientos, provocó protestas por abuso infantil y crueldad.

El trabajo infantil semiesclavo del XVIII y del XIX es consentido ahora por unos padres precarios, parados o avariciosos. No obligan a sus hijos a sacar carbón. Les meten en la fábrica de la farándula. Una carrera difícil de compaginar con la familiar, según demuestran tantas celebrities. Michael Jackson ofrece un ejemplo patético y trágico de la soledad y la orfandad asociadas a la fama. También de pedofilia sublimada y tolerada (como su “paternidad”) por su riqueza.

Ilustración por Raúl Arias.

A los niños les aterroriza la idea de perder a sus padres y madres. Por eso Disney utilizó tantas huérfanas como protagonistas, desde la Cenicienta a Rapunzel. El programa Who’s Your Daddy? usó la misma fórmula sin reparos. Una persona adoptada debía resolver la pregunta ¿Quién es tu papi?, tras convivir con nueve candidatos. Todos trataban de hacerle creer que cualquiera podía serlo. Quien le engañara le arrebataba el premio de 100.000 dólares. Este guion supone un retroceso gigantesco de nuestro imaginario social. Los relatos sobre quiénes somos y a qué podemos aspirar señalan una regresión de dimensiones civilizatorias. Al menos Disney premiaba siempre a los huerfanitos; aunque fuesen unas bestias, animales como Bambi y Dumbo.

Las generaciones que han crecido mirando a las pantallas experimentan un cambio antropológico de calado. Con la cultura oral, al aprender a hablar los niños ya tenían acceso a la esfera social y formaban parte del mundo adulto. La invención de la imprenta posibilitó la difusión de la cultura escrita y la posibilidad de la alfabetización masiva. La necesidad de dominar unos códigos lingüísticos más complejos para aprender a leer y a escribir provocaron la proliferación de las escuelas. La infancia fue, entonces, separada del mundo adulto en un espacio de protección y formación en lugar de participar del mismo trabajo que los adultos.

La televisión primero, y los móviles después están revirtiendo ese proceso. La infancia queda totalmente expuesta y desde la más temprana edad están asimilando el exhibicionismo que fomentan tanto la McTele como las redes comerciales.

El cuerpo infantil se ha convertido en mercancía y canal publicitario. Hoy Blancanieves paga por mejorar su físico y la madrastra hace dinero a su costa. Participa en Little Miss Perfect, la McTele de pequeñas de seis años que compiten en concursos de belleza. Ahí se someten a tratamientos estéticos y una estricta disciplina. Ya crecidita, la Blancanieves contemporánea concursa en Bridalplasty y acude al altar operada de cirugía plástica. Parecer otra, ajustarse al canon de belleza física, es el premio por el que compite un grupo de chicas casaderas. Es también el secreto regalo de boda que se lleva la triunfadora. Acude al bodorrio operada hasta las cejas para sorpresa (o espanto) del novio.

Llegados a este tramo de la escalera de la fama, el siguiente ya se intuye. Un escalón más abajo, las mujeres pueden participar en Jenna’s American Sex Star. Sobra la traducción y quizás las explicaciones. Se busca la mejor actriz (no el actor) porno. La McTele rosa emite sexo de pago y machista. Es el trabajo que le espera a la Blancanieves digital, si queda presa en el espejo de la madrastra.