Opinion · Dietética digital

El mercado digital de los afectos

Terminamos el Menú 3 de ‘Dietética Digital para adelgazar al Gran Hermano’ con una reflexión sobre la mercantilización de los afectos, tomando como ejemplo una de las plataformas digitales de ligoteo más extendidas del mundo, Tinder. Puedes consultar el resto de capítulos de este menú, así como de todos los demás que hemos publicado tanto en este mismo blog como en Dietética Digital Libre. Te invitamos a continuar el debate en n/vuestra web.

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Tinder es una de las aplicaciones para móviles más extendidas para “conocer gente”. Algo que todo el mundo identifica con ligar. Es una red geosocial: accede a tu localización y muestra fotos de personas que están cerca. Pasándolas con el dedo, eliges si te gustan. Cuando alguien te corresponde, su imagen aparece en una sección especial (“citas rápidas”) donde podéis chatear. Se parece bastante a algunos programas de McTele rosa. Señores y señoras, que apenas se “conocen” por Internet, aceleran el flirteo y mantienen “citas rápidas”.

Nada es gratis. El precio para chatear en Tinder es hacerse “usuario activo”. Para que te correspondan hay que darle “me gusta” a otros usuarios. Debes estar en el mercado y ampliar tu demanda de afecto y/o sexo. Esto aumenta las posibilidades de encontrar a alguien y acorta el tiempo de que esto ocurra. Cuantas más personas digas que te gustan, más posibilidad tienes de gustarle a alguien en menos tiempo. El amor digital se ajusta a una ecuación sencilla: más es más. Prima la promiscuidad. Y es lógico: se trata de acumular el mayor número de datos y construir todos los perfiles de consumo imaginables; que en este campo son infinitos.

Nadie es quién para juzgar el tipo de amor, sexo o relaciones que se establecen en las plataformas digitales. Tampoco se trata de defender la monogamia, la castidad o el celibato. Son opciones tan válidas como cualquier otra si aumentan la autonomía personal y la capacidad de decidir. Se trata de autogestionar nuestros cuerpos: ser quien uno decida, con quien(es) le venga en gana o decida comprometerse. Respetando, claro está, la voluntad y los derechos de los demás.

No está mal (ni de más) ampliar las posibilidades de encontrar a alguien a quien querer o acompañar, para establecer una relación en pie de igualdad, del formato que sea. Pero conviene revisar si esto es así. Si decidimos lo que queremos recurriendo a lo que se ha convertido en un modo frecuente de ligar. Conviene identificar la clase de relaciones que favorecen estas plataformas y quién se lleva siempre (sí o sí) la mejor parte. En fin, propongo reconsiderar qué estamos haciendo, con las premisas básicas de una educación sentimental. ¿Para qué? ¿Con qué promesas, riesgos y garantías?

Buscando ser correspondidos, podemos vernos mover el dedo a izquierda y derecha, seleccionando imágenes de personas que no conocemos. Nuestros gustos se van almacenando en bases de datos. A partir de ahí, con programas de reconocimiento se calculan los ingredientes que determinan el atractivo sexual. Por ejemplo, la superficie de piel de las fotos que “nos gustan” señala cuánto nos atraen los desnudos y de qué parte del cuerpo.

Procesamos emociones en un banco de datos. Nos mueve el ansia de “conectar” y “gustar”. Parecemos muy activos, pero en realidad somos pasivos. Dejamos que hagan cosas con nosotros. Nos ofrecemos a los dueños de Tinder para que comercien con nuestros gustos, exploten deseos que antes eran privados y emociones íntimas. Incluida la frecuencia con que activamos a través de nuestro móvil estimuladores sexuales que regalamos a nuestros compañeros. No invento nada. Una noticia de 2016 se hacía eco de esta posibilidad y citaba a los tribunales de justicia. Porque una cosa es vender un aparato y otra espiar al propietario, sin su consentimiento ni contraprestación alguna. Pero, vamos, nos ocurre siempre que encendemos un dispositivo conectado a la Red.

Las aplicaciones para ligar resultan cómodas. Canalizan la ansiedad por salir del aislamiento. Y ofrecen una vía bastante realista para establecer nuevas relaciones. Tratamos con gentes que existen y están cerca, no con ensueños o idealizaciones. Otra cosa es que, al verles no reconozcas la cara por la foto de la cuenta. O que constates que os separa un abismo. En cualquier caso, el fingimiento digital tiene como límite el cara a cara y a veces el cuerpo a cuerpo.

Logo de Tinder.

Lo relevante es que la función erótico-afectiva de la plataforma sirve de excusa, es anecdótica. Lo grave es que el ocio destinado a ese plano vital se transforma en trabajo no remunerado. Tiempo que quitamos a las relaciones presenciales y al placer físico. Luego los usuarios dicen que usan estas aplicaciones porque no tienen tiempo para “conocer gente” fuera de la pantalla. ¿Será que se refugian en ella?

Las plataformas digitales son especialistas en darnos soluciones. Si no tenemos tiempo para ligar, nos proporcionan una aplicación para que podamos hacerlo cómodamente desde cualquier lugar, mientras hacemos la comida o camino al trabajo. El problema está en que, en lugar de pararnos y reclamar nuestro tiempo como un derecho que nos pertenece, nos esforzamos en adaptarnos a los ritmos cada vez más acelerados que se nos imponen. Confiamos ciegamente en el solucionismo tecnológico, renunciando a plantearnos la posibilidad de resolver los problemas que nos afectan a todos juntos.

Accedemos a la aplicación a través de Facebook. Lo que revela el interés de contar con los datos acumulados en el perfil. Las redes necesitan usuarios reales. Pero interactuando con la aplicación, la identidad digital se transforma. Adquiere consistencia propia. Y esto acaba teniendo efectos reales. Por ejemplo, si una madre soltera encubre que lo es tendrá difícil encontrar un compañero sentimental que actúe de padre. Quien se declare hetero u homosexual se resta posibilidades de establecer relaciones diferentes.

Tinder y otras redes parecidas no están diseñadas para ligar, menos todavía para establecer lazos sólidos. Resulta improbable estrechar vínculos con quien expresa deseo por mantener muchas relaciones. Y la plataforma premia que sean muchas. Con razón, los usuarios que se emparejan desconfían si uno de ellos mantiene activa su cuenta. Según el filósofo Lipovetsky: “el amor aporta una valorización de uno mismo y es individualista. Eres el preferido y eso es supergratificante. No serlo es duro. El amor no es arcaico, no es un vestigio, es individualista: me ha mirado, piensa en mí”.

Tinder es, ante todo, una aplicación que crea bases de datos de por dónde te mueves, con qué frecuencia, buscando y encontrando a quiénes, haciendo qué… con información sexual muy precisa. A sus dueños les importa un bledo mejorar la vida emocional o erótica de los usuarios. Premian la promiscuidad y no fomentan la autoestima. Cuanta más gente nos guste, más posibilidades tenemos de gustar. Si así nos sentimos más libres y valorados, es porque asumimos que otros nos pongan precio en el mercado de los afectos. Y admitimos que nuestro valor sea un número: la cantidad de “solicitudes de amistad”. No la calidad ni las cualidades humanas que ofrecemos o que nos regalan los amantes.

El valor personal, lo que un ser humano puede dar de sí y compartir, no se puede cuantificar. Las redes lo reducen a algo que establecen otros. Miden y promueven nuestra capacidad de generar un conocimiento muy rentable. Sirven para diseñar campañas de marketing, seleccionar personal de forma automatizada o realizar experimentos de manipulación social. Sus objetivos no tienen nada que ver con el corazón. Tampoco con los genitales.

Tinder explota el deseo y la emoción para fines comerciales. Es posible acabar asumiendo la forma de relacionarse que propone. La verdadera manipulación presenta intereses ajenos, como si fuesen los propios. Al asumirlos aparecen consecuencias no deseadas o insospechadas. Hasta que se hacen realidad. El modo mecánico de pasar las fotos en Tinder puede resultar liberador. Abrimos la puerta a nuevas posibilidades y nos sentimos “dueños” de nuestro destino.

Un/a usuario/a de Tinder hace ‘match’ en la aplicación.

Tratar a los demás como cosas e imágenes, quita hierro al rechazo. No gustas a alguien que apenas es una foto (que supones retocada) y una lista de aficiones (que imaginas inventadas o maquilladas). Y lo contrario también es cierto. Te gusta una ficción. Resulta excitante no saber si es cierta hasta que la ves, le hablas y la tocas. En todo caso, lo que Tinder incentiva es satisfacer las expectativas de los demás.

A la larga aceptamos que es necesario “promocionarse” y “venderse bien”. Nos presentamos con selfies de nuestro atractivo físico y social. Coches y yates, viajes y playas, estas y mojitos son la clave. La imaginería de los videoclips macarras al completo. Estas aplicaciones dan a los tíos incentivos para intentar ligar en masa. En correspondencia, las chicas tienden a presentarse como objetos de deseo. Nada de esto es nuevo. Pero en el mercado digital de los afectos las reglas son otras.

Los patrones amorosos de la McTele y las redes también se representan en los espacios físicos clásicos. Por eso, en el fondo, siguen modelos parecidos y bastante conservadores. En las discotecas las chicas entran gratis: pagan entrada con su atractivo físico. Una vez dentro de algunos locales, los porteros te pasan a pistas reservadas a clientela similar. En ciertos casos, hasta el cuarto oscuro que reproduce la McTele rosa más obscena.

El reality de McTele rosa español más visto y longevo, Mujeres y Hombres y Viceversa, hace las veces de Tinder físico. Una persona se sienta en el trono y pasan por delante de ella diferentes pretendientes que ya han mostrado interés en conocerla. Simplemente basándose en su aspecto decide si hace ‘match’ y tendrá una cita. Lo que Tinder ha permitido es que todos seamos ‘tronistas’ digitales.

Una plataforma digital de ligoteo ejerce un control pormenorizado e impersonal de todas las interacciones. Tinder ha desarrollado una extensión para gente famosa, rica y guapa. Accedes porque te invita la aplicación o algún usuario VIP. Si no puntúas alto o no te abre la puerta alguien con ese estatus, quedas fuera. Hay más oportunidades para quien ya las tiene. Pero, a diferencia de la discoteca, los porteros no se dejan camelar. Saben por anticipado qué puedes ofrecer y consumir. Considerando esto, resulta que se liga con más libertad y oportunidades en la discoteca que en la Red.

Las redes condicionan la presentación y el comportamiento. Imponen un papel que debemos creer a pies juntillas para generar la mayor cantidad de datos fiables. Transforman las necesidades emocionales en datos. Y para ello incentivan determinadas normas, procedimientos y valores. A la hora de ligar, el éxito reside en ser de todos y de nadie. No debes quedarte colgado, tampoco colgarte de nadie. No conviene sentirse dueño, siquiera de ti mismo. Porque no hay que mantener gustos o valores fijos. El compromiso sobra. Ni con los tuyos. Ni contigo. El modelo lo fija el mercado.

El vídeo promocional de Tinder deja claro cuál es la chica idónea. Se ajusta a la perfección al estereotipo de la “pija que está buena”. Trabaja en una oficina, con papeles y ordenadores. No se estropea las manos con máquinas en una fábrica. Viaja a sitios exóticos y allí compra souvenirs, encuentra amantes bien plantados, ardientes pero modositos. Vive pendiente de su aspecto y se muestra siempre alegre, recatada, romántica, sensual… y, en ocasiones, como una “cortesana”. Fina y de tarifa alta, eso sí.

Este capítulo remezcla y amplía el magnífico texto de Javier de Rivera “Tinder y el señuelo digital” http:// blogs.publico.es/el-cuarto-poder-en-red/2015/07/18/tinder-y-el-senuelo-digital