Opinion · Dietética digital

El mercado de las identidades digitales

Tras dedicar un par de entradas a desmigar la práctica del selfie, esta semana abordamos la cuestión identitaria en el entorno digital y su relación con el discurso políticamente (in)correcto. Continuamos el debate en n/vuestra web.

_________________________________________________

Aparecer en un medio de comunicación impone un estatus superior. Este fue el primer efecto simbólico que identificaron los padres de la sociología de la comunicación. Ser visto en televisión o alcanzar mil seguidores en Instagram aportan un aura de singularidad y superioridad. Denotan una especie de cualidad superior que merece reconocimiento. Pero el estatus que alcanzamos suele ser directamente proporcional a los recursos de los que disponemos. La McTele y las redes dan más a quien más tiene. Y, salvo contadas excepciones, desamparan a los desvalidos.

La fábrica de identidades digitales convierte a las personas en personajes estandarizados. Aunque les presenta como únicos e irrepetibles, recibimos imágenes prefabricadas de los otros (que son “diferentes”) y de nosotros (que somos “iguales”). Subrayan presuntas diferencias y ofrecen multitud de tipos sociales que, en principio, reflejan pluralidad. Los realities presentan homosexuales, granjeros, inmigrantes, prostitutas… Pero los encajan en modelos asentados o estereotipos.

En la McTele los gays se muestran sensibles y detallistas; los campesinos, rudos y sinceros; los migrantes, bienintencionados pero desubicados; los trabajadores del sexo, como cualquier otro pero más desinhibidos. Igual que los realities, las redes buscan segmentos de consumidores y acentúan las diferencias. Convierten las comunidades digitales en granjas de datos de individuos semejantes entre sí y diferentes del resto, para personalizar el marketing online.

El filtro burbuja.

Las pantallas han ampliado el abanico de personajes visibles. Algunos exponen injusticias antes ignoradas. La violencia de género, los abusos sexuales en ciertas instituciones o el maltrato animal han cobrado presencia en el debate público. Las minorías descubrieron ser mayorías dispersas en la Red. Sus miembros, acosados o solos en su entorno, superaron el miedo y el aislamiento. Apoyados en el anonimato, denunciaron agravios. Y coordinándose expresaron nuevas identidades y demandas.

Pero la McTele y las redes son canales publicitarios, proponen un formato espectacular y sensacionalista. Las identidades digitales que promueven son lucrativas: quieren hacer dinero. Su mensaje es que cada cual consuma en su nicho particular un “estilo de vida”. Y que lo común sea el consumismo. La diversidad, por tanto, se trata con falsa tolerancia; y, en el fondo, manifiesta indiferencia.

“Cada uno tiene derecho a ser, mostrarse y comportarse como quiera; mientras deje al resto hacer lo mismo”. Prescindimos de conocer al “otro”, su contexto y motivaciones. Ni siquiera cuestionamos si es real o ficticio. De hecho, creemos que representa un papel. Y la valoración puede pasar de positiva a negativa en un santiamén. Los homosexuales acaban con la familia, los campesinos retrasan el progreso, los migrantes desplazan a los trabajadores nacionales, la prostitución es una forma de explotación degradante…

La McTele y las redes abordan la desigualdad entre las identidades contemporáneas con el discurso de la corrección política. Es superficial, porque permite pasar por encima y no incomoda a nadie. Se trata de alcanzar al mayor número de usuarios. La corrección política, además, reproduce la desigualdad. Los conflictos identitarios se plantean como escándalos culturales. Basta nombrar las problemas de otro modo para solventarlos, sin necesidad de afrontar sus causas económicas y políticas.

Cartel sobre la incorrección política y la libertad de expresión. SignArts.

Los problemas sociales, abordados así, son responsabilidad individual de quien los sufre. Se tratan con tolerancia epidérmica. Hablamos de ellos sin mojarnos; en realidad, con desinterés. No necesitamos proteger o dar recursos a los más desfavorecidos. Suficiente con dejarles que se expresen en su jerga particular y que se busquen la vida por su cuenta. Cada grupo por su lado, indiferentes e irreconciliables. Son mercados distintos y, si son opuestos, se retroalimentan al enfrentarlos.

Es importante, no cabe duda, poner en cuestión el discurso políticamente correcto. Hay que señalar que la hegemonía cultural socioliberal adoptada por la industria digital está sostenida materialmente por un capitalismo extractivo que necesita mantener -cuando no aumentar- los niveles de desigualdad para seguir engordando. El problema está en que el discurso de lo políticamente incorrecto es utilizado como excusa por los sectores más reaccionarios. Denuncian que no tienen libertad de expresión para airear sus ideas sexistas, homófobas y xenófobas, que utilizan para trollear al resto de la sociedad.

Pero, la industria digital da espacio a estos discursos porque tienen mercado. Cuando las gentes de clase baja o escaso nivel educativo incurren en la incorrección política se los tacha de atrasados o ignorantes. Pero si la incorrección es practicada por personajes con poder, entonces parece legitimada. En esos casos, el desprecio al que es diferente se convierte en señal de una identidad fuerte y libre.