Opinion · Dietética digital

Donald Trump y sus cambiazos populistas

Esta semana liberamos el primer capítulo correspondiente al Menú 5 de nuestra Dietética Digital, ‘La forja digital de un presidente‘. Pasamos a analizar a Donald Trump como el personaje que mejor ha capitalizado los realities y las redes, hasta el punto de llevarle a la Casa Blanca. Continuamos el debate en n/vuestra web.

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Donald Trump es (por ahora) el ejemplo límite de líder populista forjado en la industria digital. La tecnología, engañosamente interactiva, le permitió identificarse con la audiencia, personificar los valores de la cultura popular y, finalmente, reducir la política a un espectáculo publicitario. Cada uno de estos pasos representa un cambiazo, una suplantación y un engaño.

En 2003 Trump logró que le invitasen al programa de McTele The Apprentice, un formato donde los empresarios eligen directivos para sus negocios. Acabaría comprando el reality y convirtiéndose en el protagonista principal de la versión norteamericana. Lo fue desde 2004 hasta que arrancó su carrera electoral. Trump comenzó a trabajarse el electorado en los platós de televisión. Durante más de una década se consolidó como icono de la mal llamada cultura popular.

The Apprentice apenas alcanzó el puesto 75 de los programas más vistos. Pero Trump afirmó que era el primero de la lista. Decía que lideraba la audiencia y, de paso, al Pueblo americano. Autoproclamado celebrity, hizo de la política una puesta en escena. Retransmitió una realidad prefabricada y recabó la admiración de una audiencia a su medida. En la Casa Blanca tomó el testigo de los políticos actores (con Ronald Reagan como precursor) que se arrogan la voz del Pueblo y reemplazan a quienes se sientan frente a las pantallas. Este es el cambiazo final, el populismo que limita la política al espectáculo de la democracia digital.

Por Raúl Arias.

En democracia la soberanía reside en el Pueblo. Lo forman públicos activos que debaten y deciden un destino común. Votan y se expresan por múltiples vías, antes y después de las elecciones. La audiencia, en cambio, consume mensajes y productos (también líderes y programas políticos) que no ha generado. Si el votante es un espectador pasivo y el voto su única forma de participar, va a las urnas a aplaudir. Como un televidente, se limita a sintonizar un programa, esta vez electoral. Y le dice al aspirante a un cargo público, me gustas. Primero, desde el teclado y, después, desde la urna. Vista así, una elección ganada es una aclamación. No implica un encargo o un contrato temporal con el responsable de materializar un programa con medidas concretas.

Cuando ser ciudadano se limita a formar parte del censo electoral, el voto puede intercambiarse por otras expresiones de la opinión pública; por ejemplo, los sondeos. En 1980 R. Reagan, un personaje de escasos recursos intelectuales y mediocre carrera en Hollywood, ocupaba la Casa Blanca. Convirtió la estrategia de “hacerse público” (going public) en un resorte de su popularidad. Tras programar ciertos eventos (por ejemplo, el ataque militar a la isla de Granada en 1983) el Presidente aprovechaba la cobertura mediática positiva y después esgrimía el apoyo de las encuestas. Aprovechaba así el sentimiento de unidad patriótica que había generado.

No por casualidad, Trump, tras asumir la Presidencia, bombardeó en abril de 2017 una base del Ejército del presidente Bashar el-Asad en Siria. Provocó la muerte de nueve civiles, cuatro de ellos niños, pero en absoluto afectó el curso de la guerra. Sin embargo, durante unos días Trump pudo mostrarse desde Twitter como un presidente con agallas (frente al indeciso Obama) y enfrentado a Putin (desplazando el escándalo del apoyo electoral que le brindaron los rusos).

Los retuits de Trump avalaron su popularidad, que después confirmaron las encuestas sobre sus primeros cien días de gobierno. Este espaldarazo de una opinión pública manufacturada desde arriba era el verdadero objetivo de la operación bélica. Misiles, tuits del emperador, noticias de guerra viralizadas en la Red y encuestas hacen hablar a la ciudadanía. Desde el Pentágono se enciende la mecha y la cuenta de Twitter de la Casa Blanca difunde la versión del Presidente. Sin contraste ni filtros de veracidad. Los seguidores reemplazan a los votantes.

Si Reagan surgió de los westerns de serie B, Trump emergió de la farándula televisiva. En los años noventa del s. XX, invirtió parte de su fortuna en concursos de lucha libre y belleza. Fuerza y atractivo físico sirven de reclamo para la audiencia. Trump organizaba combates amañados y exhibía mujeres en bañador. Se proyectaba como anfitrión y juez de los gladiadores y las ninfas de Miss Universo. Ellos y ellas aspirantes al Olimpo de la fama. ¿Hay un papel más envidiable para alguien de clase baja y gustos “primarios”? ¿Alguno más deplorable (al menos de boquilla) para los que alardean de pacifistas y feministas? La batalla cultural estaba servida.

Hillary Clinton declaró: “la mitad de los partidarios de Trump podrían ponerse en lo que yo llamo el cesto de los deplorables. [La audiencia ríe y aplaude.] ¿A que sí? Los racistas, sexistas, homófobos, xenófobos, islamófobos, todo lo que se os ocurra. Y, desgraciadamente, hay personas así.” Deplorable suena muy duro. Revela una fractura social y un desprecio expresado desde una superioridad que acabó favoreciendo a Trump. Este recriminó a los políticos de Washington ser indolentes a los problemas de “la América real”. Y despreció a la élite cultural de Hollywood y del periodismo por menospreciar “los valores de la gente”.

Meme de la Alt Right que se reapropia de la frase de H. Clinton.

Trump representó en campaña electoral, con orgullo y sin complejos, el papel que desempeñaba en sus espectáculos televisados. Además, desde hacía tiempo la información política se había teñido de banalidad y distracción. A la par que los realities, considerados por muchos como un género documental, crecía el info-entretenimiento. Noticias cada vez menos informativas (que contasen algo nuevo) pero más entretenidas (divertían más) abonaron el terreno para dar el cambiazo de la política por el show populista.

Naomi Klein recordaba que el predecesor de Trump, el primer presidente afroamericano de EE.UU. había “convertido la Casa Blanca en una especie de reality show interpretado por el adorable clan Obama”. La familia de Trump rechazó vivir en la sede presidencial. Contaban con platós propios. Habían convertido las Torres Trump, sus locales de negocio y residencias, en estudios de televisión.

Trump apenas inventó nada en términos de marketing político. Entendió que desde la McTele podía irradiar una cultura popular afín a su personalidad. Era incultura para sus opositores. Pero para quienes acabaron votándole, la McTele y las redes eran el espacio que la industria digital les ofrecía para identificarse e informarse. Era el nicho de mercado que les correspondía. El billonario invirtió ahí su fortuna y aprovechó el resentimiento de los sectores más tradicionales, despreciados por la élite liberal. El nicho donde se enterraron la cultura y los valores populares se venía construyendo en las últimas décadas.

Trump seguía la estela de Silvio Berlusconi, un referente en la figura del político-empresario, que a lo largo de los años setenta y ochenta adquirió uno de los equipos de fútbol de Milán -el A.C. Milan- e importantes cadenas de televisión. En 1994 fue elegido Presidente de gobierno italiano. Los concursos y los realities, al igual que para Trump, fueron los contenidos estrella y la marca distintiva de la cadena Tele5, joya del imperio televisivo de Berlusconi, que llegó a monopolizar la parrilla televisiva italiana. Trump también adquirió un equipo de fútbol, aunque no le salió bien la jugada. Las diferencias entre ambos personajes son de matiz.

Berlusconi emitía en España Gran Hermano y las Mama-Chicho, un rijoso concurso de señoras que enseñaban los senos. Mientras, Trump protagonizaba The Apprentice, montaba Miss Universo y peleas amañadas. Los jugadores del Milan juegan con los pies y los New Jersey Generals usan todo el cuerpo. “Il Cavalieri” decía que pagaba a sus “velinas” (acompañantes menores de edad) para que no se prostituyesen. Y “Agente Naranja” presumía de tocarles gratis la vulva a las misses.

Los liderazgos populistas conservadores de Silvio y Donald se iniciaron comprando los contenidos más rentables para la televisión —retransmisiones deportivas, realities y concursos— para luego adquirir cadenas y saturar las parrillas con estos programas. El dinero de las futuras campañas electorales comenzó a recabarse en los palcos de los estadios y en pasarelas mediáticas que aseguraban una visibilidad permanente. Fundieron los negocios y las relaciones públicas. Y, después, sustituyeron la acción política por la autopublicidad. En las redes hallaron eco a su autobombo.