Opinion · Dietética digital

Trump: el tirano con la llave del negocio y los secretos

La semana pasada apuntamos las enseñanzas que obtuvo Trump de su experiencia en la McTele y cómo las aplicó a su carrera política. En este capítulo, analizamos cómo se erigió en una figura de autoridad para la sociedad estadounidense mediante su reality show: The Apprentice (El Aprendiz). Continuamos el debate en n/vuestra web.

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La McTele y las redes son dos cajas negras que solo pueden abrir los fabricantes. Los realities y las aplicaciones informáticas tienen formato de “llave en mano”. El productor de telerrealidad se reserva el derecho a elegir al ganador del concurso y a cambiar las reglas de juego en cualquier momento. Y no es casualidad que E. Snowden llame al sistema de vigilancia en Internet “la tiranía de la llave en mano”.

Quien contrata un programa de espionaje (o un reality) lo recibe ya en funcionamiento. La compañía que lo produce se ocupa de todo y asegura un mantenimiento y seguimiento exhaustivos que solo ella realiza. En consecuencia, los técnicos y directivos de esas compañías saben más y controlan mejor la aplicación (o el reality) que los usuarios e, incluso, que quienes les contratan. Les monitorizan y pueden conducirles a realizar determinadas prácticas. Alteran el contrato o se reservan un margen de acción no visible, para tener ventaja y capacidad de maniobra.

“¡Yo soy el único que sabe quiénes serán los finalistas!”, dijo Trump antes de formar su primer Gobierno. Lo mismo podrían gritar los productores de Gran Hermano u Operación Triunfo. O Trump, al mando de The Apprentice. En la McTele el resultado es impredecible, menos para el jefe, que se encarga de provocar tensión y centra el desenlace en su figura. Con Trump, el jurado está compuesto por una persona. Mejor dicho, por el patriarca y su Familia. En mayúsculas, como la mafia.

Tras asumir su cargo de presidente, Trump jugó a barajar los puestos de su gobierno. Nombró, descabalgó y cesó a varios, varias veces. Pretendía, además, que sus hijos y nuero ocupasen cargos de alta responsabilidad. Que incluso tuviesen permisos de seguridad reservados a miembros destacados del Estado y la Defensa. El clan familiar, al que nadie había elegido en las urnas, quería acceder al informe diario que recibe el presidente, incluyendo las alertas terroristas. Igual que una monarquía de la Camorra: la Familia es el Estado. Y el Estado, el negocio del clan.

Cartel promocional de ‘The Apprentice’ con la famosa frase ‘You’fired’ (Estás despedido).

La entronización de la figura de Trump como empresario arrancó en 2004, cuando siendo ya dueño y estrella de The Apprentice, alimentó la idea de que era un triunfador capaz de decidir el futuro de los demás. Se convirtió en el patrón, the Big Boss, el mandamás de los aprendices y becarios. Tenía la llave del negocio y, por tanto, del armario de los secretos.

No se sabe si las becas-trabajo que ofertaba Trump en su reality incluían las tareas realizadas por Mónica Lewinsky unas décadas atrás. A mediados de los noventa, esta becaria de la Casa Blanca practicó sexo oral al Presidente Bill Clinton en el despacho Oval. Por si acaso, Trump impuso bozales, contratos de confidencialidad leoninos, a los colaboradores de The Apprentice. Según algunas informaciones, pagarían 5 millones de dólares, si aireasen secretos o grabaciones comprometedoras. Es la cifra que señalaban en las redes quienes reclamaban más vídeos como el de Trump alardeando de agarrar a las misses por la entrepierna. Si presumía de esto ante un periodista, ¿qué no contendrán las cintas de las 14 temporadas que duró The Apprentice? Puede que sea una exageración. La cantidad de dólares mordaza, digo. O quizás no.

En el primer debate de las primarias republicanas, la presentadora Megyn Kelly preguntó a Trump si un hombre que había llegado a describir las mujeres como “cerdas gordas, perras, sucias y animales repugnantes” tenía el carácter adecuado para presidir EE.UU. Eran calificativos que el multimillonario había dedicado a algunas aspirantes a Miss Universo. Tras el debate, atacó a Kelly: “podía verse que le salía sangre por los ojos. Sangre saliendo de donde sea”. Vuelta a la entrepierna para hablar de mujeres. Un alarde de misoginia más.

Trump con la ganadora de ‘Miss Universe’ 2012, Olivia Culpo.

Según una de sus biógrafas, The Apprentice convirtió a Trump en “un gran tío, autoritario y patriarcal. Un tipo que todo lo podía arreglar, alguien en quien confiar”. Se pasó más de una década diciendo a sus futuros votantes: Te contrato por 250.000 dólares al año para trabajar en la torre Trump. Y a otros: Ahora mismo, acabo con tus ilusiones. ¡Despedido! Eran las mismas sentencias que emitía en los concursos de belleza o lucha libre en los que actuaba de juez. “Eres guapa”. “Eres fea”. O “Eres una cerda gorda”, insulto dirigido a una ex Miss Venezuela.

La señora en cuestión se llamaba Alicia Machado y Trump acabaría calificándola de actriz porno. Razón: la venezolana pedía el voto para Hillary Clinton. Acusación doble de Trump en Twitter: la candidata demócrata le había ayudado a conseguir la nacionalidad y “miren su pasado y su vídeo sexual”. Prueba de la primera acusación: ninguna, nunca se demostró que Alicia Machado lograra nacionalizarse gracias a Clinton. Prueba del “vídeo sexual”: la modelo aparecía en una escena del reality español La Granja de los famosos, manteniendo relaciones bajo las sábanas. O fingiéndolas, porque no se veía nada. Y, la verdad, tampoco ponía demasiado entusiasmo. A fin de cuentas era una birria de edredoning gazmoño, que Antena 3 emitió en horario de máxima audiencia.

Conclusión: apenas conocemos vídeos secretos de Trump, pero él airea los de quien se le enfrenta o se interpone en su camino. Esa capacidad de publicitar las comunicaciones ajenas se disparó con su llegada a la Presidencia. Desde la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) puede espiar a toda la población mundial, según probó que se hacía en su tiempo E. Snowden. Esta posibilidad aumentaría si los lazos establecidos con V. Putin en la campaña electoral (y de los existe constancia en la Red), se extienden ahora al terreno del espionaje. O si ambos presidentes logran que las redes comerciales de sus países intercamben datos. Reuniendo los registros de Facebook y Vkontakte (su transunta rusa) y de WhatsApp y Telegram (ídem) a Trump le sobran razones para sentirse endiosado.