Opinion · Dietética digital

La libertad de expresión del manicomio: Francisco apoya a Donald

La semana pasada terminamos con el menú 5 de nuestra Dietética Digital analizando cómo Donald Trump utilizó las redes digitales para alcanzar la presidencia estadounidense. Con este capítulo comenzamos el menú 6 ‘Pseudocracia: Bonaparte se hace con el manicomio’, reflexionando sobre la utilización de las noticias falsas para polarizar a las sociedades. Continuamos el debate en n/vuestra web.

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Los medios de comunicación experimentan una acentuada crisis de credibilidad. Los datos en EE.UU. son contundentes; sobre todo, entre el público conservador. En 2005, el 51% de los ciudadanos norteamericanos confiaba mucho o bastante en los medios periodísticos. Diez años después, representaban el 32% de la población y apenas el 13% entre los votantes republicanos. En cambio, uno de cada dos estadounidenses recibía noticias a través de Facebook.

Donald Trump entendió que era factible reemplazar los medios como fuente de información, ya que perdían adeptos. Y que los hábitos informativos indicaban que su caladero de votos eran las aguas territoriales de Mark Zuckerberg.

El candidato multimillonario contaba con la mitad de presupuesto que su contrincante H. Clinton. Concentró su inversión en la publicidad digital para perfiles concretos. La otra decisión clave consistió en disfrazar la propaganda de información. Si algo se ofrece como una noticia, presuponemos que los datos y hechos que presenta son ciertos. Trump aprovechó que a Facebook esto le importaba un comino. Como a él y a la mayoría de los usuarios de la red.

Hasta las elecciones norteamericanas de 2016, la veracidad de las noticias digitales alarmaba a los medios tradicionales porque no dejaban de perder audiencia. Los responsables de las redes mostraban, en cambio, indiferencia y simplismo a partes iguales. Si alguien defiende que los tripulantes del Apolo 12 jamás pisaron la luna ¿quién era Facebook para eliminar su cuenta? La compañía no actúa mientras no identifique contenidos violentos y sexuales explícitos o discursos de odio que inciten la agresión.

A finales de 2009 apareció Facebook NewsFeed (Noticias, en español) que envía una selección de informaciones recientes. La plataforma las personaliza y selecciona las “más interesantes” para nosotros. Considera las noticias que hemos leído y todos los contenidos que hayamos comentado o votado, además de la ingente información que contiene nuestro perfil permanente actualizado.

Obviamente, el objetivo de Facebook nunca fue satisfacer y alimentar nuestro interés por la actualidad. Intentaba recuperar terreno frente a Twitter, más usada para debatir temas públicos. Pero, ante todo, la compañía quería aumentar el tiempo que los usuarios pasamos en la plataforma y convertirse en la principal vía de acceso a los medios tradicionales. En 2016 ya era el canal de información prioritario para uno de cada dos ciudadanos estadounidenses. Y para uno de cada cuatro españoles, por cierto.

Los técnicos de Facebook conocen la audiencia de las noticias mejor que los periodistas. La plataforma, por tanto, disfruta de un enorme poder frente a ellos. Tiene escaneados a los usuarios de los medios antes de que entren en la web del periódico, la radio o la televisión. Conoce toda la información relevante para fidelizarlos y que ayuden a aumentar el alcance e impacto, compartiendo contenidos.

Ilustración por Raúl Arias.

Facebook Noticias quiso tomar la delantera. Después de arrebatar el público y la credibilidad a los medios, intentó convertirse en su puerta de entrada principal y acaparar más publicidad. Pero sugería a los usuarios las noticias “interesantes”, con una definición publicitaria de interés: la atención que se presta a un mensaje, independientemente del contenido y las intenciones. El negocio de las redes consiste en vender esa atención a marcas comerciales y candidaturas electorales. No en formar consumidores responsables y electores informados verazmente.

El interés público de las noticias, tal como establecen los algoritmos de las redes, lo determinan individuos pensando (más bien sintiendo) a corto plazo. Clican sin valorar el conocimiento que adquieren y sin hacer consideraciones éticas.

“Una ardilla muriendo frente tu casa puede ser más relevante para tus intereses ahora, que gente muriendo en África”. Eso soltó Zuckerberg a un periodista, explicándole el Servicio de Noticias de Facebook. Primero, reduce los intereses de la ciudadanía al interés privado inmediato (“tus intereses ahora”). Después, desvincula la relevancia de la información de la condición humana o animal de los protagonistas. Ni más ni menos. Y con estos presupuestos, acabamos en un manicomio donde quien más grita o sufre por una ardilla lleva razón. La lleva porque, como hizo Trump, hipnotiza al auditorio, soltando mentiras como puños y mostrándose tan extravagante como un demente vestido de Napoleón.

En la primavera de mayo de 2016, los conservadores y republicanos se quejaron de que Facebook News favorecía a los demócratas, liberales e izquierdistas. Así que a finales de agosto Zuckerberg despidió al “equipo de noticias populares”. Como es norma en la casa, les prohibió contar lo que había pasado. Las razones del cambio y las nuevas medidas no trascendieron. Es otra novedad frente a los medios tradicionales. Si estos carecían de transparencia, las redes actúan en la oscuridad más completa. Sus procesos, igual que sus algoritmos, tienen código cerrado. Son propiedad privada. Y prohíben la entrada.

En septiembre de 2016, trascendió que el responsable de realidad virtual de Facebook había financiado un “meme mágico” sobre el nacionalismo racista y la supremacía aria en EE.UU. El otoño se saldó con otro escándalo: la compañía censuró la archiconocida foto de la chica vietnamita que huía desnuda de un ataque con napalm. La confundieron con pornografía de pederastas. En resumen, un cargo corporativo apoyaba ideologías totalitarias y la empresa censuraba un icono antimilitarista del siglo XX. En el último tramo de la campaña presidencial, Facebook se convirtió en la principal vía de Trump para viralizar noticias falsas.

Ilustración por Raúl Arias.

A principios de noviembre de 2016, después de la victoria del multimillonario, Facebook reconoció que por la plataforma circulaban noticias falsas. Una de ellas, fabricada y difundida desde Macedonia, sostenía que el Papa Francisco apoyaba al candidato republicano. Resultó “muy popular”: se compartió al menos un millón de veces y fue vista por muchos más usuarios. Las reacciones en la plataforma a este infundio superaron a las que generaron los 19 principales medios de comunicación norteamericanos en los tres últimos meses de campaña. Las fake news de Trump marcaban la agenda electoral.

La respuesta de Zuckerberg al debate de las noticias falsas no tiene desperdicio. Se trataba, dijo, de un problema menor y casi insignificante. Sostuvo que la proporción había sido muy baja porque nunca había superado el 1%. Merece que le preguntemos. “¿Me dices que esté tranquilo porque solo un 1% de mis células están afectadas con cáncer?” Y que le recordemos: “El porcentaje no importa, es la enfermedad. Aunque 99% de mis células estén bien, tu diagnóstico es terrible”. ¿Y por qué no añadir? “Se ve bien lo que te importamos”.

Zuckerberg no consideraba grave alinear al Papa, defensor de los refugiados, con el candidato que planteaba cerrarles las fronteras. O que otras “pocas” noticias negasen la nacionalidad norteamericana del presidente Obama; algo que Trump sostuvo durante de cinco años. Tampoco importaba que acusase a H. Clinton de alcoholismo o de colaborar con tramas de pederastia. Por citar apenas tres de los infundios trumpianos más extendidos.

El dueño de la red más poderosa cree que unas cuantas informaciones falsas no pueden afectar demasiado unas elecciones. Pero si fuesen asumidas por la población y votase considerándolas ciertas, los resultados no serían legítimos. No serían válidos en una democracia. Habrían hundido su línea de flotación. Naufragaría la nave de los locos en la que nos han metido. Los más indefensos serían los primeros ahogados. Ya ocurre frente a nuestras costas.

Imaginen que Trump (u otro tirano en potencia) convoca un referéndum sobre los refugiados. La ciudadanía vota rodeada de (supuesta) información que les presenta como terroristas latentes. Una cantidad considerable del censo cree que el Papa de Roma apoya la expulsión y el cierre de fronteras. Y Trump ha logrado desplazar a los jueces que vetaban sus medidas. Los periodistas que apelan a la Constitución apenas tienen audiencias. Porque los algoritmos digitales son indiferentes a los mensajes que reivindican respeto a los derechos humanos. Aplican el mismo baremo a “una ardilla” y a “la gente muriendo de hambre en África”. Una vez olvidado el derecho de auxilio y refugio (por uno de cada dos norteamericanos o uno de cada cuatro españoles que se informan con Facebook) y con el aval del Papa, todo está permitido.

En su primera semana en la Casa Blanca, Trump prohibió a los ciudadanos de siete países árabes entrar y salir de EE.UU. Los jueces anularon la medida porque vulneraba los principios constitucionales. Bastantes partidarios de Trump pidieron realizar una consulta ciudadana. De haberse convocado, el racismo se habría institucionalizado. La impondrían los policías y los jueces “de la democracia”. La población está intoxicada por la islamofobia de los medios y las falsas noticias. Pocos votantes norteamericanos habrían sabido que ni un solo conciudadano había muerto en los últimos 40 años por ataques terroristas perpetrados por ciudadanos de aquellos siete países. Ni que los yihadistas más letales habían sido saudíes; es decir, originarios del primer país árabe que visitó Trump para venderle más armamento.

Zuckerberg consideró la noticia falsa del respaldo papal a Trump en términos de marcas personales. La calidad de la democracia o los derechos humanos son cuestiones ajenas a una empresa publicitaria. Se trata de conceptos colectivos, no atributos o rasgos individuales. Y resultan difíciles de cuantificar. No es fácil valorarlos con números. En cambio, Facebook calcula en tiempo real el valor de las marcas Trump- Presidente y Francisco-Papa en dólares. Desde su punto de vista, cuanto más debate y viralización, aunque sea de embustes, mejor que mejor. Más datos sobre los seguidores de uno y de otro. Perfiles más detallados de ambos grupos, aunque hayan enloquecido.