Opinión · Dietética digital

Pseudocracia

La semana pasada aputamos a las similitudes entre la economía financiera y la economía de la atención, predominante en las redes comerciales, así como sus efectos nocivos para el debate público. Esta semana tratamos uno de los conceptos principales de nuestro proyecto, la pseudocracia (gobierno o régimen de la mentira). Lo hacemos mediante tres términos que Trump y compañía utilizan para tergiversar y manipular la realidad: hipérbole verdadera, noticias falsas y hechos alternativos. Continuamos el debate en n/vuestra web.

___________________________________________________

Una noticia falsa se destapa contrastándola con una realidad más o menos incontestable. Y esta “realidad” se acepta porque se ajusta a unos criterios compartidos de lo que es verdadero y falso. Sin un referente y un baremo de veracidad, quien impone su versión crea pseudorealidad —una representación falsa, del griego antiguo pseudo, mentira— acorde a sus intereses. Protagoniza un reality con escenas amañadas y fraudulentas. Utiliza Facebook para difundirlas y Google le ayuda a que sean lo primero que encontramos en la Red. Si le dan el poder, el tirano de la mentira puede instaurar su particular imperio: la pseudocracia.

El autócrata mentiroso pone en escena la “hipérbole verdadera” que el público ansía oír. Y la asienta con “noticias falsas”, apoyándose en “hechos alternativos”. Las comillas son términos de la neolengua (la lengua oficial de la novela 1984) trumpiana. Señalan que la representación política se ha transformado en mentira espectacularizada. Denotan un propósito manifiesto y explícito de sortear los contrapoderes democráticos y la rendición de cuentas. Y convierten el liderazgo digital en un bonapartismo que puede desembocar en una nueva forma de tiranía. No la refrendan votantes, sino fans y seguidores.

En declaraciones al programa 60 minutos, Trump calificaba las redes de “algo tremendo: son la forma de comunicación contemporánea. No tengo de qué avergonzarme… de tener tanto poder en términos de números en Facebook, Twitter, Instagram, etcétera. Creo que me ayudó a ganar todas esas carreras en las que ellos [sus adversarios] gastaban mucho más dinero que yo.” En las redes Trump desplegó una nueva figura retórica que acuñó como “hipérbole verdadera”.

En un pasaje de “su” (lo escribió otro) libro El arte de la negociación, Trump afirma: “Juego con las fantasías de la gente… A la gente le gusta creer que algo es lo más grande y lo más maravilloso y lo más espectacular. Lo llamo hipérbole verdadera. Es una forma inocente de exageración —y una vía muy efectiva de promocionarse.” El escritor en la sombra del texto, T. Schwartz, replica: “es un engaño, él nunca es inocente. Una hipérbole verdadera es una contradicción de términos. Es una forma de decir: es mentira, ¿pero a quién le importa?”.

La exageración asegura la atención. El objetivo es “promocionarse”. El deseo y las convicciones infundadas de “la gente” validan la “inocente exageración”. Igual que en un reality. La audiencia piensa que si no fuera cierto, podría o debiera serlo. Pero una hipérbole exagera tanto, que resta veracidad a lo dicho. Por tanto, hipérbole verdadera remite a una realidad mentirosa. Está tergiversada, es parcial o no existe. Esta pseudorealidad permite manipular el voto y las movilizaciones ciudadanas.

Con los perfiles de votantes se realizan campañas personalizadas. Radicalizan los sectores afines y desincentivan a los desafectos. Trump usó las redes para formar grupos de seguidores inasequibles al desaliento y con banderas tan extremas que convertían en moderadas las propuestas más disparatadas de su programa electoral. Por otra parte, sus campañas de marketing online desmovilizaron a los votantes demócratas menos identificados con Clinton.

El uso pro-democrático de las redes en la Primavera Árabe, el 15M y los movimientos Occupy dio paso a la orquestación de movilizaciones que justificaron golpes de Estado o cambios de gobierno, aceptados inmediatamente como legítimos por EE.UU. Ocurrió de forma evidente al menos en Paraguay (2012) o en Brasil (2016). En estos casos y en la campaña presidencial de Trump, se hizo un uso intensivo de robots y cuentas falsas de Twitter y Facebook. Aumentan el ruido, pero son muy eficaces para inflar de modo artificial el enfrentamiento. Hasta el punto de que inutilizan las redes para dialogar.

Una noticia falsa es una historia completa e intencionalmente ficticia, inexacta o irreal. Apenas contiene un ápice de verdad. Ha sido escrita por desconocidos, para webs que simulan ser periodísticas. Tienen como único objetivo ganar visitas, recibir me gusta y ser compartidas. Trump afirma que el periodismo se ha transformado en el negocio de las noticias falsas. Le achaca a la prensa aquello que esta le critica. Se lo permite porque habla a varias generaciones que han sido bombardeadas por información bélica y económica que no defendía sus intereses.

Las armas de destrucción masiva solo existían en las noticias previas a la primera (1991) y a la segunda (2003) invasión de Irak. Y las noticias de la crisis de 2008 imputaron la responsabilidad a los ciudadanos por vivir por encima de sus posibilidades. En ambos casos, la prensa no desenmascaró la culpabilidad ni los beneficios de las élites. Peor aún, en lugar de apuntar contra Wall Street (la banca), los periodistas imputaron la responsabilidad a Washington (los políticos). Trump simuló que hacía frente a los corruptos, al tiempo que se dirigía también contra los informadores. Y se propuso jugar las mismas cartas —sensacionalismo, emotividad, conflicto y tensión— con la baraja propia de las redes digitales. Era consciente de la degradación y descrédito del periodismo convencional.

Los estándares de veracidad de las noticias saltaron por los aires cuando el marketing se apoderó de la información política. Desde finales del siglo XX, se venía denunciando que los comunicados de prensa y las fuentes con más recursos se usasen para redactar noticias rutinariamente. Reproducir notas y dossieres de gabinetes de prensa reducía el coste que acarrea destapar y contrastar noticias originales. Fue también la forma de competir con la información digital gratuita.

Al final, la mayoría de las noticias (digitales o no) consistían en un corta y pega de otras piezas. Casi siempre, el punto de partida y el contenido final eran mensajes publicitarios. Informar se había convertido en un ejercicio de relaciones públicas. En consecuencia, la credibilidad de la prensa entró en crisis. Y el modelo de negocio de la información entró en barrena. Trump lo sabía y lo puso en evidencia. Como buen empresario sabía que nadie paga ni cree la publicidad. Así que ¿por qué no convertir la política en un espectáculo populista, pensado para darse autobombo?

Durante la campaña, Donald Trump se refirió a los periodistas como “escoria”, “la forma de vida más baja” o “enemigos”. Amenazó con aprobar “leyes de libelo” y denunciar a los medios para hundirles con gastos legales. Llegado a la Casa Blanca, afirmó que los informadores son “los profesionales más deshonestos sobre la Tierra”. Y tuiteó: “no son mis enemigos, son los enemigos del Pueblo americano”. En una conferencia de prensa posterior les espetó: “no habláis para la gente, habláis para intereses especiales y para aquellos que se benefician de un sistema que está muy, muy roto. La gente ya no os cree. Quizás yo tenga algo que ver en ello. No lo sé, pero ya no os creen”.

Recientemente, Trump ha continuado incendiando el conflicto con los medios de comunicación. A  Jim Acosta, el periodista de la CNN que cubre la Casa Blanca, le retiraron la acreditación tras una confrontación con Trump durante una rueda de prensa. Tras un litigio, la CNN logró que readmitieran a Acosta en la Casa Blanca. Vox, el partido neofascista que está adoptando y adaptando la estrategia ‘trumpista’ en España –aconsejados por Steve Bannon, director de campaña de Trump- también están replicando este rechazo a determinados medios. En este caso, La Sexta y CTXT fueron vetados durante la noche electoral andaluza del 2 de diciembre de 2018.

Un tweet de Trump (anterior al rifirrafe con Jim Acosta) ilustra muy bien esta estrategia: “Como presidente tan activo que soy, y con tantas cosas como están pasando, es muy difícil que mis subordinados comparezcan en el podio de prensa con perfecta exactitud. ¿Sería quizás mejor que canceláramos todas las futuras ruedas de prensa y entregáramos respuestas escritas, en aras de la exactitud?” Lo mejor sería, sin duda, dejar de mentir, de inventar la realidad. Y, ya puestos, asumir la obligación de rendir cuentas.

El presidente electo del año 2000, George W. Bush, dio 11 ruedas de prensa durante el período de transición. Barack Obama celebró 18. Donald Trump no había convocado ninguna a la altura de mayo de 2017. Utiliza las redes digitales como vía de comunicación directa para fabricar una realidad “alternativa”.

Los portavoces de prensa de Trump acuñaron un término sorprendente: hechos alternativos. Los invocaron frente a los desmentidos de la prensa a la que acusaron de difundir “noticias falsas”. Les imputaban lo que ellos practicaban a mansalva. Durante la campaña, las noticias falsas favorables a Trump doblaron las que favorecían a Clinton. La cadena Fox y Facebook News fueron los principales difusores de los embustes. Y son también los únicos “medios” a los que Trump dirigió elogios.

En sus primeras intervenciones, el portavoz del gobierno de Trump, Sean Spicer, afirmó que las celebraciones populares de la toma de posesión habían sido más concurridas que las precedentes. Kellyanne Conway (asesora de prensa y responsable de algunos de los giros más agresivos de la campaña) calificó las evidencias de su jefe (inexistentes) como “hechos alternativos”. Sin aportar pruebas, Spicer también aseguró que tres millones de latinos indocumentados habían votado a Clinton. Curiosamente, el margen por el que Clinton ganó el voto popular en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016.

Estas dos fotos muestran una vista de la multitud durante las tomas de posesión del 20 de enero de Barack Obama (2009) arriba; y Trump (2017) abajo. Ambas tomadas a mediodía desde el Monumento a Washington. (AP Photo) NYAJ501

En siguientes comparecencias Conway hizo afirmaciones que contradecían estadísticas incuestionables. Aseguró que la tasa de criminalidad era la mayor de los últimos cincuenta años. Y que Trump había obtenido un margen de victoria electoral mayor que sus antecesores. Tampoco escatimó acusaciones que, además de gratuitas, resultaban ilógicas, absurdas y ridículas. Por ejemplo, que los medios no informaban de ataques terroristas.

En febrero de 2016, apoyando la prohibición de viajar a los ciudadanos de siete países árabes, Conway afirmó que dos iraquíes habían entrado en los EE.UU. Según ella, se habían radicalizado y eran “las mentes que estaban detrás de la masacre de Bowling Green”. El periodista le recordó que esa masacre nunca había ocurrido. Pero Conway permaneció inmutable. Si no había ocurrido, podría haber pasado. Y se actuaba para que no sucediese. En resumen, el recorte de derechos se justificó en la mentira. Se invocó para proteger a los ciudadanos, colocándoles a la altura de unos niños que creen en el “hombre del saco”.

Los protagonistas de las noticias falsas aireadas por Trump y su equipo encarnan a los enemigos internos y externos que hay que abatir. Los “malos” de dentro: periodistas críticos; adversarios políticos, científicos o judiciales. Los “malos” de fuera: los migrantes indocumentados, los terroristas emboscados, empresas y gobiernos extranjeros… Todos protagonizan historias inventadas. Relatos que seducen al oyente y dejan vía libre al cuentista.

Los cuentos trumpianos exageran la realidad que la gente quiere oír y se apuntalan con “hechos alternativos”. Se sostienen por sí mismos, por la desfachatez con que se enuncian y repiten. Por el miedo y la ira que provocan. El guion común a todos los embustes camuflados de noticias afirma que la soberanía de la Nación y la vida de sus habitantes están en riesgo. Y piden al tirano que actúe de cirujano de hierro: que extirpe los tumores malignos y sanee. Que desinfecte las instituciones de corruptos y limpie el tejido social de indeseables.

La pseudocracia es el gobierno de la mentira que, repetida mil veces y sin posibilidad de contrastarla, se convierte en verdad única. Al hacerse presente, en todo lugar y todo el tiempo, obliga a que los ciudadanos mientan con prudencia. Los disidentes, en lugar de callar, suscriben y vocean la mentira oficial. Si callasen, el silencio los delataría. Con más o menos matices, suman su voz al coro de manipulados. Reenvían el mensaje, le dan al “me gusta”, le ponen un emoticón complaciente… en un alarde crítico, uno irónico. Una sonrisa y un “jaja” bastan para zanjar tanto despropósito. Por tanto, la pseudocracia también es el régimen que todos sostenemos de alguna forma, más pasiva o más activa.

Los costes que acarrea desafiar la mentira oficial disuaden a quienes quieren cuestionarla. Expresada de forma masiva en las redes, inducen a compartirla y respaldarla. Por lo menos, para evitar el aislamiento. Y como consecuencia se reduce la necesidad que sentimos de expresar con fidelidad lo que sostenemos o constatamos como cierto. Disimulamos y fingimos. La mentira y el disfraz se convierten en habituales. Total, es solo en la pantalla. Pero el embuste oficial se convierte, entonces, en verdad popular. Y como suele ocurrir, la verdad popular la expresa el que manda en el campo político, convertido ahora en publicitario.