Opinión · Dietética digital

Una nueva utopía digital

El texto que publicamos a continuación es el epílogo del libro Dietética Digital. Para adelgazar al Gran Hermano. Desde hace un año, cada semana hemos liberado un capítulo, a modo de plato, hasta compartir los siete menús de esta dieta digital. Terminamos con una sobremesa en la que, como en un banquete familiar o con amigos, se genera un espacio de debate. Ojalá sirva como punto de partida para construir en común un futuro en el que las tecnologías digitales nos ayuden a ser más libres.

Gracias a Anna Monjo e Icaria, por permitirnos entregaros el libro, aquí completo, y a Público por darnos el espacio para hacerlo. Semejante generosidad no tiene precedente en este país. Gracias a quienes nos habéis seguido y compartido fogón y mantel. Estamos acabando de cocinar un Recetario de Ciudadanía Digital, para sentarnos a ver juntos una decena de (audio)visuales y compartir miradas. Os avisamos en cuanto salga de la cocina. Si queréis seguimos en n/vuestra web.

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Iba a dármelas de ingenioso (y pretencioso) imitando a Cervantes y a Jan Potocki, que escribió Manuscrito encontrado en Zaragoza, imitando a don Miguel. Los dos se inventaron que habían encontrado unos legajos anónimos y que nos los daban a leer. Yo iba a decir aquí que me habían enviado esta carta. A lo largo del libro he copiado y remezclado un montón de ideas ajenas. Reconozco las de este epílogo explícitamente porque hay pasajes calcados de un post que escribió Spideralex (hactivista y ciberfeminista) y que luego Javier de Rivera rehizo en un blog que compartíamos en este mismo diario. Les digo de esta manera que quedo en deuda.

¡Qué cansino! ¡Venga a machacar con el futuro que nos espera! Los telediarios y las series, las películas y este libro muestran un porvenir dantesco y paralizante. Pero ese futuro de mierda ya es ahora. Y nos hemos inventado un nuevo presente.

Los malos augurios tienen un punto muy perverso. Lo peor de imaginarse metida en un callejón sin salida es que nunca sales de él. Paras de andar. Te atrapas a ti misma y nunca ves la luz al final. Te resignas a vivir en las sombras.

Pues va a ser que no. No nos resignamos a un futuro con más discriminación, más maquinitas con superpoderes, más algoritmos que reproducen la mentira y la desigualdad. Hemos reventado las armas de destrucción matemática, dándoles la espalda y la vuelta. Los algoritmos apuntan ahora contra el Gran Hermano que alimentábamos. Sigue ahí, claro. Pero lo tenemos a dieta.

No era cierto que tuviésemos que sacrificar nuestra libertad para cebar una maquinaria tecnológica que no entendíamos. Hablaban de transparencia, innovación y participación para registrarnos y cuantificarnos. Nos aislaban y reagrupaban para volvernos piezas intercambiables. Estábamos etiquetadas hasta por la manicura de los pies. Pero nos tenían a sus pies.

Cada vez que nos conectábamos, aumentaban los beneficios de unas pocas empresas o el valor electoral de un par de candidatos. Los productos se distinguían por la marca y los políticos por el nombre. Pero no sabíamos lo que comprábamos y ni a quien votábamos. Nos tangaban en el mercado y en las urnas. Como ocurrió siempre, pero alardeando de que escogíamos lo que queríamos. Y, encima, asumiendo que eso era todo lo que nos merecíamos.

No fue una decisión consciente. Nos fuimos porque nos aburríamos. Encender la tele se convirtió en un muermo. Por saturación, abandonamos Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat, WhatsApp… y lo que vino después. Nos hartamos de quemar horas y dioptrías frente a la pantalla. Entendimos que, al final, siempre veíamos lo mismo. En la tele, una pantomima de la vida. Más cruel que la vida misma, para que nos acostumbráramos a lo peor. O pintada de colorines, para que olvidásemos nuestras grises existencias. En las redes solo circulaban idioteces convertidas en memeces. Memes para tenernos divertidas y cabreadas. Entretenidas con pantallas.

Nos resultaba imposible distinguir noticias, anuncios comerciales y propaganda electoral. Así que pusimos todos los filtros de privacidad que permitían las aplicaciones. Y quedó claro, entonces, para qué servían. Muy pocos contenidos nos sorprendían, divertían y contaban algo nuevo. Pero las aplicaciones no paraban de preguntarnos si podían acceder al micrófono, a la cámara… a la geolocalización del móvil.

Así que cerramos las cuentas. Porque echamos la cuenta y vimos que no compensaba. Pasábamos más tiempo seleccionando y borrando mensajes que viéndolos y disfrutándolos. Diciendo lo que no queríamos y no nos gustaba, también lo contábamos todo. Pero no sabíamos nada. Ellos, los dueños de las redes, en cambio, lo conocían todo de nosotras. Y hacían con nosotras lo que querían. Hace una década que nos desconectamos de la publicidad y la farándula. Provocamos el Apagón de Datos Global. Mandamos las empresas que antes (mal)llamábamos redes sociales al carajo.

Ilustración por Raúl Arias.

Cansadas de podar y barrer basura publicitaria, nos dedicamos a cultivar otros jardines. No renunciamos a poner la tecnología a nuestro servicio. El mundo digital que queremos habitar lo construimos con quienes compartimos un modo de vivir. En la comunidad de vecinos, en la escuela y el instituto, en el curro y fuera de él decidimos las infraestructuras y herramientas que nos hacen falta. Luego las desarrollamos. Las probamos, mantenemos, transformamos y mejoramos. Nuestra vida cotidiana también ha mejorado.

Me levanto por la mañana sin el móvil. Ya no duermo con extraños. Sueño sola o acompaño mis sueños con quien yo elijo. Casi no hay ondas wifi atravesando la casa. Descansamos más y mejor. Liberamos la máquina de café y el frigorífico del “Internet de las cosas”. Se acabó aquello de mandar todos nuestros datos a las grandes corporaciones en tiempo real. Ya no le informo de mi consumo de cafeína y queso a Starbucks + Monsanto. Pedimos lo que necesitamos a la cooperativa de autoconsumo. Ahora sabemos lo que comemos, a quién pagamos y qué hace con nuestra pasta.

Sobre la mesa, al lado del café, hay una tableta fabricada para durar toda la vida. Como todos los dispositivos, está encriptada por defecto. Proviene de una fábrica local de tecnologías que está aquí cerca. No solo producen cacharros, los reparan y reprograman. Dan talleres para aprender a hacerlo.

Conseguimos ilegalizar la obsolescencia programada. Ya no venden aparatos que apenas duran un par de años. Sigue habiendo guerra, hambre e injusticia para extraer recursos y producir tecnología. Pero los tiempos de paz y bienestar duran más. Y consumimos menos. Intercambiamos y reciclamos piezas. Los equipos y los programas hace tiempo que son libres. Y cerramos las puertas traseras a los intrusos que venían a fisgar. Ahora sí que nuestra casa es una república independiente. Pero forma una federación con otras muchas. Aprendimos a soñar, construir y habitar pueblos, barrios, ciudades, planetas y otros mundos posibles. Y en cada uno de ellos caben otros muchos.

En la escuela generamos nuestras claves de cifrado. Protegemos la vida privada y las relaciones más íntimas. Sabemos lo que valen, por el valor que nos dan. Nos conectamos y estamos con quien queremos. Ya no transportamos anuncios y propaganda al aula, al patio, a casa, a la habitación… a la cama. Decidimos qué compartimos. Y lo más importante: para hacer qué.

En primaria usan algunas tecnologías anticuadas. Luego, más adelante, aprendemos a encriptarnos con nuestra huella sonora, cantando la canción preferida. Jamás la descubren. Nunca está entre los 40 Principales. Puede ser la nana que cantaba la abuela o las rimas que compusimos ayer.

Todos los buscadores son libres y vienen configurados para no informar por donde navegamos. El rumbo lo marco yo. Mejor dicho, nosotras. Tejemos redes basadas en la confianza personal no en la fama. Compartimos ideas y debates, decidimos qué necesitamos y ponemos recursos para llevarlo a cabo en común.

No fue fácil llegar hasta aquí. Creían que podían hacer con nosotras lo que quisieran. Y lo intentaron con todas sus fuerzas. Hasta que se encontraron con las nuestras.

Autoproducimos y autogestionamos muchos bienes y servicios. Empezamos generando energía y lo más básico. Acabo de tomar el café y activo mis captores de viento, luz y agua. Esto me obliga a pasar bastante tiempo lejos del teclado. No estoy siempre conectada. También yo recibo aire, sol y humedad. A veces siento que cada día brotan cosas nuevas, a cada instante. Ahí afuera encuentro gentes y proyectos a los que unirme.

Ilustración por Raúl Arias.

Nos conectamos en redes privadas que cifran todo y esconden la localización. No estamos marcados por la huella digital. Somos libres para hacer contactos y fijarnos metas. Mantenemos las infraestructuras tecnológicas según nuestras posibilidades, habilidades e intereses. Hacemos talleres para cacharrear y reciclar. Sabemos cuánto consume cada dispositivo y conexión, quién lo produce y con qué consecuencias. Ensayamos vías para difundir, modificar y aplicar la tecnología a nuestras necesidades.

También dimos mil vueltas hasta que supimos reconocer las aportaciones que hacemos todas y cada una de nosotras. Recibimos dinero o contraprestaciones, según el valor que aportamos a la comunidad. No nos valoramos solo con billetes. Importan más los cuidados que nos damos y cuánto contribuimos al bien común. Nos juntamos según nuestras competencias. Y al unirlas logramos más poderío, alegría y fuerza de hacer cosas juntas. Juntas configuramos los pequeños sistemas de inteligencia artificial y algoritmos que necesitamos. Juntas tejemos redes de información, curro y ocio que nos hacen más libres.

Hemos creado monedas y empresas propias. Los CEO de las corporaciones tecnológicas tuvieron que aceptar que habían agotado el filón del Big Data. Se quedaron sin mineros. Porque aprendimos a crear bienestar, no solo riqueza para unos cuantos. Ahora controlamos al jefe, repartimos los beneficios y decidimos dónde invertirlos. Colaboramos con empresas y grupos afines, montamos cooperativas y redes de autoapoyo. Muchas se basan en intercambios mutuos. Al fin somos patronas y dueñas del fruto de nuestro trabajo. Y también de nuestro ocio.

Logramos hacer telerrealidad, selfies y broadcasting en serio, divirtiéndonos de lo lindo. Producimos realities que denuncian la desigualdad. Concursamos para acabar con ella. Gozamos en ese empeño. También imaginando todo el placer y conocimiento que podemos darnos. Los selfies y los canales de youtubers ya no son para famosos de chichinabo. Nos retratamos para dejar testimonio de lo que nos indigna. Pero, sobre todo, de lo que celebramos juntas. Para juntarnos más y más veces. En la indignación y en la alegría. Con deseos no programados.

Desde pequeñas canalizamos el deseo de divertirnos en videojuegos que programamos nosotras y localizamos en el entorno próximo. Desertamos de las guerras, los centros comerciales y los burdeles donde nos metían antes. Ahora hacemos del barrio, la granja o la empresa una realidad virtual en la que podemos intervenir. Programamos mundos posibles con menos fronteras y más puentes. En las pantallas abrimos espacios para encontrarnos en el mundo que habitamos. Y para ensayar el que seguiremos construyendo juntas.

Transformamos nuestro deseo de saber en gestión colectiva de los datos que las corporaciones habían acumulado durante décadas. Cuando se hundieron, colectivizamos los bancos de datos. Los entregamos a las universidades públicas y a investigadores independientes, ligados a proyectos comunitarios. Descubrimos la forma de afrontar mil dolores pequeños y enfermedades graves. También aprendimos mucho sobre las causas del dolor social, en gran parte provocado por los que controlaban nuestras comunicaciones.

Y filtramos por partida doble. Filtramos las noticias que recibimos, con portales para verificarlas. Y filtramos toda la información que recabamos de los poderosos en nuestro propio trabajo. Les arrancamos la careta y desnudamos. Mostramos la obscenidad de su forma de hacer dinero con nosotros. Denunciamos que intentan seguir arrebatándonos la energía, el conocimiento y la creatividad que compartimos. Ya no les regalamos nuestra capacidad de desear y hacer. La empleamos para liberar información y conectarla con equipos jurídicos y organizaciones de afectadas. Un escándalo ya no es más mierda, sino una ocasión de hacer limpieza.

Los jueces y abogados dejaron de defender a los amos de los algoritmos y los datos. Ya no se ocupan de las patentes de los aparatos y programas que nos encadenaban. Ahora les pagamos para garantizar el derecho a informarnos, expresarnos y compartir contenidos con libertad. Internet la gestionan los estados con leyes más avanzadas en garantizar la neutralidad y el anonimato. Deciden por consenso, sin atender las imposiciones de los mercaderes y los espías.

Apenas se ven ya apocalípticos con fobia a la tecnología. Ni tecnofrikis que la veneran. A nadie le importa aquello que llamaban “el último modelo de iPhone”. Porque las marcas y la tecnología son nuestras. Y, como nosotras, no tienen propietario. Y Gaia, la Madre Tierra, está fuera de peligro. Como los lobos de Yellowstone hemos sido capaces de cambiar el curso de los ríos. Recordadnos. Nos quedan tantos mundos por crear.