Dietética Digital para salir del confinamiento

Un suculento veneno

Cada sábado hablaremos de una película, una serie, un reality o un cómic sobre tecnología digital. No son para devorar de una sentada: "10 series que no te puedes perder en la cuarentena".

Basta de atracones digitales. Degustemos cada pieza. Comentándola para aplicarlas a nuestras vidas, antes de pasar a la siguiente. Una a una, con los más próximos, presencial o virtualmente.

Desarrollemos hábitos y herramientas digitales para el bienestar individual y colectivo. Sentémonos juntos ante la pantalla.

Seguimos proponiendo una Dietética Digital para adelgazar al Gran Hermano y que, ahora, nos libere del confinamiento digital.


Proponemos ver el primero de tres episodios de Black Mirror. La serie presenta el relato tecnológico dominante. En este capítulo, abordamos como la industria digital formatea nuestros deseos más íntimos. En los venideros, trataremos los rankings digitales que establecen una jerarquía social y las celebrities que alcanzan poder político.

Se supone que la ciencia ficción marca los límites de nuestra imaginación sobre el futuro. Pero el creador de Black Mirror, Charlie Brooker, dice que su serie retrata "la forma en la que vivimos y en la que podemos vivir dentro de 10 minutos por torpes". Pues bien, esos diez minutos ya han pasado. Esta misma semana, Brooker se planteó terminar la serie porque ha sido superada por la realidad.

La ciencia ficción más representativa de la última década presenta la distopía de un futuro (casi) inmediato que ya ha llegado. ¿Por qué niega "el mundo feliz" que prometen las corporaciones digitales? Pues porque la crítica apocalíptica es una estrategia de mercado muy exitosa. Conecta con los miedos que sentimos y las disfunciones que provocan los dispositivos actuales. La fascinación y el terror impiden pensar otro modo de relacionarnos con la tecnología. Pero nos mantienen pegados a la pantalla.

Materializando nuestro miedo tecnológico, Black Mirror no sirve de alarma que convoque a construir otro mundo. Niega que sea posible. Invita a aceptar el actual, asumiéndolo como resultado inevitable de nuestra "torpeza". Brooker ya nos retrató como zombies de los realities. No es extraño que piense en dar un giro humorístico a sus proyectos. El espanto y la risa, bien guionizados y representados, tienen mercado seguro, pero producen parálisis.

Las pantallas nos inundan con visiones catastrofistas, bien nihilistas o cínicas. Casi ha desaparecido el "ciberpunk", donde los protagonistas plantan cara o venden cara su libertad a las corporaciones que han tomado el planeta. El No future era aún una negación de un porvenir odioso. Ahora avala y consolida un presente distópico: vemos la distopía que vivimos. Y, como en el capitalismo, toda la responsabilidad recae en los usuarios. En Black Mirror las "innovaciones tecnológicas" son prolongaciones incuestionables de nuestra naturaleza. Y las echamos a perder por "torpes".

La COVID-19 supera la ficción de Black Mirror. Si hace un año nos hubieran enseñado el capítulo que ahora protagonizamos lo habríamos considerado irreal. Confinados en casa, nos comunicamos casi en exclusiva a través de las pantallas. Saldremos del encierro mediante la vigilancia y el rastreo digital de nuestros movimientos. Y la "nueva (a)normalidad" tecnológica comienza a parecernos "natural".

¿De dónde provienen nuestros sueños o pesadillas tecnológicas? ¿Solo de nuestros impulsos naturales? Endemol es la productora de Black Mirror y fue pionera de los reality shows con Gran Hermano. La telerrealidad hace falsos documentales de nuestras miserias y la ciencia ficción las proyecta en un futuro que es presente. Detrás está un mismo modelo de negocio y de cliente. Netflix, que emite Black Mirror, al igual que los realities explota nuestros datos para ofrecernos contenidos en bucle que nos mantengan confinados a un presente-futuro dominado por el "Gran Hermano". Para evitarlo, necesitamos utopías impulsadas por deseos digitales que nos pertenezcan. Participemos asegurándonos tomar parte, siendo parte activa de la nueva normalidad. Esta vez sí, acorde a la Naturaleza.

En el episodio que comentamos hoy -Vuelvo Enseguida- (2x01) vemos los problemas que acarrea desear algo que, en el fondo, no queremos; o que, por ignorancia o insensatez, acaba perjudicándonos. El "deseo digital" inducido se parece mucho a una fe tecnológica con tres dogmas: consumismo desenfrenado; sacralización de los dispositivos y deseo de perfección.

Cartel promocional del episodio "Vuelvo enseguida" de Black Mirror.

La tecnología puede y debe mejorar la calidad de vida de las personas: reduce el tiempo y la carga de trabajo rutinario o peligroso, amplia nuestras capacidades y potencia nuestros deseos. Pero en el episodio que comentamos, la tecnología se propone cruzar la última frontera humana: la muerte. El trauma de la protagonista, tras morir su pareja, se alivia con una versión virtual (un clon) de su amado. Lo reconstruyen con la huella de datos que dejó su identidad digital.

Quizás no todos queremos vivir eternamente. Pero seguro que caeríamos en la tentación de resucitar a quien más amamos. Si es posible y podemos pagarlo, ¿por qué no?

El episodio plantea preguntas de calado. ¿La identidad digital se corresponde con la "real"? ¿Quién posee los datos que dan forma al deseo digital? ¿Qué define a un ser humano? Convertir toda la realidad en datos y modelarla con inteligencia artificial rompe la frontera entre lo natural y lo artificial. Si no queremos perder el sentido de la realidad debemos pensar qué límites ponemos y dónde.

Partamos de que nuestra identidad digital es falsa, no nos representa. Nuestros perfiles en las redes -mal llamadas- sociales están cargadas de optimismo y pensamiento positivo que aumentarán nuestra popularidad. ¿Quién quiere compartir dolor online? Mejor las fotos de cuando éramos críos y los chistes fáciles. Las pantallas recortan, seleccionan y presentan fragmentos descontextualizados – idealizados como mercancías - de nuestra vida, que así ponemos en venta.

En las plataformas corporativas nos McDonalizamos, fabricamos en serie nuestra identidad y perfil digital: buscamos la eficacia calculando nuestras ganancias en likes o retuits. De paso nos hacemos más previsibles y fáciles de controlar. Nos entendemos a nosotros mismos y a los demás como objetos de consumo. Practicamos el individualismo posesivo: "aquí, yo y mis...". "Compartir" experiencias se ha convertido en egoísmo exhibicionista y prepotente. Pero, en realidad, es un trabajo invisible, no remunerado e incesante de minado de datos.

Ni controlamos ni rentabilizamos nuestra huella digital. Los datos que generamos en las plataformas pertenecen a sus dueños. Y esta valiosa información sirve luego para vendernos la mercancía que cumplirá nuestros deseos. O eso creemos. ¿Cuántos deseos desbocados o infundados se deben al poder que atribuimos a la tecnología? El solucionismo tecnológico-la creencia de que la tecnología solventará nuestros problemas- es la doctrina que pregona la industria digital. Parchea (nunca colma) nuestras necesidades. Antes identifica nuestras vulnerabilidades, las acentúa y se lucra, saca el máximo beneficio de ellas. Si no, no habría negocio.

Ya estamos viviendo una realidad virtual (paralela) en la que pensamos que todo – incluida esta pandemia - se arregla con el dispositivo o la aplicación adecuada. Pero la desmesura de esta fe tecnológica revela la impotencia para soportar (no digamos cambiar) la realidad.

Estar conectado no es positivo en sí mismo. Menos aún si preferimos la hiper-conexión a la inter-conexión, la cantidad a la calidad. Facebook y compañía prometen conectarnos globalmente en una única comunidad. Y este episodio de Black Mirror plantea la posibilidad de "reconectar con los muertos". ¿Acaso no es esta la tarea de la religión; término que viene de re-ligar?

El capítulo plantea la viabilidad del transhumanismo, una ideología a medio camino entre la ciencia y la religión. Propone "superar" al ser humano fusionando la biología y la tecnología. El objetivo último es la inmortalidad: trascender la humanidad eliminando el límite natural de la muerte.

Pero ¿quiénes disfrutarán de ese privilegio tan deseado entre las élites de Silicon Valley? ¿Y si los datos que les regalamos alimentan a una inteligencia artificial dedicada a que unos pocos vivan eternamente a costa de los demás? Más que transhumano, el solipsismo digital y extremo es inhumano.

Este delirio pseudorreligioso se palia cuando los ingenieros trabajan con filósofos para sopesar las implicaciones éticas de sus inventos, y "humanizar" nuestra relación con la tecnología digital. Urge ralentizar el avance tecnológico -hasta sopesar su alcance- y dejar de evaluarlo únicamente en términos económicos.

La tecnología se desmitifica mostrando cómo funciona. Esto exige recorrer el camino inverso desde el producto que nos venden hasta su diseño original. Así podemos valorar si es necesario y desvelar los intereses de los productores. El consumo funcional ("lo uso porque funciona") suspende nuestra capacidad de juicio. Y nunca debiera impedir la producción crítica ("lo fabrico porque lo necesito"), para no supeditar la razón a la emoción, sino que se equilibren. Las tecnologías digitales no satisfarán nuestros deseos y necesidades, pero sí pueden ayudarnos a conocerlos y cumplirlos. Lo conseguiremos limitando nuestro deseo digital y su formateo empresarial.

Podemos emprender ya mismo algunas acciones. El navegador Firefox (de la fundación desarrolladora de software libre Mozilla) cuenta con una serie de complementos que dificultan el rastreo. Privacy Badger (de la Electronic Frontier Foundation -EFF- pionera en la defensa de los derechos digitales) bloquea los rastreadores y te informa de ellos. Panopticlick, también desarrollado por la EFF, te muestra quien te monitoriza y señala como reducir la exposición online.

Pero la responsabilidad individual debe asentarse en límites jurídico-legales que nos protejan como ciudadanía. Igual que para afrontar la COVID-19, no podemos evitar contagiarnos o infectarnos, ni salir del confinamiento, sin leyes, ayudas o medidas redistributivas y solidarias. Como ciudadanía activa y organizada, somos responsables de defender nuestros derechos digitales, al menos la propiedad de nuestros datos. Contamos con marcos como el Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea (en vigor desde 2019) y su aplicación en España con la Ley Orgánica de Protección de Datos y Derechos Digitales. Y no podemos tolerar más restricciones provisionales que, una vez adoptadas, se perpetúan para siempre. El Decreto Ley de 2019 que permite cortar el acceso a la Red y cerrar webs sin autorización judicial previa es un precedente pésimo de las medidas de rastreo propuestas durante el COVID-19. A la "mordaza digital" le puede seguir una vigilancia prorrogada y extendida a otras áreas, más allá de la sanitaria.

Una ciudadanía digital consciente, crítica, activa y organizada vela por sus derechos. Empieza promoviendo el marco legal que los blinda. Continúa, ejercitándolos, que es la mejor forma de defenderlos. Y exige que los los estados y las corporaciones los respeten. La propiedad de los datos es apenas un primer paso de nuestra autonomía y soberanía tecnológicas. Además construyamos iniciativas sociales e infraestructuras públicas que garanticen su condición de bien común.


Como decíamos, Black Mirror está disponible en Netflix . Animamos a compartir las cuentas de la plataforma con familiares y amigxs. Sugerimos algunas opciones para ello: el complemento Netflix Party (la pega es que solo funciona en Chrome); y la plataforma Kast. Si alguien conoce mejores opciones estamos "deseosos" por conocerlas.

La semana próxima propondremos otro episodio de Black Mirror, centrado en la capacidad de los algoritmos para establecer un ránking digital para valorarnos a nosotros mismos y a los demás. Si deseas seguir comentando este episodio y la anterior entrega, escríbenos a info@dieteticadigital.net