Dietética Digital para salir del confinamiento

Comida que da hambre

Por Víctor Sampedro / Pedro F. de Castro

Cada sábado hablaremos de una película, una serie, un reality o un cómic sobre tecnología digital. No son para devorar de una sentada: "10 series que no te puedes perder en la cuarentena".

Basta de atracones digitales. Degustemos cada pieza. Comentándola para aplicarlas a nuestras vidas, antes de pasar a la siguiente. Una a una, con los más próximos, presencial o virtualmente.

Desarrollemos hábitos y herramientas digitales para el bienestar individual y colectivo. Sentémonos juntos ante la pantalla.

Seguimos proponiendo una Dietética Digital para adelgazar al Gran Hermano y que, ahora, nos libere del confinamiento digital.


Proponemos un segundo episodio de Black Mirror, "Caída en Picado" (3x01). En el anterior, vimos que la industria digital promete satisfacer nuestros deseos más íntimos. Pero antes intenta moldearlos y gestionarlos: quiere anticipar nuestra demanda y sacar el mayor rédito. Ahora, veremos que los algoritmos nos sitúan en un ranking que determina nuestra categoría social.

Pensemos en la monitorización digital de la COVID-19. Las repercusiones no son solo individuales: saber si estamos enfermos o podemos contagiar a otros, y, en función de ello, si tenemos más o menos libertad de movimiento.

La semana pasada afirmábamos que la ciudadanía debe defender sus derechos digitales ejerciéndolos. Lo hará conservando la propiedad de los datos que genera y gestionándolos como un bien común. En el marco de la pandemia, las iniciativas digitales para detectar y aplanar la curva pueden ayudarnos a recuperar la libertad de movimiento. Pero de poco nos servirá si renunciamos a la privacidad de nuestros datos. ¿Es este el precio que debemos pagar?

Llevamos casi dos décadas pagando muy caros los servicios que las plataformas digitales nos vendían como gratuitos. Justo cuando la crítica a su modelo de negocio y las disfunciones que provoca era más alta, puede instalarse definitivamente la hipervigilancia digital y extenderlas más allá de las cuestiones sanitarias y para siempre. Un análisis sereno de las herramientas actuales sostiene que se nos están mintiendo sobre su efectividad y sus consecuencias no deseadas. Y que se nos presenta una "teatralización de la seguridad", como expone el experto en seguridad informática Bruce Schneier.

Una opción más que razonable es no instalar ninguna aplicación de rastreo que no podamos "matar". Es como los desarrolladores llaman a eliminar una app, junto con los datos que hemos generado. Y lo sostienen quienes más saben, como la experta en seguridad digital, Paloma Llaneza, desde una tribuna como la Fundación Telefónica.

La monitorización digital es una realidad y el problema no es tanto los datos que recoge, sino quien los recaba, con qué fines y bajo qué control. La tecnología empleada importa, pues los sistemas centralizados dan más poder (y también más vulnerabilidad) al centro que registra y analiza los datos. Y el código cerrado impide controlarlo. Escamotear este debate conlleva la imposición por la vía de los hechos de los monopolios corporativos. Ante la incapacidad de las instancias nacionales e internacionales para establecer protocolos estandarizados y monitorear la COVID-19; Google y Apple propusieron el sistema más extendido. Finalmente, es descentralizado y de código abierto por presión de las organizaciones civiles y de expertos que velan por los derechos digitales.

En Occidente avanzamos por la senda emprendida hace tiempo en Asia. En China, Alibaba y Tencent extendieron los sistemas de pago digital (Alipay y WeChat, respectivamente) en toda suerte de actividades y contextos; incluidas las limosnas. Actúan como semáforos, otorgando a los ciudadanos chinos un código QR verde, amarillo o rojo. La connivencia del Estado chino con las corporaciones nacionales ya era patente antes de la pandemia. El "crédito social chino" despertó comparaciones instantáneas con el episodio de Black Mirror que proponemos a continuación.

Lacie, la protagonista, vive en una sociedad que era futurista antes de la COVID-19. Se gobierna por un ranking digital que va de una a cinco estrellas. Ante un aviso de desahucio, Lacie necesita aumentar su puntuación para comprar la vivienda de sus sueños. La boda de una antigua amiga (una cayetana superpija y supercelebrity) le brinda la ocasión de mejorar su popularidad, y, en consecuencia, la puntuación necesaria para una vida idílica. La presión que este estilo de vida le impone, así como la falta de empatía y solidaridad, le colocarán en una situación desesperada.

Cartel promocional del episodio "Caída en Picado" de Black Mirror.

Asistimos, como clientelas espectadoras, a la cuantificación de todos los aspectos vitales. Los algoritmos son conjuntos de operaciones matemáticas con reglas definidas, ordenadas y finitas para realizar una actividad determinada. Los algoritmos otorgan un valor numérico a cada interacción en el entorno digital. Así, los algoritmos (corporativos y privativos) transforman cualquier contenido en datos que puedan monetizar. Los usuarios se convierten en números. Y, en función del valor asignado, tienen más o menos visibilidad según las reacciones que generen en su entorno. Estas reacciones se convierten en datos... y vuelta a empezar. Es comida que da hambre.

Este uso de la tecnología digital además genera desigualdad acumulativa. En las redes triunfa quien resulta más lucrativo, que suele coincidir con quien más tiene: ya sea dinero, seguidores, carisma o conocimientos. Compartidas, imitadas y admiradas en las pantallas, las desigualdades de partida aumentan. La comida son los otros, ganarse su atención.

Las redes -mal llamadas- sociales reducen complejas interacciones sociales a un puñado de likes, favs y retuits. Esta cuantificación nos lleva a gestionar nuestra identidad digital como una marca. Bajo las normas de la McDonalización - eficacia, cálculo, previsibilidad y control; ver el post anterior - actuamos como "emprendedores de nosotros mismos". Nos creemos una start-up, aspirando a convertirnos en el próximo "unicornio". Vendemos, pues, nuestra identidad a cambio de una marca digital con derecho a ciertos "privilegios".

Pero, al hacerlo, nos sometemos a un baremo algorítimico que desconocemos. Y, sin embargo, instrumentaliza, monitorea y mercadea con cualquier interacción y relación social. Su falta de respeto a la dignidad humana equipara el mercado de Big Data a otros mercados "repugnantes" u "odiosos" (como los denomina la filósofa Debra Satz), como el de órganos humanos. No en vano, ponemos en venta el órgano humano por excelencia: el libre albedrío, la capacidad de determinar y hacer lo que nos venga en gana.

Si asumimos el espíritu empresarial de las celebrities, al menos no nos engañemos. C. Tangana es diáfano (y brillante) cuando afirma "me considero un empresario". Actuamos como franquicias de realities y redes. La economía financiera se apodera de nosotros: abrimos una cuenta o una web sin ningún valor real en el presente. Y creyendo que crecerá en el tiempo, "invertimos" esperanzas, imaginación, deseos, tiempo... dioptrías. Y, así, agobiados por el siempre pobre balance y el nunca suficiente retorno, nos definimos con un lenguaje financiero y psiquiátrico que comparte palabras como "pánico", "prueba de estrés" y "depresión".

Parecemos entidades financieras, que invertimos en activos de futuro y en un mercado fraudulento, controlado por unos pocos. Buscamos la popularidad adulterando el pasado y sacrificando el presente ante unos algoritmos diseñados para mentir: viralizan lo más extremo.

El mercado digital de futuros está trucado, funciona según el modelo de la estafa piramidal. Esta economía de los afectos y vínculos digitales lo cuantifica todo y establece categorías sociales. Refuerza el individualismo, expandiendo la competencia a todos los ámbitos. Nada vales como punto de partida y el de llegada lo determina el darwinismo social. Sobrevive el más "más válido" que es el "más validado", según unas métricas donde los individuos siempre son inferiores o superiores, nunca iguales. Un mundo escindido entre ganadores y perdedores, distinguidos e indistintos. En última instancia, esta falsa meritocracia destruye los verdaderos lazos sociales. Nadie cuida de nadie desinteresadamente, sin una bonificación a cambio. Y, una vez que empiezas a descender en la escala, no hay nada ni nadie real debajo que te sustente. Igual que en una estafa piramidal "caes en picado"… Y solo se salvan los banqueros; bueno, las tecnológicas que, a su vez, están en manos de fondos de inversión.

En el capitalismo cognitivo las corporaciones digitales intentan rentabilizar nuestra experiencia completa: secuestran la atención, achican espacios y tiempos presenciales; explotan, en suma, nuestras actividades y vivencias en forma de datos. Esto ha acabado siendo la tan celebrada "sociedad de la información y el conocimiento": datos ingentes en pocas manos, escaso pan y demasiado circo. La sociedad se diluye en clanes dominantes y competitivos. Las conexiones ni informan ni ponen en relación, entregan un conocimiento exhaustivo y profundo de nosotros mismos al que no tenemos acceso.

La hipervigilancia en la pandemia ha superado el panóptico carcelario. Es el modelo arquitectónico de prisiones con forma de red centralizada: desde un puesto central un solo vigilante ve el interior de todas las celdas. Pero, como muestra el episodio, nos vigilan y vigilamos a los demás en una forma de control social distribuido. Nos (auto)controlamos y controlamos a los demás. Este estado de (in)seguridad nos convierte en delatores (in)conscientes. Así lo hemos vivido, encarnado en la "policía de balcón" que increpaba a quienes "se saltaban" el encierro. Ahora llevamos esos policías en el bolsillo.

Una ciudadanía digital participa en el debate de sus derechos digitales. Sin un enfoque maoísta o corporativo encontramos aplicaciones digitales más respetuosas con la privacidad, como TraceTogether en Singapur. Utiliza la tecnología Bluetooth para realizar un rastreo descentralizado y puntual de los dispositivos digitales. Iniciativas similares se han propuesto en Europa, con el "Pan-European Privacy-Preserving Proximity Tracing" y el "Decentralized Privacy-Preserving Proximity Tracing". Desde el MIT (Massachusetts Institute of Technology), proporcionan un "kit de privacidad" con aplicaciones para ciudadanos e instituciones.

Spoiler: Recuerden que quienes (como los igures en China) tienen la puntuación digital más baja acaban encarcelados. Igual que Lacie al final del capítulo [min 57] que comentamos. Intercambia "libremente" sus opiniones con otro detenido en forma de insultos, desde celdas transparentes. La cárcel del futuro-presente es un espacio de expresión libre, entendida como agresión verbal. Las celdas dan más libertad que los móviles. Y la corrección política disimula el odio social.

Bola extra: El punto de inflexión, para un episodio más optimista, pudo ser el encuentro con una camionera que se ofrece a ayudar a Lacie [min 37:30]. Estigmatizada como "maniática antisocial" por su puntuación (1,8), no la oculta. Afirma que así lo "decidió". Llegó a puntuar 4,6 (de 5) "vivía para ello […] todo lo que trabajé". Hasta que su marido falleció por carecer de las estrellas exigidas para recibir un trasplante: "muy caro, muy exclusivo", solo para quienes alcanzaban 4,4 (tenía 4,3). Entonces se dejó "caer en picado", aunque lo describe como un vuelo libre. Se puso en modo avión para "perder de vista a los estúpidos… sacarte los zapatos y caminar por el aire". Elevó la mirada del móvil y, con ello, su perspectiva vital.


Black Mirror está disponible en Netflix. Animamos a compartir las cuentas de la plataforma con familiares y amigxs. Para ello disponemos del complemento Netflix Party (la pega es que solo funciona en Chrome); y la plataforma Kast. Si conocéis otras opciones (más abiertas y libres) estamos encantados de conocerlas.

La próxima semana propondremos otro episodio de Black Mirror. Hablaremos de la antipolítica de las celebrities que explotan la economía de la atención y la desconfianza institucional. Algo bien manifestado también en la pandemia. Si quieres comentar este episodio, escríbenos a info@dieteticadigital.net