Dietética Digital para salir del confinamiento

La juventud se sienta a la mesa

Por Víctor Sampedro / Pedro F. de Castro

Sábado de Dietética Digital con Generation Like, un documental sobre la identidad y los rankings digitales de youtubers y otras celebrities juveniles. Douglas Rushkoff, académico experto en comunicación y cultura digital, habla con ellos. Y vemos que las corporaciones digitales y las marcas rentabilizan su actividad. Les conceden poca autonomía y reciben escasos o dudosos beneficios. Son las estrellas de "la economía del bolo": la gig economy, donde los trabajadores se llaman colaboradores y no precarios temporales.

El documental muestra una galería de personajes y un completo relato colectivo de la juventud digital(izada). Desmiente el empoderamiento, fruto de que las redes permitan "a los jóvenes expresarse por ellos mismos" y "con voz propia". Detrás apenas hay (auto)explotación laboral pura y dura. Disimulada con la retórica de "compartir gustos y aficiones".

Cartel promocional del documental de la PBS "Generation Like".

El primer grupo con el que habla Rushkoff queda habitualmente para recomendarse cómo mejorar la identidad digital en Facebook y aumentar de likes. Se reúnen con un propósito económico: acumular capital social. Las métricas de la aprobación digital son un tipo de moneda: el like (retuit, fav, etc.). Gratificaciones instantáneas creadas por la industria digital. Acortan los tiempos de respuesta y producen una satisfacción tan inmediata como efímera: nunca tenemos bastante. Gestionan las recompensas: estandarizan, cuantifican y jerarquizan nuestras interacciones. Y esto genera una tensión competitiva: contra nosotros y contra los demás.

Rushkoff lo resume: "para los adolescentes de hoy, eres lo que te gusta". Lo que popularmente diríamos como: "dime qué te gusta y te diré quién eres". Nuestras preferencias son una marca de identidad. Y exhibirlas nos posiciona en el mundo con un individualismo posesivo. Eres lo que tienes. Eres aquello de lo que presumes que es tuyo en las redes. Y, encima, te atreves a decir que "lo compartes".

En la juventud formamos nuestros gustos y aprendemos a expresarlos. Pero las pegatinas de la carpeta escolar o los pósters del dormitorio tienen menos alcance. El muro de un perfil digital amplía la visibilidad (potencialmente) a todos los usuarios. Pero sobre todo te desnuda ante los gestores de la plataforma. La pantalla es un escaparate para exhibirnos, donde somos vigilados creyendo que monitoreamos a nuestros seguidores.

La "Generación Me Gusta" es la Generación Z (nacidos entre 1995 y 2010) o la iGeneration (adolescentes cuando llegó el iPhone en 2007). No distinguen entre identidad física y virtual. Si ambas coincidiesen, concluiríamos que son felices.

La edad adulta se relacionaba antes con salir con amigos, sacar el carnet de conducir, consumir alcohol y otras drogas, tener relaciones sexuales, etc... Ya no es tan así. La experta en diferencias generacionales Jean M. Twenge mantiene que el abuso de tecnologías digitales (entre otros factores, pero con peso considerable) se relaciona con ciertos modelos de conducta. Los "iGen" están sobreprotegidos e infantilizados. Reducen o retrasan los comportamientos "adultos" clásicos. Disminuyen sus horas de sueño y aumenta su sensación de soledad. En consecuencia, tienden más a la depresión, el estrés y la ansiedad. Y han aumentado las tasas de suicidio juvenil.

Las conclusiones de Twenge son inequívocas: a mayor uso de las actuales tecnologías digitales, más infelicidad. Y cuanto más infelices, más empantallados. Vemos un ejemplo de este círculo vicioso en Japón, uno de los países más digitalizados. Allí, un fenómeno (a)social originó la palabra hikikomori. Son jóvenes que desarrollan una fobia social aguda. Se (auto)confinan en sus habitaciones e interactúan solo con pantallas.

Ilustración por Raúl Arias.

Algunos estudios que contradicen esta crítica han sido cuestionados. Y la mayoría concluye que no es la tecnología en sí misma, sino su abuso el que provoca malestar; y que intervienen otros factores de "riesgo". Si los sufres, las pantallas mal usadas los incrementarán. Si no fuese así, Facebook y Google son los únicos que lo podrían desmentir (tendrían datos sobrados para hacerlo). Pero no lo han hecho.

El relato dominante (el de la industria digital) sigue siendo que los dispositivos y plataformas digitales "empoderan" a los jóvenes. Y estos lo han asumido, como muestra el documental. Se ha impuesto el mito de los "nativos digitales": criados entre pantallas, tienen plena autonomía y poderío tecnológico. Pero usar dispositivos que presumen de ser "intuitivos" solo aporta las habilidades para usarlos de forma irreflexiva, adictiva y nociva. La "usabilidad" amplía el mercado digital y facilita el controlarlo. Cuanto más simples sean los dispositivos, más usuarios tendrán. Y así nos metemos en "jaulas de oro" o "jardines amurallados". Los universos Google, Apple… donde a mayor comodidad, menos libertad, curiosidad y capacidad crítica.

Los "nativos digitales" del documental usan las plataformas de modo superficial e ingenuo. Ignoran que se comercia con ellos y los beneficios que generan. Se pliegan a las prácticas que parecen más "eficaces" para "su" marca digital. Pero interiorizan las exigencias de sus verdaderos dueños: los amos de las redes. Más que nativos, parecen "huérfanos digitales". No tienen referentes ni se les inculca la curiosidad por la dimensión técnica y económica de las redes. Los porcentajes de jóvenes con conocimientos de programación informática han disminuido en las últimas décadas, justo cuando más les condiciona la vida.

El "empoderamiento" digital resulta ser de las corporaciones, no de los usuarios. La "Generación Me Gusta" ni estableció ni conoce las reglas del juego. Pero juega a toda máquina, en un sinfín de dispositivos sin saber como ni por qué. Por eso, resulta revelador cuando Rushkoff enfoca a los propietarios del negocio. Eran muy jóvenes cuando programaron las plataformas: Mark Zuckerberg, lanzó Facebook con veinte años. Su lema entonces era "Move fast, break things". Dos décadas después, su compañía afronta sus peores momentos de imagen pública. Demasiado rápido, demasiado destrozo. Zuckerberg: "un sociópata que ha institucionalizado la sociopatía" (S. Galloway).

Internet se abrió hace 30 años a la sociedad con la World Wide Web. Y ahora asistimos a una lucha de clases digital. Simplificando mucho, una élite de ingenieros y emprendedores posee los medios de producción y distribución (plataformas). Y una masa de usuarios – el "precariado" - trabaja a destajo, extrayendo la materia prima (datos) de la que se enriquece la clase "dominante".

La juventud asume esta jerarquía algorítmica como un "orden natural". Se aburre de acatarlo (por ejemplo, de competir con las celebrities de Instagram) y cambia de plataforma (para, por ejemplo, "hacer el bobo" en TikTok)… Y luego cambiará a otra red. Este disciplinamiento social se disfraza de libertad, pero solo quienes acumulan muchísimos followers, likes, etc. logran transformarlos en dinero. Representan un ínfimo porcentaje de quienes pasan las horas de luz y sueño ante el brillo de las pantallas.

Rushkoff también acompaña a algunos jóvenes que están abajo en el escalafón digital. Un prometedor skater y una aspirante a cantante buscan hacerse un nombre y ganarse la vida exhibiendo su talento. Pero él acaba siendo un bromista de mal gusto; y ella, cosificando su cuerpo y aspirando a ser una influencer. Las redes repiten los modelos de los realities: lo original acaba formateado como un estereotipo exhibicionista.

Los ganadores del "reality digital" son pocos. El videoblogger Tyler Oakley atrae marcas publicitarias que le pagan por promocionarlas. La publicidad tradicional era anunciada por celebrities del cine, la televisión o la música. Ahora existe un canal perfecto para publicitarse. Los propios consumidores hacen el trabajo promocional. Lo ilustra muy bien en el documental Ceili, una fan(ática) de Los Juegos del Hambre. Que apenas da abasto ni recibe nada a cambio.

Imagen de Ceili, una de las protagonistas de "Generation Like".

Realizamos un flujo continuo de actividades no remuneradas, mal pagadas o (en el mejor de los casos) retribuidas de forma variable e incierta. La mayoría de las veces no se ve dinero. Y, si ocurre, es en pequeñas cantidades. En todo caso, no se aseguran ingresos continuos. Y, en este contexto, a los trabajadores digitales les cuesta percibirse como tales.

Considerando las cuentas activas de Facebook, uno de cada tres habitantes del planeta trabaja para Facebook. Pero lo hace fuera del contexto y el concepto de trabajo. La relación empleado-empleador desaparece . Y surge una nueva tipología laboral: freelance (autónomos de los sectores creativos); micro-remuneraciones (unos céntimos a cambio de clicks anunciando a una marca); amateurismo profesionalizado (fans convertidos en anunciantes); y ocios monetizados (hacer ejercicio repartiendo comida). Todos, mineros de datos. Las redes presentan estas actividades como vías de placer y autoafirmación. Pero al convertir en productivo el tiempo de ocio, se lucran de la (auto)explotación juvenil.

La ciudadanía digital necesita pasar a la acción. Pensemos en otra "plataformización". Hay alternativas no-comerciales a Facebook, Youtube, Twitter o Instagram. El Fediverso es una federación de plataformas libres. Donde había un Facebook, ahora podemos elegir entre friendi.ca o Diaspora. En lugar de Youtube, tenemos Peertube. En vez de Twitter, Mastodon y GNU Social. Y como sustituto de Instagram, existe Pixelfed. Lo mejor y más emocionante: están conectadas entre sí, respetan la privacidad y nos reconocen propietarios de los datos.

La primera barrera para usar estas herramientas es bien conocida: "nadie las usa". Pues empecemos a hacerlo juntos y juntas. Otra excusa: "son más complicadas". Entonces aprendamos colectivamente, enseñándonos unas a otros. Apenas necesitamos un poco del tiempo que nos tiramos scrolleando en bucle para curiosear y entender como funcionan. El código abierto y libre reconoce que están en constante perfeccionamiento: nos dan la posibilidad de mejorarlo en común. Y no olvidemos que necesitamos financiarlas con fondos públicos, impuestos y sanciones a las corporaciones digitales.


El documental se puede ver completo y en inglés con subtítulos en español en Peertube. Si te interesa la propuesta y quieres debatirla con nosotrxs te animamos a participar en un foro de discusión online, escribiéndonos a: info@dieteticadigital.net

A Rebe, en su memoria