Dietética Digital para salir del confinamiento

Lo que la cocina esconde

Por Víctor Sampedro / Pedro F. de Castro

Un serie de ficción llamada NoReal dinamita los realities. Telerrealidad que se niega a sí misma. Ficción que documenta la vida de los camellos de telemetanfetamina. Enganchados, ellos más que nadie, a este psicoestimulante digital. Una microdosis ayuda a comprender la telebasura: dícese de los programas que (re)tratan al público como un despojo, porque quienes los hacen se sienten así. Una ex-productora de realities cocinó este docudrama gore sobre la carroña que filma la tele digital. La encontrarán también en las redes… y en campaña electoral.

Hasta ahora vimos el negocio de la industria tecnológica y nuestro papel de usuario. El más pasivo consiste en minar datos para las plataformas digitales, excavando el filón publicitario y sirviéndole de propagandistas. En cambio, el hacker-alertador representa al usuario más activo. Lo personifica Edward Snowden, flanqueado por Julian Assange y Chelsea Manning. A pesar de la represión que sufren, no han logrado confinarles. Se (re)programaron como ciudadanos digitales.

Entramos en la recta final de esta Dietética Digital para salir del confinamiento. Reprogramaremos contenidos y formatos. Y a nosotros mismos como usuarios digitales. Por reprogramación entendemos darle la vuelta a los programas televisivos y a usar y modificar programas informáticos para el bien común. Esto es alfabetización transmedia, digital y crítica.

UnReal es una serie de ficción con alarmantes dosis de realidad: evidencia el individualismo competitivo que transmite el reality show. Toda forma de entretenimiento inculca determinados valores. Y solemos pensar que los realities reflejan los mundos de los participantes: concursantes y espectadores. Sin embargo, la McTele refleja, sobre todo, a la industria del espectáculo; y no tanto a la audiencia. Se dice que esta está enganchada y manipulada por estos programas. Pero resulta que quienes la producen lo están tanto o más que los concursantes. Y acaban igual de destrozados. UnReal, con su enfoque de género, aún lo deja más claro.

Cartel promocional de UnReal.

Los realities se parecen bastante a las redes. Disimulan su función (el espectáculo irreal que proyectan y su objetivo), que es la misma. Los realities se disfrazan de documentales. Y las redes, de "sociales", siendo ambos irreales y comerciales. Elaboran y venden perfiles publicitarios. Algo que no existe en la realidad y un objetivo demasiado cutre e interesado. Por eso la McTele y las redes presumen de ser "democratizadoras" y "populares". Prometen convertir a cualquiera en celebrity o influencer. UnReal desmonta esta promesa. Coloca cámaras detrás de las cámaras. El backstage / back end, la tramoya del espectáculo digital, es su "caja negra".

El "ingrediente secreto" de UnReal: se basa en la trayectoria profesional de su creadora, Sarah Gertrude Saphiro. Una hacker del reality. Comenzó trabajando en High School Reunion. Le transfirieron a The Bachelor, otro reality de un grupo de mujeres que compiten por conquistar a un hombre. Se negó, por principios feministas. Pero el contrato le obligaba a trabajar varios años más para la productora. Estaba atrapada en un trabajo que consistía en manipular a las concursantes de forma inimaginable y nada honrosa. Todo por el espectáculo y la audiencia. Pero Shapiro se planta: no a costa de su dignidad, profesional y antes humana.

Cuando Saphiro abandonó The Bachelor plasmó su experiencia en un corto, Sequin Raze. Vean ese prototipo de lo que sería UnReal. Le sirvió para convencer a una productora, A+E Studios y a una emisora, Lifetime: orientada al "público femenino", que no feminista. A dinamitar, pues, los estereotipos más rancios sobre las mujeres, desde el vientre de la bestia.

Shapiro es la ciudadana activa y la profesional que defendíamos en Citizenfour. Hackea el reality: abre el código para que los demás entendamos cómo funciona. También hace de whistleblower alertando sobre las injusticias que comete la industria del espectáculo en su afán de lucro. Como Snowden, trabajó dentro del sistema que ahora denuncia. Lo sufrió en sus carnes y luego lo destripa, abriéndolo en canal. Y sigue en el tajo para modificarlo.

Everlasting -el culebrón de UnReal, y nombre ficticio que da Saphiro a The Bachelor- trata de un joven gallardo, rico y encantador al que un grupo de casamenteras tiene que conquistar. Ellas seducen o "se dejan". Él (las) prueba y decide consorte. UnReal reproduce lo que la McTele ofrece a las mujeres: concursos de belleza en los que tienen poco que decir y mucho que enseñar. También proyecta el "cuento de hadas" y el "romanticismo" como ideales femeninos del amor. En realidad, las chicas de Everlasting acabarán pornificándose: formateadas como objetos de conquista y consumo masculino.

Ilustración por Raúl Arias.

UnReal no es una serie feminista porque sus creadoras o las protagonistas sean mujeres. Ni siquiera plantea que las mujeres deben ayudarse, sobreponiéndose y empoderándose en un entorno patriarcal. Sin embargo, el programa rezuma feminismo porque muestra las dificultades de llevarlo a la práctica. Desprende y propone una sororidad básica y transversal; imperfecta pero mejorable. Supera así los límites del feminismo oficial y militante. Presenta a unas mujeres que someten y humillan a otras chicas, muchas veces contra su voluntad e inconscientemente, para alcanzar sus objetivos. La serie muestra de manera explícita y con estilo documental el canibalismo que el patriarcado impone a las que quieren triunfar o, apenas, sobrevivir.

Rachel, la protagonista, es quien sufre más contradicciones y conflictos por trabajar en el programa. Encarna los dilemas de Saphiro trabajando en The Bachelor. La coprotagonista, Quinn, también está conflictuada. Dirige el programa desde una posición privilegiada. Pero depende de su jefe, Chet, propietario del programa y su amante. Pese a la fortaleza de carácter, Quinn está sometida laboral y afectivamente a una industria marcada por el machismo.

Chet representa al machirulo trumpiano. Igual de bruto, soez y autoritario que el original. En su primera aparición revela donde se inspiró este personaje. Llega al plató y el asistente de rodaje ha perdido de vista al "galán". Sin pensárselo, le grita: You are fired ("Estás despedido"): igual que Trump bramaba en su reality, The Apprentice.

El "premio" del programa, Adam, encaja con el pibón inglés de clase alta. Pretende mejorar su imagen pública, dañada por un escándalo sexual. La "democrática" McTele le permitirá enamorarse de una chica "normal". Clasismo y machismo se abrazan en la fórmula manida del culebrón: los ricos también lloran y las pobres tendrán un príncipe azul. UnReal arrea un zasca en toda regla. El reality proyecta empatía con el explotador y el abusador. Y nos propone identificarnos con las que no son y se sienten nadie sin marido.

Ilustración por Raúl Arias.

Las concursantes del programa se encasillan en roles preestablecidos. Estereotipadas, pasan de personas a personajes. Se construyen tras las cámaras, enfatizando matices de su personalidad, provocando alianzas, crisis y rupturas. Las concursantes intentan fabricarse una marca, una identidad mercantil de factura y consumo rápidos, con un pico de fama que deviene en pronto olvido. Esta popularidad ficticia y artificial, está adulterada y carece de base sólida. Como las hamburguesas del McDonalds y los likes de Facebook, las celebrities de la McTele se consumen a gran velocidad. Sacian el hambre temporalmente (por cortas temporadas), con falsas calorías.

La industria del espectáculo envuelve sus productos con "la magia de Hollywood", como dicen, con sarcasmo, en Everlasting. Pero la explotación sustenta el negocio de los realities y las redes. Las concursantes producen constantes imágenes, que la productora rentabiliza como quiere. Les paga con lo que generan, más imágenes públicas para lucrarse como celebrities de corto recorrido. Ellas se exhiben igual que los usuarios de las redes: se desnudan y maquillan para que los algoritmos les coronen influencers. No importa el talento, sino el espectáculo y el beneficio que proporcionan.

Las concursantes firman un contrato de semi-esclavitud. El reality ofrece un contexto laboral similar al de las redes. Al entrar en una plataforma, "firmamos un contrato": términos de uso, difíciles de leer y entender. Ante una reclamación, responden: "ya sabíais donde entrabáis". Igual que en UnReal. Pero ¿sabemos lo que comemos en McDonalds? Y las preguntas del millón. ¿Olvidásteis que hay otros sitios para comer? ¿Y que otros realities y redes son posibles?

UnReal es metatelevisión: tele sobre la tele. La serie parece un culebrón de ficción. Pero, en realidad, se trata de un falso documental sobre un concurso. Nos muestra el laboratorio de la telemetanfetamina, el psicoestimulante que recorre nuestros capilares digitales. Una microdosis de UnReal ayuda a combatir la alucinación. Desencadena un lúcido proceso de reflexión (unos géneros se reflejan en los otros, entendiéndolos mejor) y de introspección (enseña el papel que jugamos en ellos).

Administrada con mesura y criterio, UnReal rechaza la comodidad, el conformismo o la (auto)complacencia. Genera adrenalina a raudales, pero la canaliza bien. Porque aporta lucidez: arroja luz sobre la desigualdad de poder y sus efectos sobre quienes producen el espectáculo al que asistimos. La genialidad reside en combatirlo con sus mismas armas.

La manipulación es la norma del negocio y el espectáculo digitales. Vemos sombras, pero no las manos que las proyectan. Las relaciones "personales" y profesionales en UnReal responden a una escala de manipuladores y manipulados. Los productores -como Rachel- se encargan de encajar cada chica en un estereotipo. Pero a su vez estos manipuladores profesionales, son manipulados por la directora del programa, Quinn. Esta, a su vez, manipula a (y es manipulada por) Chet, que manipula al resto del equipo; pero que también es manipulado por su esposa (co- propietaria del show). El último protagonista, y no por ello menos manipulado, es el público, al que se le responsabiliza de los sesgos y excesos del programa.

Nos manipulan cuando asumimos ciertos intereses ajenos como si fuesen propios, siendo en cambio opuestos a los nuestros. La industria digital más salvaje quisiera que nos pensáramos prostitutas que gozan prestando sus servicios y que, además, creen que así se coronarán en Hollywood. La autopornificación digital como proyecto de vida y modelo social. Que se lo pregunten a Weinstein. UnReal nos invita a sumarnos a un #MeToo televisivo. Sobran razones para arrancar. De hecho, empezó y nadie se dio por enterado.

Ilustración por Raúl Arias.

Rachel y Quinn conocen su poder de manipulación. Pero la industria del espectáculo es conservadora: mantienen los estereotipos más asentados. No por ideología; en realidad, no cree en nada que no pueda monetarizarse. Simplemente, sigue el camino más fácil: la rutina que proporciona más audiencia, lo que siempre se ha hecho y da más dinero. Realities y redes repiten formatos hasta agotarlos. Y la narrativa es siempre la misma: el conflicto, porque atrae más que el consenso.

Programas como UnReal revelan los códigos que nos manipulan. Programa o serás programado. Ningún formato ni tecnología es intrínsecamente manipulador. Pero las parrillas abarrotadas de NoRealidad impiden imaginar otra tele y otras redes. La semana próxima veremos que es posible, con otro reality de enorme éxito y una proyección en la Red apabullante. Y, sin embargo, es un producto alternativo; es decir, tejido con otros mimbres y fines. Lo produce una televisión pública para provocar un debate público, informado y arrebatador. Sí, todo al mismo tiempo y abordando otro reto imperioso: las migraciones.


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