Voces de la precariedad

El momento es ahora

Lo confieso: me aterra el futuro, y no es la primera vez.

Una buena parte de la vida consiste en darse cuenta de que las cosas rara vez son como te las habían contado. Cuando era más joven, tenía un plan: me esforcé, estudié, obtuve una carrera y un título de postgrado. Saqué buenas notas, hice mi parte; luego, ingenua de mí, me lancé a los brazos del sistema que me había prometido una recompensa. Meritocracia, lo llaman.

Entendí entonces que navegar por el mercado laboral era como ir por una cuerda floja sin red de seguridad. Conocí la temporalidad, y a su hermana la precariedad: trabajé en varias cosas, ninguna relacionada con lo que había estudiado, sin conocer aquella utopía a la que llaman estabilidad. La ilusión infantil de que ir llegando a los treinta implicaba tener el camino enfilado y las cosas claras estalló en pedazos. Y, sin poder evitarlo, yo fui detrás.

El mensaje me llegó, alto y claro: no estás haciendo lo suficiente. Querer es poder, y si no puedes la culpa es tuya. Renuncié a la idea de independizarme y a todo aquello que pensaba construir. No me lo merecía, después de todo: era una inútil, incapaz de encajar en la sociedad. Mi valor como persona estaba ligado a mi productividad, y las temporadas en el paro –sin cobrar- me recordaban que no era nada más que una sanguijuela que sobrevivía a base de sangrar a mis padres. Quise morir, lo deseé con todas mis fuerzas: lo estudié, lo planeé, conté con ello. Una muerta más, un problema menos: era todo lo que podía aspirar a ser, porque la mera idea de seguir viviendo y de hacerlo así me resultaba insoportable. Tenía miedo, pánico, auténtico terror: mi camino era una infinita cuesta abajo y la miseria me esperaba al final. No podía seguir así, no aguantaba ni un día más. Me rendí.

Concentración jóvenes

Fue la suerte, quizá el azar, la que me llevó a conocer a las personas que me dieron un motivo para caminar. Ellas me abrieron los ojos a lo más básico: todas las personas merecemos una vida digna. Qué obviedad, qué revelación. Yo quería trabajar, pero no había manera de conseguirlo; y, aún más importante, seguía siendo valiosa más allá de mi productividad. Entendí, con mucho esfuerzo, que yo no había destrozado mi futuro: me lo habían robado, como a la gran mayoría de la juventud de este país. Nos habían condenado a la más absoluta precariedad, a la imposibilidad de hacer un solo plan de futuro, a vivir al día en un mar de incertidumbre permanente. Nos convencieron de que estábamos ante un problema individual, aunque era colectivo; nos empujaron a la nada y escondieron la llave, sabiendo que pobres, aislados y ahogados seríamos incapaces de rechistar.

Afortunadamente, algo cambió: despertamos, tomamos las calles, alzamos la voz. Aquello no era inevitable, y no podíamos permitir que lo fuera. Cambié de profesión, conseguí otro trabajo. La pandemia me lo arrebató, pero el escenario es diferente: contamos con millones de manos dispuestas a construir una red de seguridad para que nunca más caigamos al vacío. Y, aun así, el futuro me sigue pareciendo aterrador.

Cada paso adelante hace rabiar a aquellos que quieren llevarnos unos doscientos atrás. Cada victoria es puesta en duda, recordándonos que los derechos se conquistan pero sólo permanecen si luchamos por ellos toda la vida. Cuanto más alzamos la voz, más callados nos quieren; cuanto más denunciamos la injusticia más quieren enterrarnos en ella. Resuenan ecos de golpes de estado, de un tiempo pasado que nunca fue mejor. Sobrevuelan los buitres y ríen las hienas: quien no sabe ganar mucho menos sabe perder, y quien está acostumbrado a ostentar el poder hará lo que sea para conservarlo. Prenden fuego a los cimientos que construimos, para que el humo no nos permita ver la realidad; aprietan las tuercas, conspirando entre bambalinas, esperando que nuestro proyecto de futuro se colapse antes de empezar.

Me da miedo, mucho miedo, lo que aquellos que nos arrojaron a un agujero negro pretenden hacer con nosotras. Con las jóvenes, con las pobres, con los vulnerables, con los nadies. Sin embargo, no consiguieron apagar nuestra luz entonces: es necesario que no les permitamos hacerlo ahora. Vienen tiempos oscuros y difíciles, y es en estos momentos cuando más tenemos que luchar. Rendirse no es una opción, no lo fue nunca: cuando escasean las fuerzas y nos tiemblan las rodillas es cuando más tenemos que avanzar. Porque no queda otra, porque nos va la vida en ello. Porque si ganan ellos, perdemos todos. Porque nos merecemos un futuro digno y está en nuestras manos construirlo. Porque me dijeron que confiara, y lo hice; porque se lo debemos a todas las personas que se están partiendo la cara para que, por una vez, la historia no se repita. Porque un país no avanza sin su gente, y es nuestra responsabilidad marcar el camino. Porque no queremos lo mejor para unos pocos, lo queremos para todas. Y podemos conseguirlo, pero hay que luchar, como ya lo hicieron nuestras madres y abuelos, como quizá pensamos que no nos iba a tocar. El momento es ahora, y tenemos que estar a la altura. Por los que fueron y las que serán.

Natalia Cerletti García

Mujer, joven y precaria en paro

 

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