Posos de anarquía

Los trenes de Maura que todos perdemos

Carmen Maura compartió la huella imborrable que le dejó Carlos Saura.

La pasada gala de los Premios Goya dejó tras de sí algún que otro buen discurso y numerosos dardos con recado para quienes están desmantelando la Sanidad Pública, abandonan el Sáhara Occidental o proyectan parques eólicos destruyendo ecosistemas. Discursos como el del Eulalia Ramón, viuda del maestro Carlos Saura, o de su hijo Antonio recordando el papel e influencia de las mujeres en la carrera del cineasta fueron muy emotivos. Sin embargo, de todos ellos, con uno al que quizás no se le prestó la debida atención, me quedo con el de Carmen Maura, que nos deja una maravillosa lección.

Maura tenía que haber sido la encargada de entregar el Goya de Honor a Saura. Tras el fallecimiento del director un día antes de la gala, no pudo hacerlo y no es lo único de lo que quedó privada la actriz. Maura echó la mirada atrás, relatando diversos episodios del rodaje de ¡Ay, Carmela! (1990) en el que trabajó a las órdenes de Saura. La actriz lamentó no haber podido decirle nunca al director cuánto lo admiraba, cuánto lo quería y la huella imborrable que le había dejado tras ese rodaje. Su última oportunidad, cuando al fin iba a confesárselo, también se esfumó.

Más de tres décadas no fueron suficientes para que una actriz consagrada como Maura compartiera sus sentimientos con Saura. "Creo que él no tenía ni idea de la marca que me había dejado como actriz para siempre", confesó. Lamentablemente, la protagonista de Mujeres al borde de un ataque de nervios, La comunidad o, más recientemente, Rainbow, no es una excepción. Los trenes de Maura se pierden todos los días. Demasiadas personas siguen sus pasos y dejan escapar el tiempo sin decir a sus seres queridos cuánto los quieren, cuánto los admiran. Es un gesto sencillo, simple y que, sin embargo, termina siendo tan excepcional como aislado, a pesar del profundo calado que tiene.

Al otro lado, están quienes se jactan de decirlo a todas horas, indiscriminadamente. Adquiere tal carácter de rutinario, prácticamente un mero acto reflejo, que termina de quedarse hueco de significado, compartido con cualquiera. No es ese tampoco el ejemplo a seguir, pues si bien el amor y la admiración no hay por qué consumirlos -ni darlos- con moderación, sí traen inseparablemente aparejados una necesidad de consciencia, de disfrute y sentimiento mutuo en el mismo instante de su verbalización, de su demostración con actos. De no ser así, pierde el sentido.

La lección del discurso de Saura puede ampliarse aún más, traspasando nuestra esfera más personal y amplificando su alcance a todo cuando deberíamos cuidar, defender, proteger de cualquier agresión. Coincide en el tiempo esta enseñanza con la masiva manifestación ciudadana en Madrid en defensa de la Sanidad Pública. Hubo otras en España, como la vivida en Galicia. A pesar del creciente clamor popular contra quienes desmantelan el Estado del Bienestar, es preciso sumar muchas más voces, muchos más hombros arrimándose a la defensa de cuanto se logró con tanto sacrificio.

No dejen que se les escape el tiempo, no se arriesguen a verse lamentando no haber defendido antes lo perdido. No den las cosas por hecho, encomendándose al resto para que no contribuir al esfuerzo colectivo. Del mismo modo que hoy es un buen día para mirar a los ojos a sus seres queridos y decirles cuánto significan para ustedes, lo es también para movilizarse, tomar conciencia social y querer lo que tenemos, blindándolo ante quienes desean arrebatárnoslo. Tienen sus pasajes, no pierdan más trenes.