Opinión · Dominio público

La servidumbre voluntaria

 J.A.GONZÁLEZ CASANOVA

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La abstención y el voto a los conservadores han ampliado la hegemonía de la derecha en Europa y dado cobijo a la más antieuropea. Triunfa de nuevo la conspiración para que nuestro continente no sea el Estado federal que odian las derechas, no por federal (inevitable en una unión de naciones), sino por Estado. El capitalismo sólo acepta sin disgusto una ley: la de la selva. Por eso las multinacionales y los tahures financieros llevan años huyendo del control estatal y piensan seguir dominando la Tierra mientras esta no tenga un Estado que los meta en cintura legal y penal. Un primer paso decisivo sería un Estado europeo; meta teórica del socialismo y proyecto que sólo él podría realizar. Pero debe recuperar en cada nación un Gobierno no servil frente al capitalismo propio, que no admite trabas. Por eso, este confedera sus intereses económicos comunes y se niega a una federación política que los controlaría. A la derecha le beneficia cuanto perjudique a la unión federal política. Su victoria refuerza en su favor este perjuicio para los
ciudadanos.

Pero ¿por qué los socialistas no sólo no han crecido, sino que han perdido autoridad y poder? ¿No era la crisis provocada por la derecha la gran ocasión para que sus víctimas creyeran en la alternativa de izquierda y Europa estuviera menos dominada por el liberalismo y fuera más social y federal? Eso creían los socialistas catalanes con su lema de campaña, tan lógico y elocuente: “Los que nos han sumido en la crisis no pueden sacarnos de ella”. Un castizo respondería: “¡Que te crees tu eso!”. Y, en efecto, una mayoría europea le ha suplicado al capital que no la siga azotando, que sea compasivo y la saque del pozo en el que la precipitó. Ha votado derecha y no ha apoyado a unos socialistas tímidos que parecen temer más a las masas que a la propia derecha.

Tal paradoja me lleva a una metáfora. Los que pasábamos por las comisarías franquistas sabíamos que había un poli malo y un poli bueno. El primero nos golpeaba e insultaba para que cantáramos. Si, pese al dolor humillante, seguíamos en silencio, venía el bueno, nos daba un cigarrillo, tachaba de bruto al colega y, a cambio de denunciar a los compañeros, nos prometía el perdón, ya que, en el fondo, éramos buenos chicos de buena familia, engañados por unos perversos obreros comunistas. Si no caíamos en la trampa, volvía el malo y muchos héroes quedaban irreconocibles por las torturas. Pues bien, el capitalismo como tal es el policía malo que castiga y humilla al pueblo preso pero resistente. El bueno es el Gobierno derechista que le promete la libertad si confía en él y deja en la estacada a sus dirigentes de izquierda para que se asusten, huyan de la quema y dejen de combatir eficazmente a la policía del capital. Quiero decir: las masas se han creído las mentiras del policía bueno (la derecha aplicará contra la crisis políticas
keynesianas y socialdemócratas), se han abstenido y han tirado a los socialistas a la cuneta. Pero, con todo, eso les servirá de muy poco, porque le han dado ínfulas al malo. Este podrá amenazar de nuevo con otra crisis (de todas sale beneficiado) y, de momento, ya enseña sus caninos más punzantes: el neofascismo populista y racista.

Ahora bien, no se olvide de que el capital cuenta con la ventaja de una abstención previa y crónica: la servidumbre voluntaria de unos ciudadanos anestesiados por el poder publicitario de un falso bienestar consumista; tan conservadores como los que dominan el sistema. Incluso algunos pocos no son más que los restos insepultos de antiguos héroes torturados y humillados. La gente tiene la moral por los suelos. Ha perdido su libertad interior. Por desgracia, es muy actual lo que escribía, en el siglo XVI, Étienne de la Boétie en el Discours de la servitude volontaire, su famoso panfleto contra el tirano: “Perdida la libertad, se pierde el valor. Las gentes bajo yugo tienen el corazón bajo y blando, incapaz de nada grande”. De ahí que el pensador galo increpe a los serviles y les exija que se rebelen: “¿Qué poder tiene el tirano sobre vosotros si no es por vosotros? ¿cómo osaría atacaros si no fueseis sus cómplices? ¿qué podría haceros si no encubrieseis al ladrón que os saquea, al asesino que os mata y si no fuerais traidores a vosotros mismos? Decidíos a no servir más y seréis libres. No pido que lo derroquéis, sino que no lo apoyéis más. Lo veréis entonces como un gran coloso al que se le ha retirado la base y se hunde por su propio peso”.

José Antonio González Casanova es catedrático de Derecho Constitucional y escritor.

Ilustración de Zunras.