Opinión · Dominio público

El “Choque de Civilizaciones”: coartada de la extrema derecha de Oriente y Occidente

Nazanin Armanian

Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado por Enrique J. Díez Gutiérrez, María José Fariñas Dulce, Pedro López López, Rosa Regás Pagés, Javier Sádaba Garay y Waleed Saleh Alkhalifa

No paran de enjaularnos con muros visibles construidos de ladrillo, alambre con concertinas, cercos electrificados, y/o hechos de miedo y odio hacia “el otro”. Nuestros mandatarios supremacistas así pretenden controlar a los “súbditos” evitando una ciudadanía universal y libre, bajo el pretexto de mantener la pureza de su “tribu” que siempre tiene valores superiores a otras: ¿Podrán acabar con las migraciones, uno de los principales factores del progreso del ser humano como especie?

Angela Merkel, presionada por el avance de la ultraderecha, afirma que el modelo alemán de integración de millones de los “no germanos” ha fracasado. Nadie les pidió portarse como un alemán cuando en la posguerra reconstruían una Alemania hecha escombros. ¿A dónde regresarían los kurdos de Turquía –por ejemplo– cuyos hogares han sido demolidos por los tanques Leopard “Made in Germany” conducidos por el régimen fascista de Erdogan? ¿O los afganos que deporta Europa mientras la OTAN participa en la masacre y saqueo de este pueblo?  El presidente de la República Alemana, Horst Köhler tuvo que dimitir en 2010 (hecho inaudito en este país) al confesar que las tropas alemanas estaban en Afganistán por intereses económicos: ¡ni para liberar a sus mujeres del burka ni luchar contra Al Qaeda!

Nula autoridad moral les queda a quienes acusan a los inmigrantes de no respetar “los valores fundamentales” del occidente: ellos mismos los han arrastrado por las mazmorras de Abu Ghraib y de Guantánamo. No hay ni hay rastro de luces ni humanismo en el “trabajo” de miles de mercenarios occidentales y orientales, sin papeles y armados hasta los dientes, “emigrados” a otras tierras para saquearlas.

Las tres claves de una doctrina bélica

Dios me ha dicho, George, ve y lucha contra los terroristas en Afganistán. Y yo lo hice. Y Dios me dijo, George, pon fin a la tiranía en Irak”, había justificado un iluminado George Bush la matanza de ambas naciones, quien tocado por la gracia divina iniciaba sus jornadas arrodillándose para rezar, y abría las reuniones de su gabinete con una plegaria. Pero, la realidad era otra.

  1. La OTAN había perdido su razón de ser con la disolución del Pacto de Varsovia y el fin de la Unión Soviética, y el mundo exigía la canalización de sus ingentes presupuestos militares hacia la eliminación de la vergonzosa pobreza que azota a la mitad de la humanidad en el Primero, Segundo y Tercer mundo. Sin embargo, la minoría del 6% de la población mundial que posee el 59% de la riqueza total del planeta (y que en su 98% vive en el Norte), y quien en los tres mundos controla las armas, la banca y la política no iban a renunciar a su estatus: fabricó otros enemigos: los “musulmanes bárbaros” y el “Occidente corrupto”. “No es momento para poner en peligro la capacidad que tiene Norteamérica de proteger sus intereses vitales», advirtió George H. W. Bush al Congreso. “Que los recortes presupuestarios amenacen nuestro margen de maniobra es algo que no aceptaré nunca”.
  2. Los nuevos enemigos serán más temibles que “los rojos”: el “terrorismo islámico” o el “colonialismo occidental” resultaban geográficamente ilocalizables como los fantasmas: el negocio de aparatos de seguridad florece paralelo a los exorcismos hechos en decenas de Guantánamos o directamente decapitando a los poseídos por la contaminante ideología de la modernidad. El nexo de estas élites fue revelado tanto por el asesor de seguridad del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski quien confesó que habia sido él el artífice del terrorismo “islámico”, como por los dirigentes del partido ultraderechista español VOX al reconocer que había sido fundado con el dinero de una secta religiosa paramilitar terrorista.
  3. La seudo doctrina del “Choque de Civilizaciones”, promovida por el “orientalista” británico Bernard Lewis y perfeccionada por Samuel Huntington, administrador de la Casa de la Libertad (“Freedom House”), una asociación dirigida por el ex-director de la CIA, James Woolsey, cuenta que:
    • Tras el fin de la URSS y el triunfo del capitalismo como el “único” sistema político viable, el principal conflicto del mundo lo protagonizan las ocho civilizaciones -la hindú, budista, confuciana, musulmana, africana, latinoamericana, ortodoxa y occidental-, confundiendo lugares geográficos con las religiones (sistemas de ideas fantásticas y sobrenaturales acerca de la creación), y a estas con las civilizaciones.
    • El principal problema del mundo no son las injusticias sociales, sino los conflictos entre culturales diferencias (para que el banquero y sus inquilinos desahuciados recen al mismo dios y se enfrenten a los pobres de otras naciones).
    • La religión sustituye a las identidades complejas, y será el principal actor político-social en los países “musulmanes” que en su mayoría estaban siendo gobernados en los años 70 por régimenes semilaicos: Irán, Turquía, Afganistán, Libia, Siria, Irak, son algunos ejemplos.
    • La civilización “judeo-cristiano” será encabezada por EEUU. Se incluye a los judíos para que Israel, a pesar de ser una teocracia belicistas ubicada en Oriente Próximo, a parezca en el bando “civilizado”.
    • La civilización occidental, encabezada exclusivamente por EEUU, se enfrentará a una alianza formada por la civilización ortodoxa rusa, la confuciana china y la islámica. Da igual que el islam no reconozca el confucionismo como religión y sus fundamentalistas persigan a los budistas, o que los1200 millones de personas nominalmente “musulmanas” (donde los árabes son sólo una pequeña minoría), hablan cientos de lenguas diferentes y pertenecen a cientos de etnias, culturas, historias diferentes y muchas veces contradictorias. Un paquistaní musulmán culturalmente es más cercano a un indio hinduista que a un marroquí mahometano. ¿Cuánto tienen que ver un mejicano, ruso o un copto egipcio cristiano con sus correligionarios en Suecia o en Francia? Y ¿cómo de aliados están los 54 países musulmanes que han sido incapaces de recuperar sus sagrados territorios, ocupados por unos 5 millones de judíos? En realidad, cuando se habla del “mundo islámico” no se piensa en Indonesia o Malasia, sino en Oriente Próximo, que “por casualidad” alberga cerca del 65% de las reservas del petróleo y gas del mundo: es allí a donde se dirigen las tropas civilizadoras de la OTAN. Tampoco se explica cómo el 65% de los latinoamericanos “cristianos” que viven bajo la línea de la pobreza deben aliarse con el 2% de sus compatriotas adoradores de Jesús que concentra el 80% de la riqueza de sus países? ¿Por qué un Donal Trump cristiano persigue a los inmigrantes desheredados de esta misma fe procedentes de América Latina? Esto se llama aporofobia y cualquier otro nombre servirá solo para ocultar esta realidad. ¿Dónde está este choque entre el presidente presbiteriano, la familia islamista de al Saud y un fanático judío como Benjamín Netanyahu, si se han unido contra un Irán islámico?
    • EEUU, que representa el progreso humano, arbitrará el conflicto. O sea, que la ONU ya puede echar el cierre. Curiosamente, este “árbitro” es el mismo que no sólo posee unas 10.000 armas nucleares tácticas, sino también es el único país que las ha usado matando a unas 250.000 personas. Llamar a sus intervenciones como “misiones humanitarias” sólo engaña a los indoctos.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001, cometidos por Arabia Saudí y ejecutados en el suelo de EEUU, serán la primera manifestación del «choque de civilizaciones», o mejor dicho la prueba que EEUU necesitaba para refrendar su planteamiento maniqueo sobre el Bien Absoluto y el Mal Absoluto.

La islamofobia, promovida por la extrema derecha europea, identifica a millones de fieles con la derecha oscurantista islámica, minoría antimoderna, misógina, antiextranjera disfrazada de antiimperialista que pide la unión entre los ricos y los pobres para enfrentarse al intruso, al infiel, y tacha de “ambición de prostituirse” al feminismo. También la occidentofobia es la pieza imprescindible en la aplicación del “choque de civilizaciones”.

El “Proyecto para un Nuevo Siglo Americano” proclama la supremacía de una hiperpotencia que busca dominar el mundo en todas las dimensiones del poder: económico, político, tecnológico, militar, y cultural.

“Diálogo de Civilizaciones” la otra cara de la misma moneda

Lanzado en 2005 por el ex presidente de la teocracia iraní, el ayatolá Mohammad Jatami como el antídoto del Choque de Civilizaciones, fue promocionada por la ONU en 2007 y encabezada por España y Turquía, dos miembros de la OTAN, que proponen una unión entre el Occidente y el mundo musulmán para combatir el terrorismo vía no militar salvando a las instituciones religiosas de ambas partes.

La reunión de los cardenales, obispos, rabinos, muftíes y ayatolás, para discutir sobre el Arca de Noé, mientras disfrutan de unas vacaciones “divinas” pagadas por los contribuyentes en los hoteles de cinco estrellas, dándose besos y abrazos, no sólo no palía esta situación, sino que confirma lo siguiente:  que “La guerra es una masacre entre gente que no se conoce, en beneficio de gente que sí se conoce, pero no se masacra” (Paúl Valery).

Que unos 170 millones de niñas y niños –de todas las creencias y religiones- pasan hambre, 140 millones de ellos viven en la calle, 104 millones no van a la escuela, 10 millones son víctimas de la industria sexual y decenas de miles de ellos y ellas mueren cada día de hambre, a estos señores no les quita el sueño: “pagan el pecado de sus padres” dirían.

Estas inútiles y costosas iniciativas, además, mantienen el protagonismo a los amos de turbantes, kipás y birretes, siguen subrayando la fe religiosa de los ciudadanos, en perjuicio de sus reivindicaciones y derechos terrenales.

La barbarie es el patrimonio de toda la humanidad al igual que la sabiduría, la bondad, el progreso y la generosidad. Uno de los principales pasos para construir un mundo decente sería separar la espiritualidad de los creyentes de las instituciones religiosas con el fin de acabar con el poder de los autoproclamados “representantes de los dioses en la Tierra”.