Dominio público

A propósito de las complicaciones sobrevenidas al calendario académico: una reseña biográfica

Ignacio Mártil

Catedrático de Electrónica de la Universidad Complutense de Madrid y miembros de la Real Sociedad Española de Física

Alumnos frente a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, antes de su cierre por la alerta sanitaria del coronavirus. E.P./Jesús Hellín
Alumnos frente a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, antes de su cierre por la alerta sanitaria del coronavirus. E.P./Jesús Hellín
CORONAVIRUS;COVID-19;
10/3/2020

Como es bien sabido, los centros de enseñanza de España están cerrados como consecuencia de la implantación del estado de alarma, desde el 13 de marzo. Esto afecta naturalmente a las Universidades presenciales, que tenemos que adaptar todos los contenidos a un formato de enseñanza in-line para el que no estamos en absoluto preparados, pues ese no es nuestro método de enseñanza, obviamente. Pero ese es otro asunto sobre el que no me quiero detener aquí.

Leo y escucho en estos días a muchos colegas y estudiantes manifestar su preocupación por si se van a poder impartir los contenidos de las materias de este semestre, por cómo puede afectar esto al futuro académico de nuestros estudiantes, etc. Voy a esbozar una experiencia personal que yo sufrí en carne propia en mis años de estudiante universitario, que me recuerdan en cierto sentido la situación actual y que ilustran hasta qué punto no es algo a lo que debamos dedicarle más tiempo del imprescindible, pero ni un minuto más.

Corría el año 1973, el 9 de junio de ese año, un anciano Franco nombró Ministro de Educación a Julio Rodríguez Martínez, un iluminado -en el peor de los sentidos de la palabra-, al que el Jefe del Estado "de facto" del momento, el almirante Luis Carrero Blanco, le encomendó la tarea de limpiar la Universidad de docentes rojos y, de paso, emprender una profunda reforma del sistema educativo superior.

El iluminado de marras tuvo la brillante idea de hacer coincidir el año escolar con el año natural, de manera que el curso 1973-1974 no comenzó en octubre de 1973, si no en enero de 1974. Empezaba lo que se llamaría en años sucesivos el "Año Juliano", gracias al cual los estudiantes que acabamos COU en junio de 1973 tuvimos el dudoso privilegio de tener unas vacaciones de siete  meses. Les aseguro que no fue especialmente bonito, al menos, en lo que a mí respecta.

En la exposición de motivos de esta medida, publicada en el BOE de 29 de septiembre de 1973, figura esta perla, propia de un cretino difícil de igualar:

"Con el fin de proporcionar más y mejor educación universitaria, ha de constituirse un sistema educativo que desarrolle al máximo la capacidad de todos y cada uno de los alumnos, mediante la racionalización de algunos aspectos del proceso educativo, aunque para lograrlo deban someterse a revisión algunos esquemas tradicionales.

Fiel a esta idea, se adopta en la presente Orden la medida de política educativa consistente en modificar, con carácter experimental, el tradicional calendario universitario adecuando el año académico al natural, con el convencimiento de que con ello se contribuye a hacer realidad la parte esencial y más noble de la reforma educativa: La calidad de la enseñanza"

No se rían, lo pueden consultar en el enlace anterior para comprobar la veracidad del párrafo. A continuación, se detalla la justificación de tal medida, siempre pensando en los más desfavorecidos, propio de aquel Régimen:

"En el orden sociológico, dado el derecho de todo ciudadano de un tiempo dedicado al descanso, el sistema que establece permite que todos los alumnos puedan tener su periodo de vacaciones veraniegas obviando los inconvenientes, en este aspecto, de la estructura actual del curso académico, que motiva que los alumnos menos dotados o en los que confluyan circunstancias de la más variada índole no tengan realmente vacaciones (!!!, las admiraciones son mías), porque cumplido el actual periodo lectivo deben proseguir su preparación para los exámenes de septiembre".

El Ministro fue cesado de su cargo el 3 de enero de 1974, es decir, antes incluso de empezar el curso académico y el 26 de enero de ese año se restableció el calendario habitual. Consecuencia, entre otros desatinos: los que empezamos ese año nuestras carreras universitarias, tuvimos un primer curso reducido en tres meses, con todo lo que supuso de reducción de contenidos de todas las materias. Nunca se recuperó el tiempo perdido, para mayor gloria de la calidad educativa.

Años después, el diario ABC le hizo una entrevista a propósito de su genial idea. Una de las preguntas y su respuesta son dignas de alguna antología:

"ABC: Pero, ¿se basaba esta experiencia en alguna ya producida en el extranjero?

Julio Rodríguez: No se basaba más que en la observación y el estudio de nuestra realidad, de los supuestos de la Universidad y la vida académica española. Tampoco hemos tenido que seguir al extranjero para el descubrimiento de América o para definir el dogma de la Inmaculada"

Seguimos. Comienza el curso 1974-1975 en octubre como es lo habitual en todos los países del mundo. En febrero de 1975, el nuevo Ministro de turno, Cruz Martínez Esteruelas, un "halcón" del Régimen, ordenó el cierre de la Universidad de Valladolid debido a la fuerte oposición política universitaria que se vivía en aquel entonces contra el Régimen. La protesta por esta decisión se extendió por todas la universidades del país, a consecuencia de lo cual, el segundo semestre del curso académico estuvo plagado de huelgas, desalojos, paros y cese de las actividades docentes. Consecuencia: los contenidos de mi segundo curso de carrera fueron también dignos de mejor suerte.

Y terminamos. Comienza el curso 1975-1976, en noviembre de ese año Franco muere, se decretan tres días de luto oficial, con cierre incluido de las universidades, faltaría más. Comienza el segundo semestre en febrero y, de nuevo fruto de la convulsa situación del país, la mayoría de las universidades suspendieron las actividades lectivas (sin llegar a cerrarse los centros), por lo que todos los "privilegiados" de aquella promoción, dejamos de acudir a clase en febrero de 1976, para volver en junio del mismo año, justo para los exámenes. Por supuesto, no había Internet, ni clases "On Line", ni tutorías virtuales, por lo que, de nuevo, mi tercer curso de carrera, en lo que a contenidos se refiere, fue manifiestamente mejorable. De manera que cuando en estos días leo o escucho la preocupación por el futuro del curso académico 2019-2020 a algunos de sus protagonistas, no puedo por menos que esbozar una sonrisa.

Moraleja: no es la primera vez en la historia reciente que nuestras universidades han suspendido sus actividades. Obviamente, hubiera sido mucho mejor no perder aquellas clases, pero, mirándolo desde la distancia que me dan los años, ni fue un drama, ni supuso un déficit insuperable en mi trayectoria profesional, ni condicionó mi futuro, ni personal ni académico. El drama de verdad, real, tangible, es el que viven ahora nuestros enfermos, médicos, enfermeras, celadores, familiares, etc. Eso sí que es una tragedia, lo demás…bueno, como se suele decir, "un poco de por favor".