Dominio público

Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por coronavirus (IX). La escuela en la nube

Rocío Tapiador y Susana Martínez

Docentes, Especialistas en Metodología ProCC. Centro de Desarrollo de Salud Comunitaria ‘Marie Langer’

Ilustración por Maite Yurrebaso.
Ilustración por Maite Yurrebaso.

Y llegó el día del cierre de las aulas cuando niños, niñas y adolescentes, con aparente alegría, exclamaron: "¡Mañana no hay clase!". Tras una desorientación y titubeo inicial, la enseñanza se reinventó en 24 horas. Poco después, la escuela se instaló en las casas de profesorado y alumnado. "Curso rápido de tele-escuela"... otra exigencia más para la agenda docente de formación permanente.

La educación ha pasado de un escenario presencial a otro virtual, sin solución de transición. "Así, a la fuerza", dice una maestra. Los y las profesionales de educación, a quienes el saber se les supone, son puestos frente al teclado y la webcam por igual, ya sean de la generación del baby boom o millennials. "Le he tenido que pedir ayuda a mi hija para que me ponga el google meets", explica un educador. Quienes mostraban gran convencimiento en las excelencias de lo telemático ya habían incorporado estas herramientas en sus aulas, otros se sienten perdidos y abrumados. "¡Uf! Esto de hacerme youtuber de la noche a la mañana lo llevo fatal".

La dificultad que ya existía en los centros para encontrar espacios de coordinación de equipo se traslada a lo telemático, a veces dando como resultado un exceso de trabajos para el alumnado. Sensación de frustración, impotencia y sobrecarga en todas direcciones; en el alumnado, muchas tareas en la bandeja de entrada; en el profesorado, búsqueda de herramientas que permitan explicar, aclarar, mantener la relación con el alumnado. "Mucho esfuerzo y poca eficacia", lo resume una profesora, por los intentos infructuosos de conexión grupal, por el curso acelerado en TICs que la crisis ha supuesto.

La tarea de socialización de la escuela no se puede sustituir por ninguna ap sin embargo, asumiendo lo esperado por la sociedad, los y las docentes se han puesto manos a la obra. "Servimos para cualquier cosa, para cualquier situación", se apunta.

Pero… ¿Qué pasa al otro lado de la pantalla? ¿Qué ocurre con los que no se conectan? La vulnerabilidad de muchas familias, así como las dificultades de acceso a lo telemático, están mostrando las desigualdades instaladas. Por otra parte, el síndrome de "la hora de los deberes" se agudiza, dificultando el encuentro entre la labor de la escuela y la familia.

Los cambios, a los que obliga el confinamiento, acentúan y ponen más en evidencia ciertos malestares que ya existían antes de la crisis por pandemia, por ser inherentes al sistema social en el que vivimos. Es decir, trascienden a cada escuela o docente en particular.

En una sociedad que deposita la resolución de muchas de sus contradicciones en la escuela, el rol asignado al profesorado queda cargado de omnipotencia, pues parece que todo es "cuestión de educación".

Desde el mandato hegemónico, ser maestro o maestra es ser alguien con muchas manos, que sabe y atiende todo, con disponibilidad absoluta y siempre con una sonrisa. Esto, unido a la falta de herramientas adecuadas (el ejercicio de la autoridad, los límites, la dimensión grupal de la clase...), genera altos niveles de desgaste, que se exacerba en la situación actual.

La tarea del aula se mete en los espacios privados, o sea, en las casas y en todos los momentos del día. "Ahora mismo estoy online con mis ocho grupos de la ESO... esto es de locos", expresa un profesor. Se hace difícil mantener el límite dentro de lo saludable y se entra en un bucle de mensajes por contestar, a cualquier hora, de estudiantes que preguntan: "¿Qué hay que hacer?" y a quienes se les repite, individual y recurrentemente, la misma consigna que ya estaba explicada en el ejercicio. Y en este escenario, inundado por la inmediatez del hacer, la tarea educativa se empeña en seguir el curso, como si no pasara nada.

Frente a esta realidad, es importante tener en cuenta algunas consideraciones que puedan contribuir al verdadero sentido de la tarea educativa en estos difíciles momentos. Entendemos como necesario:

  • No poner en el centro lo curricular, es necesario bajar exigencias. No se juega el futuro de todos los aprendizajes en los meses de confinamiento. Se juegan otras cosas.
  • No intentar replicar la escuela en casa. No se trata de dar clases "presenciales a distancia". Asumir la tolerancia a la frustración, ya que se requiere un aprendizaje metodológico que lleva su tiempo.
  • Tomar conciencia de "este parar". Tanto el profesorado como el alumnado requieren un tiempo para elaborar lo que está pasando, que no se suple con trabajos escolares, como si no pasara nada. ¡Sí pasa!
  • Hablar de los sentimientos contradictorios que la realidad provoca es saludable. Es importante que el profesorado pueda hablar de estos malestares, evitando caer en la cultura de la queja o el desgaste.
  • No ahondar las dificultades en la relación familia-escuela. Es posible un encuentro que cuide las necesidades de ambas partes.

Estamos viviendo una situación nueva en medio de un clima de incertidumbre. Es necesario ir encontrando espacios para procesar todo lo que se va sintiendo. Busquemos alternativas entre todos y todas.